Las redes sociales y el quinto poder

Por Edwin Villa

Las redes sociales le dan el derecho a hablar a legiones de idiotas”, fue la frase que Umberto Eco repitió hasta la saciedad en sus últimos años de vida en entrevistas, charlas y discursos, frase que por cierto, muestra una realidad innegable de lo que se han convertido las redes sociales: personas sin criterio ni conocimiento sobre algún tema específico del que aun así se atreven a opinar, youtubers e influencers que se vuelven famosos por compartir contenidos patéticos, gente que se considera cómica por subir algún video estúpido a una red social, jóvenes arrogantes que se sienten superiores a sus pares por tener más seguidores y personas conectadas a sus “en vivos”, en fin, toda una caterva de imbéciles que se sienten especiales gracias al poder que les otorga las redes sociales. Y es que, las redes sociales, se han convertido en el arma más verosímil del ciudadano del común: cuando se recibe un “like”, un comentario agradable o se transmite en vivo el ciudadano experimenta una sensación de poder, un sentimiento de valía e importancia que quizás nunca percibiría en su “vida real”. No obstante, al tratarse de un poder que está al alcance de todos, tanto del imbécil como del listo, el uso que cada uno le otorga a dicho poder, puede ser bastante variopinto y rocambolesco. Unos lo usarán para hacer una transmisión en vivo comiendo en un restaurante o bailando en una discoteca, mientras que otros lo usarán para denunciar un abuso policial o un acoso sexual. Ya lo dijo Mon Laferte en una de sus canciones: “Esta generación tiene la revolución / con el celular tiene más poder que Donald Trump”.

Afirmar que el ciudadano del común cuenta con más poder que Donald Trump por tener acceso a un celular inteligente y a una buena conexión a Internet, puede sonar a hipérbole, pero realmente no lo es y los hechos lo confirman. Gracias a los videos que muchos ciudadanos grabaron sobre los abusos policiales y de los escuadrones antidisturbios en las protestas de Chile o de Colombia, muchas personas pudieron enterarse de acontecimientos que ni siquiera en las noticias o en los diarios informaban. Gracias a la presión que se ejerció en Twitter a través de un simple numeral se pudieron recoger recursos económicos para la familia de Yuliana Samboní (la niña violada y asesinada por Rafael Uribe en el año 2016), cuando por parte del Estado y de la familia del asesino, solo habían recibido indiferencia Gracias a agresivas campañas por Facebook o Instagram se tumban o ponen gobiernos. Gracias a redes sociales como LinkedIn, muchas personas, actualmente, amplían su red de negocios, crean nuevas alianzas empresariales y hasta consiguen un empleo. Por lo tanto, presuponer que las redes sociales solo sirven para multiplicar la estupidez humana y que solo las pueblan legiones de idiotas, es desconocer su poder, el poder que la gente del común tiene para hacerse visible ante el mundo, transmitir un mensaje o hacer viral un contenido que en los medios tradicionales nunca se habría publicado, luchar contra la injusticia de los gobiernos y las empresas, denunciar actos delictivos cuando las autoridades no prestan atención, etc., etc. En pocas palabras, son las redes sociales se están convirtiendo en una de las armas más eficaces con la que cuenta la ciudadanía en tiempos modernos para luchar contra la élite que controla las demás ramas del poder y exponer las injusticias que se cometen dentro del sistema capitalista. Además, en muchas ocasiones, resulta más efectivo subir un video a una red social o transmitir en vivo para exponer algún abuso o exabrupto que esperar a que la burocracia resuelva el caso e imparta justicia.

Teniendo en cuenta tales consideraciones, pienso que las redes sociales hace mucho dejaron de ser simples aplicaciones donde se interactuaba con otros individuos para transformarse en un nuevo medio de comunicación; desde que su función primaria que era la de interactuar se vio modificada por la función de transmitir información a gran escala, su connotación también cambió. Las redes sociales, son los nuevos medios de comunicación del siglo XXI, el cuarto poder de la hipermodernidad y, sus usuarios, es decir, el quinto poder, una ciudadanía que se siente con el derecho a ser visibilizada, a que su opinión sea tenida en cuenta y por qué no, a equipararse, así sea solamente de manera superficial, con los que siempre han estado en la cima, en la élite del sistema capitalista. La revolución que antes solo se hacía en las calles, ahora también se hace desde la comodidad de nuestras casas con resultados sorprendentes en muchos casos. Por lo tanto, la perspectiva de Eco sobre estas nuevas formas de interacción virtual es un tanto parcializada y solo da fe de una parte de la realidad, es importante exponer la otra cara, la cara menos ingrata de las redes sociales. Aquella que nos da el poder a los ciudadanos del común para hacerle frente a la infamia, la tiranía, el olvido y la invisibilidad.

No obstante, así como nosotros contamos con dicho poder, un poder representado en la capacidad de transmitir información, los algoritmos de Google y Facebook también cuentan con “súper poderes” para observar, analizar y hasta compartir dicha información con otras empresas para fines lucrativos y poco altruistas. Por supuesto, la invitación no es a caer en el ostracismo, darle de baja a la cuenta en Facebook o en Instagram y vivir como un individuo de principios del siglo XX apartado de todo contacto cibernético. La invitación es a ser conscientes del poder que tenemos en nuestras manos cada vez que encendemos las minicomputadoras llamadas celulares o móviles e ingresamos a una red social, ser conscientes del poder que puede llegar a tener la información que compartimos en ella y del uso que se le puede dar. Si no asumimos un rol activo ante el contenido que publicamos en las redes sociales, un algoritmo de Google o Facebook sí lo hará y compartirá la información con otras empresas para llenar nuestra pantalla de anuncios con productos o servicios que, probablemente, no necesitemos. No podemos dejar que un momento histórico para la ciudadanía como este, se convierta en un simple escenario para el ridículo, la chanza y la estupidez. Si Eco tenía razón en que las redes sociales legitiman al idiota, debemos demostrarle que su miope perspectiva no le permitió observar que también legitiman al ciudadano del común y a su lucha contra el sistema que lo subyuga, repudia o, simplemente, ignora.

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