El lector

Hace ya dos semanas que he tenido un encuentro por lo demás extraño. La sospecha de que entre mis libros y folios se esconden nidos y huevos de insectos, se ha visto a menudo corroborada por el encuentro de algún desafortunado animal que muere bajo la suela de un zapato cualquiera. Vivo en un edificio viejo. Hay goteras. En los pasillos se acumula la basura. Las cucarachas de mi biblioteca son animales grandes, pero torpes. Están lejos de esos veloces y estilizados ejemplares que se escabullen a través de las alacenas de la cocina o de las alcantarillas. Algo del abatimiento, de la postración espiritual, en que se hallan los lectores se ha pegado a esos parsimoniosos animales.

La lectura me ha hecho más lento. Puedo notarlo en las cosas ínfimas a las que cada vez presto mayor atención. También me ha hecho más silencioso y huraño. Noto que mi opinión del mundo tiende a empeorar, aunque mis experiencias se hacen más complejas. Soy rico en matices que pueden describir la maldad de la vida. Salgo poco. Pero una puesta del sol vista desde esta ventana, mohosa y curtida, me hace llorar.

Así pues, hablaba de las cucarachas. Gordas y lentas. Como profesores tambaleantes por los pasillos solitarios y silenciosos de una facultad.

Durante una semana le seguí la pista a una de ellas. Había empezado a masticar el lomo del Diario de Renard. Me indigné. ¿Por qué Renard? Es verdad que su prosa es mordaz, que ha hecho algunos de los más despectivos retratos que conservamos de los artistas de su tiempo. Pero también ha escrito páginas conmovedoras sobre la muerte de su padre, de su hermano y de la enfermedad de su hijo. De modo que debía salvar a Renard.

Como después de la lectura, gusto de quedarme sumido en mis cavilaciones, empecé a encender cada tanto la lámpara con la esperanza de sorprender al insecto, pero fracasé. Y, sin embargo, un día en que había renunciado a encontrarlo, después de encender y apagar varias veces la luz, lo vi observándome al píe de la lámpara.

 Gritando como un loco, salí huyendo de la habitación. Al rato, retorné armado de un zapato. El animal apenas si había avanzado de su posición. Estaba tan aterrado como yo. Algunos animales piensan que, al dejar de moverse, dejan de ser visibles para sus depredadores.  Nos miramos. Entonces comenzamos una desesperada carrera a través del suelo y las paredes, del escritorio y de los libros, hasta que conseguí aplastarlo antes de que se refugiara en los estantes de la biblioteca.

Para calmar mis nervios me propuse leer algún volumen de Luciano. Samosata siempre me ha hecho reír. Pero mi atención se vio constantemente entorpecida por el pensamiento de otro libro. Cerré las páginas de Luciano y me concentré en el lomo de Renard. Allí, después de concentrarme, pude ver un par de tímidas antenas. Tomé el libro con cuidado y vi la cabeza del enorme animal que estaba en su interior.

Conmovido, conmocionado, porque, igual que el insecto, he morado más en los libros que en el mundo, lo dejé con vida. Me consolé con el pensamiento de que mi acción sobre el libro no había sido menos nociva que el apetito del animal.

Desde entonces, los dos nos alimentamos de distinta manera del libro.

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