Siglo XXI: regocijo de las profecías nefastas

La utopía moderna es la caída, el apocalipsis.

El anhelo de la humanidad: el esperar el apocalipsis. Su frustración, no verlo realizado.

El moderno no espera del cielo hoy nada más que el milagro de un meteorito.

Objeción de conciencia contra la psicología cognitiva: los pensamientos catastróficos del individuo moderno son reflejos de su realidad.

En la actualidad, la catástrofe es la buena nueva del día.

Los dioses no han muerto, deambulan por las calles, desempleados.

Cuesta demasiado pensar la sociedad actual alejándose del tono apocalíptico.

Para pensar en libertad, a menudo se encuentra uno luchando por deshacerse de spots publicitarios.

El erotismo era la insinuación; luego pasó a ser la pornografía, ¿qué clase de desollamiento le espera al erotismo futuro?

La pornografía no puede mostrar las partes íntimas del alma.

El exhibicionismo contemporáneo revelará todo lo irrisorio del alma humana.

El éxito, esa gloria chabacana.


El «tiempo real», ese fetiche de la contemporaneidad que no es más que el afán por la premura, no un disfrute auténtico del presente.

En el día de hoy, la renuncia se constituye en una de las más interesantes formas de la resistencia. La renuncia, hoy, es activa.

El afán de innovación de esta época nos lleva a conocer las numerosas formas de la estupidez.

¿Es posible el «desarrollo» dentro de la estupidez? Las nuevas modas del día a día responden afirmativamente.

Es virtud de la contemporaneidad el demostrarnos que es posible refinar la estupidez todos los días.

«Estar a la moda», esa enfermedad de los sin-identidad.

A los artefactos tecnológicos y a las redes sociales, les debemos no solo la banalización de la vida, sino también la de la muerte.

La sociedad de hoy es la de la intimidad – vox populi. La intimidad ha adquirido, gracias a la individuación histórica, un estatus muy importante, pero a la vez es una sociedad que más pública hace esa intimidad. Los secretos se susurran mediante altavoces…

Hoy la vida es un reallity show.

Es difícil distinguir hoy la necesidad de «venderse» de la necesidad de «reconocimiento».

Una parte del progreso tecnológico consiste en refinar lo inútil, otra en hacer lo propio con lo innecesario.


La tecnología se desarrolla de maneras inimaginables y pone de su parte para que la estupidez lo haga también.

En la actualidad en algunas ciudades existen árboles artificiales cuya función es descontaminar, mientras se talan los naturales. En un futuro tal vez existan bosques de solo árboles artificiales.

«La naturaleza», ese futuro objeto de museo arqueológico.

La lucha por la dominación de la naturaleza terminará cuando se acabe con ella.

En el mundo contemporáneo, el alma no es más que humo de fábricas, tufo de exostos, fantasma de smog.

Las ciudades, esos vertederos de la civilización.

Esta generación que se abstiene de tener hijos, por desconfianza en la humanidad, por insensibilidad o extrema sensibilidad.

Pareciera a veces que esta fuera la generación que más cree en los Derechos Humanos, pero la que menos cree en la humanidad.

Siglo XXI, pasamos del revolucionario al político independiente.

Los dos lugares comunes de casi todos los políticos contemporáneos -derechas, centro e izquierdas-: «la política distinta» y «la independencia».

En general, los políticos modernos alegan independencia hasta cuando se hacen a un «puesto».

El populismo de derecha solo distingue el populismo en la izquierda. Y viceversa.

La derecha contemporánea, ya sin carácter, para refrescar su rostro envejecido y agradar a los incautos, se entroniza sin vergüenza, como una opción frente -y para incomodar- a las estructuras tradicionales.

En sentido estricto, no hay político ni periodista independientes.

Cuando un político se refiere a un tercero como «honorable», ya sabemos que no lo es.

¿Sería la historia algo más que hojas blancas si borramos de ella la estupidez y la locura?

Creemos que la «degradación moral» del hombre contemporáneo es producto de la época a fuerza de evitar creer que ha existido siempre.

Algunos dicen que la historia es una espiral que avanza hacia arriba, pero en ocasiones pareciera un Maelstrom.


En buena parte, el «progreso» de hoy podría asemejarse a esos pasos funestos que se dan antes de arrojarse al abismo.

Después de alcanzar el culmen del progreso -si es que tal cosa ocurriese-, vendrá la inevitable caída.

Una forma conveniente del progreso en el siglo XXI consiste en el detenerse; otra -quien sabe si mejor- en el retroceder.

La historia, ese apocalipsis de nunca acabar.

Quisiéramos ver en la posteridad el cierre del telón del drama humano. Sin embargo, solo alcanzamos a percibir la posteridad como el eco de una agonía.

Habría que pensar si el problema humano tiene solución «humana».

2 comentarios sobre “Siglo XXI: regocijo de las profecías nefastas

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