La crisis climática, lo menos importante

Por Jonathan Franco Gómez

Al momento de concebir este texto el Gobernador de Antioquia, Anibal Gavíria, declaró al Departamento en estado de emergencia climática. Así mismo, otros hechos saltan a la vista: 1. la deforestación azota a la Amazonía colombiana, 2. las precipitaciones sobrepasan los límites históricos en algunos lugares, mientras que en otros se reducen de modo dramático por niveles inferiores a los habituales, 3. “la frecuencia de los desastres [naturales] en el mundo se ha triplicado desde la década de los ochenta” (DNP, 2018, p. 5), 4. la temperatura del planeta está aumentando por el incremento en la concentración de Gases de Efecto Invernadero (GEI) en la atmosfera. Entonces, ¿por qué en el titulo sostengo que la crisis climática es lo menos importante?

La crísis climática es la manifestación de otro problema: la percepción actual del mundo y su forma de habitarlo. Buena parte de la humanidad ve al mundo como algo estático, donde las cosas se utilizan y se desechan, sin tener en cuenta el proceso de renovación y circulación de la vida.  Esta visión desfasada de la manera en que funciona los sistemas vivos y el planeta mismo se olvida de considerar que todos los procesos que suceden en la naturaleza son interdependientes y están interconectados, de tal manera que siempre hay un constante cambio renovando los flujos de energía que transitan por todo el ecosistema

La percepción hegemónica ha sido simplista, negando otras visiones, otras maneras de habitar. Para entender esta simplificación, acojo el concepto de modelo mental utilizado por Julio Carrizosa Umaña en su libro Colombia Compleja. Según este concepto, dependiendo de las variables culturales, económicas, políticas o familiares que el individuo posea en el desarrollo de su vida, acoge una serie de lentes o filtros ideológicos. Éstos filtran lo que al cerebro le parece importante. Por ejemplo, según el modelo mental del sistema económico capitalista lo importante son los flujos de poder y dinero.

El proceso de simplificación de la realidad, de omitir algunos fenómenos y variables le ha permitido al ser humano edificar el mundo como lo conocemos. Fue ese mismo proceso el que permitió a Descartes desarrollar su método científico y a Newton describir las ecuaciones de la mecánica clásica. Este tipo de pensamiento es desarrollado a través de  conceptos que son opuestos a visiones del mundo diferentes.

Fotografía: Sebastiao Salgado

Fritjof Capra (1996) y Henry Atlan (1985) describen dos tipos de pensamiento. Capra los agrupa en pensamientos asertivos e integrativos, Atlan los agrupa en redundancia y complejidad. El pensamiento del primer tipo tanto en Capra como en Atlan– es reduccionista, analítico, racional, homogéneo y repetitivo. Por su parte, el pensamiento del segundo tipo es holístico, intuitivo y heterogéneo.

El tipo de pensamiento asertivo o reduccionista es el que actualmente prima en nuestra sociedad. Y aunque cada individuo tiene cierto grado de libertad en el pensamiento, es claro que somos seres totalmente influenciados a pensar y actuar de cierta manera. Esta forma de ver el mundo se ha visto aumentada por nuevos hábitos y estilos de vida. Con el neoliberalismo nuestros hábitos de consumo aumenaron, creando necesidades que antes no teniamos.

Este impulso de consumo, para satisfacer nuestros deseos, ha causado grandes impactos en la sociedad. El sociólogo francés Émile Durkheim nos plantea en su libro El Suicidio que los deseos del ser humano son insaciables por naturaleza, y que, por lo tanto, “perseguir un fin inaccesible por hipótesis es condenarse a un perpetuo estado de descontento”. Y continua diciendo: “[…] Así, cuanto más se tenga, más se querrá tener […] porque los deseos ilimitados son insaciables por definición”. En consecuencia, el vacio que ha creado éste mecanismo en el individuo hace que entre en un círculo vicioso de consumo, que nunca para.

No solo vivimos en un mundo donde el pensamiento reduccionista prima, sino que también nos ha hecho creer que tener hábitos de consumo en exceso y obtener reconocimiento por poseer belleza y riqueza es deseable y el fin mismo para vivir. Es claro que es muy importante para el ser humano ser reconocido por sus pares, pero centrar ese reconocimiento en fines netamente materiales en un mundo que no ofrece los suficientes medios para tenerlos, es vivir frustado. Esta situación es causada en gran medida por la desigualdad socioeconómica tan marcada en la actualidad. Este elemento no solo toca a las sociedades del sur sino también a los paises llamados desarrollados, manifestándose en igual magnitud o quizás de forma más intensa.

¿Qué hacer entonces? El mundo es diverso y heterogéneo por lo tanto no hay un solo camino a seguir. Los seres humanos poseemos gran diversidad de formas de habitar este mundo, unas más en sintonía con la vida y otras no tanto. En este sentido, es interesante la cosmovision que poseen muchos grupos en Latinoamerica y  en Colombia.

El buen vivir o Sumak kawsay es una de esas percepciones de la realidad que enriquese el pensamiento, además de estar más en sintonía con la vida. Esta vision fue adoptada por la constitución ecuatoriana al reconocer a la Madre Tierra como sujeto de derecho. No hay que ir muy lejos para observar que hay maneras muy diferentes de habitar este mundo. Nuestros campesinos y comunidades ancestrales han adoptado durante cientos de años estilos de vida contemplativos y de conservación,  protegiendo así nuestra naturaleza.

Por eso si queremos adoptar visiones del mundo que sean más equilibradas con la vida, debemos reconocer que para dar solución a un problema tan complejo como el cambio climático, las soluciones deben ser complejas tambien. Es claro que la tecnología jugará un papel importante en este proceso, pero tambien se debe incluir cambios en los patrones de comportamiento y en la manera de relacionarnos con la naturaleza. Pero si estos cambios adoptados por la mayoría no incluyen a aquellos que concentran un gran porcentaje del poder y el dinero en el mundo es muy problable que todo sea en vano.

 Esto evidencia que no todos tenemos la misma responsabilidad. Los estilos de vida desmedidos de unos pocos los hace más responsables. Responsabilidades comunes pero diferenciadas, se dijo en el Protocolo de Kyoto para diferenciar a quienes han emitido grandes cantidades de CO2 a la atmosfera y quienes no. Esto nos recuerda que Colombia no tiene una alta responsabilidad en la crisis climática por emisiones, ya que sólo emite el 0,47 % de este gas a nivel mundial. Por lo tanto, las acciones se deben centrar en adaptarnos a los cambios del clima más que mitigar.

Fotografía: Sebastiao Salgado.

Finalmente, es evidente que el cambio climático es una realidad que debemos enfrentar. Pero para abordarlo de forma íntegra es necesario que nuestra sociedad adopte un comportamiento ecológico. Capra nos ofrece una bella interpretación de éste asunto:

 “[…]La percepción ecológica es una percepción espiritual o religiosa. Cuando el concepto de espíritu es entendido como el modo de consciencia en el que el individuo experimenta un sentido de pertenencia y de conexión con el cosmos como un todo, queda claro que la percepción ecológica es espíritual en su más profunda esencia”.

Experimentar un sentido de pertenencia por lo nuestro, por el campesino, el indígena, el afro, el ciudadano de a pie, el empresario, el gobernante de turno así como por nuestro territorio montañoso, el desayuno de nuestras abuelas y sus historias, el olor a tierra fresca y el pasto recien cortado, permitiría adquirir esta conexión con el cosmos. Así, nos daremos cuenta de que el cambio climático no es lo más importante sino la relación con el otro, aunque  esto no es nada que no se halla dicho hace más de dos mil años.

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