La virtud: camino y pregunta

La idea del camino por el que se transita hacia la virtud está presente en casi toda la filosofía antigua. Heráclito hablaba de un camino que a la vez ascendía y descendía para referir la idea de la unidad entre contrarios y que, quizá por casualidad, termina pareciéndose al camino de ascenso (erótico) y descenso (agápico) de Platón –y luego, con mayor claridad y fuerza, en los neoplatónicos como Plotino– sobre la forma en que la materia y el logos se conectan; en el poema ontológico de Parménides el camino es aquel por el que se es conducido en pos de aprender a reconocer la verdad de lo que es y diferenciarla de lo que no es; en el Fedro de Platón la idea del camino (celeste) es aquel por el que se conducen los dioses y por el que son guiadas las mejores almas cuando logran ascender al estatuto de lo divino. No puede ser andado de cualquier manera o en cualquier sentido.

En todos los casos no parece clara la guía que señala la forma en que deben conducirse los hombres pero sí el hecho de que dicho camino existe. En Parménides, la deidad Diké, la indicadora, es quien revela el sentido en que deben conducirse las indagaciones sobre el ser. En Heráclito, Diké dirige no solo el sentido en que deben conducirse los hombres, sino también los astros “El sol no rebasará sus medidas; si no, las Erinias, ministras de Diké, sabrán encontrarle”. Diké en la mitología es una de las Horas, junto a Irene y Eunomia, ella tres están encargadas de dirigir el sentido de la naturaleza, las estaciones, el orden del mundo, la paz y la justicia. En el Fedro de Platón la procesión celeste de los dioses es dirigida por Zeus, quien gobierna el sentido en el que se dirigen las once filas de dioses y daemones, mientras Hestia, que se identifica con la tierra, permanece sola en la morada. Sugiriendo con esto el sentido del movimiento de los astros por el firmamento mientras la tierra permanece quieta.

En todos los casos pareciera que el sentido del camino por el que se deben conducir los hombres para hallar la verdad y la virtud está gobernado por un sentido natural. Puede afirmarse que la forma de hallar la virtud y con ella la verdad, la belleza y la justicia es conducirse conforme al sentido que indica la naturaleza, sin embargo esta afirmación, aparentemente simple, ofrece problemas serios.

El primero de ellos es que conocer con verdad el sentido de la naturaleza y no dejarse engañar con la apariencia falsa de las cosas, no es nada simple. Esta advertencia está acentuada en el poema ontológico de Parménides, donde se denuncia el yerro en que incurren los mortales “bicéfalos” al creer que el ser y el no ser, son lo mismo y en el Fedro de Platón donde el carruaje, también bicéfalo, cuyos caballos tiran uno hacia lo divino y el otro hacia el suelo, corre el riesgo de no alcanzar nunca la contemplación de la verdad.

En segundo lugar, se deben trata con cuidado lecturas como el naturalismo jurídico que insiste en que las leyes por las que se deben regir los hombres provienen de “la naturaleza” y que bajo fundamentos de “normalidad” y “generalidad” niega las posibilidades individuales y la diferencia entre los hombres; o el exacerbado dogmatismo científico que niega otros posibles lenguajes con los cuales acercarse, acceder y gozar del mundo. Habría que decantarse por encontrar un sentido que permita la propia plenitud en la virtud, la totalidad del ser, pero que permita también la plenitud de los otros y el pleno desarrollo de las posiblidades de la naturaleza. Platón, Heráclito y Parménides nos hablan a los hombres de hoy y proponen un complicado reto, político si se quiere: conducirse conforme con el sentido de la naturaleza, ser virtuoso, es conducirse con justicia: por uno mismo, por el otro y por la propia tierra.

No es sencillo de ninguna manera y queda abierta la pregunta en todos los sentidos imaginables. ¿Cómo conseguirlo? Ofrecer soluciones mágicas que permitan alcanzar un estado de virtud total, que lleven al mundo al estatuto de la verdad y la belleza, sería engañar. Por lo pronto podemos intentar descifrar el llamado de atención que hace Platón en el Fedro sobre las almas que se engañan al pretender ser mejores unas que otras y que por estar compitiendo no alcanzan ascender a la verdad, pueda quizá darnos pistas de hacia dónde debe dirigirse una forma verdaderamente virtuosa de caminar el mundo, no intentar sobrepasar a los demás, eliminar esa fatigosa idea de la competencia y mirar con sospechas el deseo de censurar al otro por no conducirse según las opiniones propias de lo que es lo virtuoso.

Parece que de este modo nos hablan los antiguos a los contemporáneos. Su voz se hace vigorosa en tanto más competitivas y polarizadas se hacen nuestras sociedades. Sin embargo, esas almas que no permiten que en ellas se manifieste la verdad pues están más interesadas en tener la razón venciendo y silenciando al otro, que en alcanzar una forma de vida virtuosa, dirán que esta radical propuesta de habitar el mundo, comprendiendo la unidad entre contrarios y permitiendo que el otro, en tanto condición de todas las posibilidades del ser, se manifieste y se desarrolle en su propia individualidad, no es más que pura tibieza.

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