Cavilaciones

Me despiertan sonidos de burbujas, estallan, se inflan y gruñen: La perra tiene pesadillas de nuevo.  La cama se mueve conmigo, los zapatos hacen ruidos plásticos, entro al patio y me agacho para sobarla: La caricia suena como vidrio molido. La perra despierta, abre los ojos mostrando el futuro y vuelve a intentar dormir. Regreso a la habitación. La cocina es un escándalo de pasos de mujer, la aguapanela hierve. Miro a la repisa, llena de libros con páginas de diferente grosor y textura, de diferente sonido. Tengo una libreta para todo: Una para los diálogos que no son míos, otra para los poemas, aquella para las flores secas, otra para las conferencias y un diario trimestral. A todas las leo con el mismo tono. Recorro mi boca con la lengua y siento las cicatrices en la carne de las mejillas, las muerdo como masticando pero sin la presión suficiente para sangrar. El agua cae de la ducha, el sonido se corta por el cuerpo que se mueve debajo. Siento un olor extraño, voy a la cocina y la olla ya está ennegrecida. Se lo digo a la mujer, ella cierra la llave y se lamenta a punto de llorar, es la tercera vez que la cocina ya está oscura antes de que aparezca. Vuelvo a la habitación. Se abre la puerta del balcón, penetran las voces de la calle y a la casa le nacen personas. Irrumpe la humanidad desbocada. Dos pies se acercan, uno impulsa y el otro se arrastra mientras las manos agarran las paredes. La abuela ya entra por la puerta de la habitación para sentarse a tomar el sol y leer pasajes de la Biblia. Casi nunca comprendo lo que dice, elijo escuchar el tono y no la forma. Su voz es ronca y pesada, le tiemblan las manos cargadas de vejez. Rrrrrr, empieza la máquina a coser. Las tijeras se cierran como afilando cuchillos y recuerdo la infancia: Las manos de la mujer frente a mis ojos cortando el mechón de cabello enredado en una peinilla. Lloraba intentando apagar los otros ruidos, solo conseguía dejar de respirar, ahogarme con el ruido dando golpecitos en la frente. El sonido se guarda en la concavidad de mis rodillas dobladas, palpita como goteras sobre láminas de acero. Un dedo contra la palma, dos dedos: llovizna. Tres, cuatro dedos: llueve. Un aplauso: el aguacero. Grito: El agua se detiene. La mujer enciende la radio. El viento se cuela por las rendijas de las ventanas y las persianas golpean entre sí y pienso en los tazos y las canicas manchadas de tierra, al igual que las rodillas. Remojo la ropa en el agua enjabonada y saco las manos con temor de que algún dedo se hubiese desprendido y reposara en el fondo de la tinaja. El hombre martilla. La perra ladra atragantada. Un zumbido juega en los oídos. Siento traquear los tobillos. El zumbido crece y crece. Suena el reloj de la vecina, ya son las doce de la noche y cae la lluvia escurrida, cae con el espíritu de los muertos y nos atrofia los oídos y ya no puedo llorar.

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