La felicidad o el propósito: la autorrealización en tiempos de los espejismos

La única forma de hallar autorrealización después de la crisis moderna es prescindir de la satisfacción como objetivo vital. Perseguir la felicidad luego de la fragmentación del individuo, luego de la instauración de la idea de bienestar como mecanismo de control, del cambio de la ética por las finanzas para valorar el sentido de lo humano, luego de la ambigüedad epistemológica que proyectan las industrias culturales y los medios de comunicación, es ingenuo e irresponsable: el único destino de toda cosa es la desaparición.

Si partimos del hecho de que no hay trascendencia posible porque todo lo que habita dentro del tiempo tiene inicio y fin, la vida en sí misma no tiene un sentido inmanente (mucho menos después de la crisis de la modernidad, me permito la insistencia): no hay importancia para nuestras acciones afuera del tiempo, entonces el sentido de la vida es justamente su carencia de este pues el vacío permite la oportunidad para un propósito. Dentro de la vida de un individuo pocas cosas tienen explicación y ningún sentido, nada ha sido determinado y es muy probable que, como hecho fundamental, una sola acción de un individuo sea incapaz de determinar algo. No niego la existencia de la felicidad ni su lugar privilegiado dentro de las experiencias humanas, su condición privilegiada en tanto experiencia, no como fin. Por el contrario, los propósitos carecen de la distracción de la satisfacción pero procuran tanto el bienestar como la capacidad de autorrealizarse frente a la adversidad. En la vía del propósito, la adversidad genera una lucha por la dignidad mientras que en la felicidad, por la satisfacción. 

Retrocedamos un poco. La felicidad ha formado parte de las principales búsquedas del individuo. Entender cómo se alcanza la experiencia de la felicidad ha ocupado la reflexión y evidentemente la acción: en el pensamiento aristotélico encontramos la eudaimonía, los epicúreos relacionaron la felicidad con la moderación y los estoicos con la ataraxia. Leibniz la nombra en la aceptación de la realidad por parte de la voluntad individual, lo que extendería Camus para hablar del sinsentido del mundo y configurar la filosofía del absurdo. En el pensamiento oriental existe una generalidad con tendencia a la armonía y la transformación. En las tierras que antes conformaban Abya Yala se expande la cosmovisión del ‘buen vivir’ que habla del convivir bien y no vivir mejor que los otros; es una estructura de tejido. Todas estas experiencias tienen algo en común y es el reconocimiento de la adversidad como elemento constitutivo de la experiencia humana. Con todo, en la historia de las ideas, entre más se exterioriza la idea del yo en relación con la posesión, la idea de felicidad se objetiviza, lo cual le otorga la naturaleza insalvable, a mi modo de ver, de espejismo: la felicidad se puede dar y la felicidad se puede quitar. 

La naturaleza de espejismo, ilusoria, se manifiesta en tres niveles que se superponen hasta formar una arquitectura compleja de falsa seguridad. 

El primer nivel se gesta en la modernidad. Nace la idea de la autoconsciencia. Este mismo proceso le otorga a el yo la capacidad de entenderse en relación con los otros pero también de exteriorizar el yo en lo otro (que entre otras cosas, dio grandes oportunidades creativas como el romanticismo y el simbolismo). Esta autoconsciencia proyecta los horizontes del yo hasta donde el límite de cada individuo permita: yo soy lo que me forma, pero yo percibo lo que me forma, ergo yo transformo lo que me forma. En este sentido, la felicidad ya no es una actitud de enfrentar la realidad (como lo notamos en las propuestas enunciadas anteriormente), es un estado de satisfacción que se produce de exteriorizar el yo a lo otro. Si el yo se complementa con lo otro, la felicidad puede estar en lo otro, lo cual es un espejismo. No se crea, ni por un momento, que apoyo la mentira grosera del pensamiento positivo que argumenta encontrar la felicidad en uno mismo, dado que es una actitud que se dirige al conformismo. La felicidad no se puede encontrar afuera pero tampoco en uno mismo por la única razón de que la idea de felicidad conduce a una actitud frente a la existencia no a una objetualización de la misma. No obstante, la idea de felicidad que en mala suerte ha llegado hasta nuestros días radica en una banalización de la idea que llega hasta la simple satisfacción de una necesidad, mecanismo que asimilará muy bien el neoliberalismo para conformar el status quo que los mantiene como la falsa idea de bienestar.

Creo que la transformación semántica de la idea de felicidad es tan nociva y mediocre, se ha alejado tanto del pensamiento clásico y ancestral, que es más oportuno acercarnos a la idea de propósito, donde no se puede exteriorizar la felicidad porque no hay nada que conseguir sino algo que crear. En este punto nos detendremos más adelante. Por ahora, pensemos en el siguiente nivel del espejismo.

Estamos en los campos de la apariencia. La mayor prueba de la inexistencia de la felicidad como fin está en que nadie puede encontrarla por más que la exteriorice en realidades que puedan ser concretables. La felicidad no está en el carro, ni en Dios, ni en el amor, ni en otras ficciones parecidas, dado que no son parte de sí y solo son proyecciones del yo. Quien busca la felicidad solo encuentra el vacío. El nivel de la apariencia se expresa en la necesidad insostenible de encontrar la felicidad: irás al yoga, viajarás y cambiarás de hábitos no porque en sí mismos contemplen un propósito en las potencialidades del individuo sino porque se está frente al desespero que obliga la búsqueda de la felicidad: entonces el yoga no funcionará, pintar mandalas resultará inútil, y si algo de ello resulta, su eficacia radicará más en la distracción que en la autorrealización. La apariencia tiene la naturaleza del pensamiento de la imagen de la felicidad. Es una felicidad que se busca en la idea de felicidad de los otros. En este punto las redes sociales son la plataforma perfecta porque permiten construir de sí una vida moldeada por las demandas sociales y no por los intereses personales. Un ejemplo claro de ello es la transformación de la fotografía en tanto registro. No es el medio para preservar una porción de una realidad histórica distante, es el medio para construir una idea de realidad con la que puede el individuo estar o no de acuerdo y no importa en cuánto cumpla las pretensiones sociales necesarias: la fotografía ya no preserva lo que fui sino que da una imagen de lo que quiero ser. En este punto haré una salvedad, no cuestiono las acciones que he mencionado en sí mismas sino la acción de buscar en ellas la felicidad dado que cuando se exterioriza, la felicidad es lo que los imaginarios colectivos ofrecen por felicidad. La idea de felicidad ha perdido su noción de autorrealización para transformarse en satisfacción. La primera alude a la configuración del individuo y la segunda al cumplimiento de requerimientos básicos.

El tercer nivel es predecible ya en este punto, la felicidad es una víbora que se muerde la cola. Su búsqueda genera un mayor vacío, la fragmentación del individuo pluraliza la insatisfacción, entonces la felicidad se torna en el mecanismo de control más poderoso cuando se intercala con el miedo. La felicidad se torna un producto consumible y el mundo, que ha sido mercantilizado, que adquiere su representación en la moneda, toma su valor en tanto haga feliz. Todo lo que carezca de una oportunidad para felicidad es prescindible, por lo cual se instaura una visión unidimensional de la realidad que fortalece únicamente a la estructura neoliberal. En nombre de la felicidad, el individuo enajenado puede entregar su dignidad. Este último nivel justifica toda una estructura que termina por doblegar la voluntad de los individuos a todo aquello que sea capaz de entregar felicidad, cuando ya sabemos que en sí misma, la felicidad es una emoción desprevenida, que sirve para controlar a quienes luchan por su autorrealización y para controlar las masas como seduciendo al conejo a la trampa. Un pueblo se doblega con mayor efectividad cuando quiere ser doblegado, y para esto no hay mecanismo más eficiente que la felicidad. No obstante, la falacia es tan evidente que cuando un individuo reclama los mínimos necesarios para su vida digna: “la felicidad está dentro de ti”. Pero cuando las empresas requieren de vaciar tus bolsillos: “la felicidad está enfrente de ti”. 

Ahora bien, ¿qué puede ocupar el lugar de la felicidad para la autorrealización si la felicidad es un espejismo? He creído en la idea del propósito. La vida no tiene sentido pero puede tener propósito. Si la felicidad adolece de hondura semántica el propósito en sí mismo es una posibilidad semántica que depende del individuo. La idea de felicidad es prepotente porque se recuesta en una ilusión y el propósito es una ejecución. Si el propósito fracasa, no se genera un imaginario inútil de desesperanza si no de lucha, de sospecha, de llevar al límite la consideración de El Reino de este mundo como el único que nos corresponde. Tener un propósito no es tener un propósito excluyente, el propósito es el entendimiento de las circunstancias ajenas a mí yo y cómo tomar el control y la responsabilidad, la potestad de los actos para generar acciones de vida. Se puede llegar a la autorrealización sin ser feliz y es mucho más meritorio el primero que la segunda porque no obedece a la satisfacción del deseo sino al entendimiento y control del deseo. El primero es consumista y pasivo, el segundo es creador y activo. El propósito construye un lugar en el mundo, la felicidad acepta la imposición de un lugar en el mundo: la felicidad se debe gozar como el trago de absenta, con desconfianza y discreción, como accidente. Si hay una idea de plenitud está en oposición a la felicidad. No es nuestro destino ser felices porque no existe un destino, no seremos felices después de la vida porque en la muerte no hay tiempo, y sin tiempo no hay espacio, lo que elimina la sintaxis y por ello el pensamiento. La única forma de la autorrealización es la pugna constante contra la realidad histórica.

Un comentario sobre “La felicidad o el propósito: la autorrealización en tiempos de los espejismos

  1. Muchísimas gracias hombre. Me gusta la idea de asimilar el espacio/tiempo. Tengo la noción de que la física es un fuerte para estudiar la individuo y las relaciones sociales.

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