Parábola de la mala cosecha

De estos parajes
            ya conocía el polvo y la piedra:
aquí se me quebraron los párpados resecos
de otear,
y por mis cuencas asomaron las lánguidas ramas
de la hiedra.

             De tanto otear, sin embargo,
terminé por albergar estos cuatro espejismos:
             el amor,
             el tedio,
             la enfermedad
             y la ira.

Hubo días
             en los que bendije la soledad
             de este desierto.
Y los hubo en que desquité con su suelo
             tristezas atávicas.

Cuando mirabas a lo lejos
             sombras,
cuando esquivabas con mirada torva
             mis atisbos secretos,
cuando marchitabas la palabra
             antes de concretarla en tu boca,
estos parajes se parecían a ti.

Lo mismo que en tu alma, recogí
             una mala cosecha
             entre el polvo y la piedra,
             los cardos y la hiedra de este valle.

             En fin,
             levantaré siempre en parajes similares
             los cuatro palos de mi choza,
golpearé una y otra vez la roca
             hasta que sacie mi sed.

Otra cosa no me corresponde, hermanos.
             Ninguna
             otra
             cosa.

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