Dos visitas

Un hombre blanco como esta página de papel fue en la mañana a tocar la puerta de la casa cural. Toc-toc-toc. El padre abrió. Levantó su mirada oculta entre párpados entristecidos y le preguntó con voz evangélica:

—¿Qué le pasa, hijo?

El hombre de ojos verdes y barba de unos cuantos días sin afeitar, contestó con palabras confundidas:

—¡Ayúdeme! Necesito irme del pueblo, padre. Ayúdeme. La muerte pasó esta mañana por la finca y me hizo un gesto de amenaza. Ayúdeme, padrecito, con los pasajes pa poder irme.

─Deme un momento…

El padre entró en la casa cural. Al volver le ofreció unos billetes y unas monedas que los feligreses habían dado de limosna esa semana.

─Tome, cuídese mucho.

—Con esto me iré a la ciudad donde vive mi hermano- dijo el hombre que recibió los billetes y monedas y se fue, no sin antes darle un abrazo de agradecimiento al padre.

El padre que era tan presto a pensar, se quedó rumiando en lo que había ocurrido. Se arrodilló en su cama y pidió a Dios por la vida del campesino angustiado.

A mediodía llegó a la parroquia una señora que llevaba un chal negro con el que envolvía su cabello y su rostro. La mujer le pidió la confesión. Al realizar el sacramento, le pidió entre lágrimas que le regalara algo de limosna porque su marido se había ido sin razón esa mañana y la había abandonado a su suerte con sus cuatro hijos.

El padre le dio unos billetes raídos con los que pensaba mercar. «Gracias, gracias» dijo la mujer, cuyo chal no dejaba ver sino sus ojos cafés. Estaba desbordado por confesar el secreto y no se contuvo más.

—Es tan curioso, en la mañana vino un hombre que me pedía pasajes para irse -dijo en voz baja como si lo dijera para sí.

La mujer, que lo escuchó, se secó el llanto y le preguntó con curiosidad:

—¿Cómo era ese hombre?

—Blanco y de ojos verdes, con una barba quizás de cuatro días -respondió el padre sorprendido de que lo hubiera escuchado.

—Era él –dijo la mujer-, ese era mi esposo. ¿Y para dónde se fue?

—Dijo que iba a donde su hermano en la ciudad.

El rostro de la mujer se iluminó como el de quien hace un descubrimiento.

—Me tengo que ir –dijo ella apresurada y se fue.

Cuando la mujer salió de la iglesia, el viento arreció y sacudió el chal de su cara. Al padre le pareció que el rostro de la mujer no tenía mejillas, sino que era de vacío. Confundido, pensó que había hecho mal en darle el dinero al hombre de la mañana y ahora no sabía si había hecho bien al revelarle su paradero a la mujer… Un vacío le nació en la boca del estómago y un relámpago de escalofrío le recorrió la espalda.

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