Buenas Intenciones

Bienvenido a la lista de los amores malogrados, a la lista de los que, por los que y en los que, ya nada existe.

En este bar se nos murió todo, feneció hasta lo que no había nacido. Aquí solo hay whisky, rezago y un par de putas… ganas de ir a buscar… té negro para aniquilar las malas y necias vibras de volver a besarte.

“Sin filias ni fobias”, solías referir, la vida en cantinas compensa la escoria de lo que una vez apreciamos como la llama naciente de nuestro galantear.

Alimentando el morbo ajeno de los que vienen para ver y ven para luego hablar, me han de escuchar balbucear cuando más intente ser coherente, pero esta cohesión del deber se ha deshilado desde que te fuiste, desde que los errores mundanos se cometen en el estruendo de la cotidianidad o en el esporádico y sigiloso silencio de un estado etílico.

La base indiscutible de los vicios, querido agobio, son las buenas intenciones, las cuales no existen, las tuyas no fueron del todo ciertas, no abuses de la dialéctica, que, aunque te queda bien el discurso de letrado, ya no te lo creo, de hecho, quédatelo, te ves mejor con él, me gustas más, me provocas todo, menos buenas intenciones.

Que se enteren los indiscretos que, en algún momento habrán de enterrarnos, a mí y a estas ganas de hacerlo todo sin haber hecho nada. La incertidumbre es una de las manifestaciones de desnudez absoluta, me sentí desnuda al esperarlo todo de ti, pero al buscar claridad me cerraste las puertas, ahora que tengo lucidez no encuentro las respuestas.

Recuerdo la primera vez que nos desinhibimos de todo prejuicio, al salir de este bar y caminar de madrugada, en un intento vacilante mostramos por fin nuestros arrebatos, te juro que esa fue la mejor sensación de mi vida, después llegaría todo lo que hoy me mantiene a la deriva.

Y ahora, ¡justo cuando tenía la salida!, he vuelto a saber que me quieres, justo cuando ya me iba. La decisión estaba tomada por tus silencios, que después de confrontarlos me di cuenta que siempre he de batallar con ellos.

Fui culpable de los primeros dos tragos, tú eres el responsable de los que me restan por beber. Sea lo que sea que pase, ojalá nunca más entres, ni a este bar, ni al regazo que te propició cobijo. Y si entras, espero que jamás salgas, porque esas, mi amigo, esas son buenas intenciones.

 

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El café de noche, Vincent Van Gogh (1888).

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