Reverberaciones de lo insignificante

A María Paula.

Aún falta por escribir la historia de lo insignificante.

El aburrimiento del mundo que nos conduce al aburrimiento de los libros.

El aburrimiento se lima las uñas con lo infinito.

El aburrimiento sin límites de los inmortales.

El sabor del aburrimiento no es el de la hiel, sino el de la miel que ha perdido su sabor y nos fatiga las papilas.

El tiempo se aburre de nosotros como nosotros de él. Eso explica tantas cosas.

El alma, melodía nuestra.

La adversidad es el sentido del tacto del alma.

La música imita el alma de las cosas.

Los laberintos se pierden en las venas de Dios.

A veces cuesta creerlo: el mundo no gira alrededor nuestro.

El ser humano cree que le pesan las estrellas, los astros, el cielo. Es solo su ego.

El ser, ese fragmento de nada que lo cree representar -cuando no, serlo- todo.

Ese tono arrogante de los que han «vivido mucho».

Quien es verdaderamente grande no se tiene que preocupar por serlo.

Vive engañado quien no es capaz de verse en el espejo.

Un estilo tan claro como un iceberg de silencio.

Acallar la respiración rápida para acceder a la eternidad.

Solo podemos acceder a lo eterno a través del instante.

Tener historia es tener cicatrices.

¿Cómo podría ser un alma que no tuviera la forma de un llanto?

El ala, esa escultura del viento.

El universo está en la partícula de arena.

En cada gota de agua hay algo de lágrima, de río, de nube, de mar y de vida.

La esperanza es esa estrella fugaz que hace levantar la mirada al cielo para verla. Una vez los ojos están colgados del cielo, ya no se la ve más.

La lágrima, portavoz del dolor universal.

La sonrisa, ese pequeño haz de luz que recuerda la divinidad.

La tranquilidad, jardín de flores blancas.

La tristeza, fotografía de un arco iris a blanco y negro.

Las motas de polvo dan visos de lo infinito.

No hay muerte más poética que la caída de una hoja, aunque sea un cliché.

Por su lentitud, los caracoles y las tortugas acarician la eternidad.

Quizás el secreto de la existencia esté oculto en el corazón de una piedra.

Solo vale la pena observar el mundo a través de ventanas rotas.

No esperar milagros, simplemente contemplarlos.

Aun cayendo al abismo habría que detenerse un instante. Precisamente en ese momento detenerse sería más perentorio que nunca.

El error, ese camino en que se puede andar en libertad.

Cada quién imagina un paraíso dependiendo del infierno en el que vive. Cuando no es así, se sueña un infierno todavía peor.

Hay almas que tienen la forma de un alarido.

Hay paisajes en los que solo amanece cuando abrimos las páginas de un libro.

Hay quienes creen que al caer de cabezas están ascendiendo.

La verdad, vapor de agua que se desvanece en el aire.

Los ángeles hundidos en el fango olvidan volar.

Los rayos del sol no nos salvan de la muerte.

No me interesan los que no han escuchado el palpitar de una piedra.

Solo no cree en el alma quien no se ha esculpido una.

Una soledad tan grande como la de las cosas que no existen.

Anhelamos que al morir podamos conservar de la vida siquiera los recuerdos.

La nostalgia, ese eco del pasado.

Recordar es un intento por hacer eterno.

Existe una pregunta con el poder de arrinconar y desvanecer el sentido de todas las cosas: ¿para qué? Pero existe otra con la capacidad de erosionar la base sólida -si es que tal cosa existe- de cualquier cosa: ¿por qué?

La saciedad semántica revela la fragilidad del sentido de todas las cosas.

Si no tienes nada, tu verdadero mérito es darlo todo.

El alma del introvertido está hecha a imagen y semejanza de la Soledad.

El ser, esa conjugación de la soledad.

La soledad es el alma de las cosas.

La soledad no solo es refugio, a veces es trinchera.

La triste soledad de los mediocres. Solo los infecundos se aburren fácilmente de sí mismos.

Temen a la soledad los pobres de alma.

Solo estando en las fronteras de la vida se aprende a contemplar.

El más mínimo gesto de ternura vale todas las estrellas de la noche.

Es de tontos confundir ternura con capricho. La primera es una suavidad del ser. La segunda una impulsividad del deseo.

Resistirse al mundo desde la trinchera… de la ternura.

Solo yemas de dedos delicados son capaces de capturar la eternidad de lo efímero.

Lo escrito queda por fuera del tiempo.

Todo momento nos dice «adiós».

Hay sonrisas tan tristes que solo dan ganas de llorar.

El ser viviente anhela elevarse, pero día a día solo consigue hundirse más y más en el légamo de la existencia.

Esa herida sangrante que es la vida.

Hay que detenerse de vez en cuando en la senda y desviarse para ver a dónde lleva el camino.

La vida, ese instante.

Lo único que verdaderamente ha valido la pena vivir es lo que estaríamos dispuestos a repetir. Sin embargo, para que algo sea más valioso no debe repetírselo jamás.

No sabemos nada de la muerte, de los misterios de la oscuridad, de la supuesta vida eterna, pero ¿qué saben los dioses de la vida, de la luz del sol, de la condición efímera?

Pretender el control de la vida es como anhelar congelar en la caída a las gotas que llueven de una cascada.

Vivir centenares de vidas en una sola para demostrar la caducidad de las filosofías de vida.

Vivir dando adioses para no tener que despedirse jamás.

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