Belmondo

NOTA A LA EDICIÓN

Los gatos solo tienen media vida

Anoche estaba en una videollamada y tenía puestos los audífonos. De repente vi a Dersu entrando y saliendo del balcón desesperadamente, al quitarme los audífonos escuché unos maullidos aterradores, solté el teléfono y corrí: encontré a Rita colgada de la malla de seguridad que supuestamente debía evitar que se salieran. La esperaba un vacío de cuatro pisos que, como sabemos, no suele ser una altura mortal para un gato, pero que sí preocupa severamente a cualquier dueño de gatos. De algún modo pude romper la malla con mis dedos mientras la sostenía no sé cómo –gracias que debemos dar a la adrenalina– y la entré de nuevo a la seguridad de la casa.

Casualmente habíamos planeado que hoy se publicaría este texto que escribí el día que encontré muerto a mi gato Belmondo, hace seis meses y medio. Desde ese día han pasado bastantes cosas: cambié de casa dos veces, primero regresé a Medellín con Dersu en un guacal y el rabo entre las patas y un mes después conseguí una casa en El Carmen. Viendo la soledad del pobre de Dersu, que es un gato de Dios, decidí adoptar hace un mes a una gata negra a la que puse Rita.

Todo el día he estado pensando en lo frágiles que son los gatos y en ese mito extraño de sus múltiples vidas. Viendo la fragilidad de mi Belmondo bello, cuyos átomos ya están sometidos a las leyes de la entropía, salvo en mi memoria donde todo su recuerdo se organiza perfectamente y su cuerpo todavía es cálido y en la imagen que tengo de Rita colgando a más de diez metros sobre el pavimento, corroboro que los gatos, como todo lo vivo, están siempre en vilo, siempre amenazados de muerte; solo un soplo y lo que sostiene una vida deja de asirla.

Y sin embargo tenemos el misterioso milagro de la memoria que lucha contra las leyes del tiempo y que vence, aunque de un modo bastante precario, a la termodinámica: organiza aquello que ya ha dejado de estar en orden y revive por instantes a los muertos. A mi gatico muerto un 10 de septiembre le hice este remedio que me lo revive cuando más falta me hace y que me recuerda que el mundo está siempre en riesgo de dejar de ser lo que uno cree que es:

Fotografía Laura Mejía Echeverri (2017)

BELMONDO

Queridos amigos, había hecho los oficios de buscar a mi gatico, Belmondo, hasta el día de hoy. En la tarde lo encontramos a veinte metros de la casa, estaba muerto bajo un arbusto hermoso de Pasionaria. Las flores violetas y blancas maravillosas se abrían sobre su cuerpo sin vida. Y me dolió mucho verlo allí y recordar los años que me dio y en que fuimos amigos y que me amó y lo amé. Pienso en la soledad de Dersu.

Belmondo iba a ser en realidad su hermano, Ana Bustos los encontró en Santuario y los encerró en un baño, del que se escapaban. Me trajeron, ella y Cristina Aristizabal a su hermano un domingo y en medio del camino abrieron la caja en la que lo traían y el gatico escapó. Nunca lo encontraron. Una semana después me trajeron otro gato. Lo llamé Belmondo como si fuera un gato francés, como si hubiera salido de una película de Godard, pero era un gato santuariano, mono, como los santuarianos.

Dersu llega mientras escribo esto. Yo estoy llorando y él, sin entender, me pide la comida que le doy.

Belmondo había nacido en marzo, calculo yo y llegó a finales de mayo de hace cinco años. Cabía en la palma de mi mano y tenía mucho miedo de todo. Marcaba el comienzo de un ciclo de mi vida, ese mes me había ido de la casa de mis padres y vivía en un cuartico en un quinto piso desde el que se veía todo El Carmen. Lo apodamos El Faro, así le puso Ricardo Ospina, y desde la ventana Belmondo dominaba la altura. Allí amé a Laura y ella domesticó al gato, con sobornos de leche y de chorizo y con su pelo. Belmondo era un enamorado, el sudor de las mujeres le encantaba.

A finales de ese año encontramos a Dersu caminando muy cerca de la finca en la que ahora vivo y en donde murió Belmondo. Ya en ese momento vivíamos en un apartamento en el barrio Boston de Medellín, compartíamos el espacio con la dueña de la casa y con dos perros pequeños con los que nunca se la llevó. Era aristocrático y digno, se tardó meses en acepar al otro gato. Pasado un tiempo las cosas se mejoraron y pude vivir ya solo en un lugar más grande, cerca del otro apartamento. Amé a Fernanda allí y allí ella amó a mis gatos, peleamos varias veces en torno al asunto de si los gatos debían o no entrar a la habitación y dormir conmigo, yo me resistía a que durmieran en mi cama, pero censurar a un gato es imposible y al final terminaba cediendo a su compañía cálida en las noches.

Este año se ha llamado aprender a perder. Fernanda no estuvo más y yo no fui capaz de seguir viviendo en Medellín, me regresé a la finca de mi infancia, pensando también en que los gatos podían ser más felices aquí. Y lo fueron. Hace un mes les fabriqué un corral para evitar que se fugaran mientras se acostumbraban a vivir en el campo y duró una semana, pues pronto, muy pronto, aprendieron a fugarse. Durante una semana más estuve jugando al juego de encontrar el hueco y cerrarlo, para que los gatos encontraran otro. Censurar a un gato es imposible. Desde la semana pasada habían comenzado a salir durante el día y regresaban puntuales a comer. Dersu hacía caminatas más largas, Belmondo, aristogato, franchute, obeso y afeminado, se quedaba cerca de la casa. Nunca había visto a Belmondo tan feliz en la vida, el jueves pasado, que fue la última noche que lo vi, le había traído un collar con su nombre, nunca había tenido uno, emocionados los tres jugamos en el prado hasta las 12 de la noche, yo estaba extasiado porque la noche anterior había visto a Saturno con el telescopio de Andrés Álvarez Arboleda y esa noche lo había viso de nuevo. Jugamos a que yo corría y ellos me perseguían, mi papá había venido a acompañarme y estaba sorprendido porque en su vida nunca había visto a un gato y menos a dos, jugando como si fueran perros.

El viernes pasado Dersu llegó a comer, pero Belmondo no. Lo busqué con mucho empeño, caminé por la vereda preguntando, ayer me vine temprano del trabajo porque tenía la corazonada de que estaba en un cultivo cercano. Pero no lo encontré. Anoche mi papá vino a visitar de nuevo y hoy decidió quedarse en la mañana buscándolo, lo encontró bajo el curubo. No sé qué pudo sucederle, no sé cómo murió. No estaba herido, estaba en posición de tranquilidad con las patas recogidas, como si durmiera. No tenía el collar puesto, no sé qué pudo sucederle al collar.

Solo sé que hicimos un hueco junto a un pino que yo recuerdo que sembré de niño con mi papá, el pino lo trajimos de la Escuela donde él era director y que ya tampoco existe porque el tiempo todo lo destruye y era tan hermoso que yo propuse que estuviera en todo el centro de la finca. Durante muchos años casi todos hemos llegado a decir que quisiéramos ser enterrados junto a ese pino. Que es emblemático. Y allí yace hoy mi gato. Mientras lo entregaba a la tierra y las palas caían sobre su cuerpo, me despedí con amor y le agradecí su mirada eterna de animal, con la que veía siempre a lo abierto del mundo, a la totalidad plena y total de la existencia en la que él estaba y desde la que me miraba tiernamente y me decía con altura aristocrática, «Pobrecito tú que no entiendes la vida». Hace un mes más o menos dormí por última vez con él, en la mañana le dije: «Hoy es la última vez que dormimos juntos, en la finca no va a pasar». Y no me arrepiento, cuando abrí la puerta del corral les dije como una oración que se los entregaba al mundo.

Cuando terminé de echar la tierra en el hueco donde ya no existe mi gatico sino solo su cuerpo que comienza ya a descomponerse, llamé a mi mamá desesperado, no recuerdo a mi papá llorando antes. Lloramos los tres. Yo me levanté del prado y leí la octava elegía de Duino, de Rilke. La poesía es la única forma de oración que conozco. En el dolor supremo de ese encuentro con la muerte de mi gato, en la entrega dolorosa de su cuerpo al mundo, al que se lo había entregado vivo y del que él se fue «como se van las fuentes» (dice Rilke), confirmé la sospecha que he tenido todo este año de que ese poema se equivoca, porque nosotros también en esos momentos místicos comprendemos que la totalidad del mundo nos abisma, que no hay forma de mirar sino al frente, de entregarnos totalmente a la totalidad, que el mundo de la conformación, de los conceptos, del lenguaje, se nos convierte en nada y que nos encontramos frente a la vida, plena, total, indiferenciada, en la que nosotros somos una misma cosa con el mundo y con todos los seres que lo habitan y que nuestra muerte será tan muerte como la del escarabajo de Szymborska.

Comienza a llover y ya estoy tranquilo, no como todas estas noches que cuando llovía me preguntaba por dónde podría estar mi gato y si se estaría mojando.

Que la lluvia ayude a que su cuerpo se descomponga para que el pino icónico del prado se alimente.

Rezo con Rilke:

«el animal libre tiene su ocaso
siempre tras sí, y ante sí a Dios,
y cuando va, va hacia la eternidad,
del mismo modo en que van las fuentes.
Nosotros jamás tenemos, ni un día,
el puro espacio adelante, hacia el cual
las flores se abren sin fin».

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