Fantasmas que esperan

A Katerine T., mi amiga fantasma.

La había visto en uno de mis paseos hacia ningún lugar. Siempre me ha gustado andar las largas calles para pensar. Y ellas me daban la dirección para conocer esta ciudad donde cualquier esquina es propicia para amar, donde cualquier esquina es indicada para recibir el beso frío de la Amante Inevitable. No me llamaría flaneur. Era un transeúnte simplemente, como lo son esos dos millones y medio de habitantes de la ciudad, como los viajeros, como esos que van de paso. Como ella.

Si mal no recuerdo, la descubrí en un atardecer naranja cuando bajaba por la calle Zea del Parque de Bolívar a la Minorista. Yo había perdido el temor de esa calle llena de prostitutas, travestis, ladrones, cuchilleros. En esos tiempos pensaba en las existencias sutiles, en esas presencias que las personas suelen pasar por alto. Me sentí observado de entre los árboles sucios de smog y busqué con la mirada a quien me acechaba. Un rostro de ángel que se hunde en el légamo me veía ocultando su cuerpo en la puerta vieja de un inquilinato… Al verlo, desapareció, la puerta verde se cerró.

Otro día me pareció encontrarla en el cruce peatonal de Junín a la altura del edificio Coltejer. Alguien que venía distraído de San Antonio se chocó conmigo en la cebra de la esquina. Como yo también iba distraído, nos pedimos disculpas a la vez. Sus palabras fueron tímidas y temblorosas, como las de alguien que teme vivir. Volteé a mirar. Alcancé a ver un rostro que se volvía con su cabello negro, con su mirada verde. Recordé el rostro de la puerta vieja de inquilinato que se cerró aquella vez. Esta vez llevaba un sombrero blanco con un moño dorado tenía un vestido blanco y una cinta roja ajustaba su figura que parecía el símbolo de la fragilidad.

En otra ocasión la vi en el puente de una estación del metro. Tenía un vestido crema lleno de flores bordadas y llevaba dos o tres flores blancas en sus manos. En esos tiempos yo pensaba en la espera y me pareció que ella esperaba a alguien de quien se ha perdido todo anhelo de que llegue. Miraba los carros pasar para distraerse, sin la aspiración de que la persona llegara en uno de ellos. Pasé detrás suyo. Seguí mi camino con el rebaño de gente que salía de la estación, no la quise incomodar.

La última vez yo estaba en el parque de San Ignacio. Descansaba de tanto caminar. Perdido en mis pensamientos llegué a la conclusión de que no vivía, sino que esperaba y que ese era el fin último de toda vida. Alguien se hizo a mi lado. Quise mirar, pero me sentí cansado hasta para levantar la cabeza. Alcancé a percibir que esa persona me observó a mí y luego en otra dirección. Yo continuaba mirando el suelo y mis botas cafés a medida de que se desenvolvía en mí una filosofía de la espera, en la que esta revelaba la sustancia del tiempo, proporcionaba el significado de la vida y era la única vía de la redención.

La mirada volvió a buscarme. Levanté mis ojos que ya se sentían gusanos de tanto arrastrarse por entre el suelo y mis botas cafés. Sus ojos se encontraron con los míos. Eran unos ojos verdes hipnóticos. Su mirada era tan fija que parecía acusarme de un crimen metafísico desde la lejanía de las estrellas. Me pareció que le incomodaba que me encontrara a su lado. La saludé para romper el hielo y me respondió como quien teme hablar con extraños.

Hubo un silencio.

Me preguntó como una niña que tiene un arrebato de curiosidad:

─¿Qué hace?

─No hago nada, simplemente espero -respondí con resolución, dándole el punto final a esa pequeña filosofía divagatoria que venía desarrollando.

Me miró con una interrogación triste en los ojos.

─Yo también espero -respondió ella agachando la mirada, bajando la voz.

Antes de que yo pudiera decirle algo más, se levantó y se perdió entre la gente, como solo podría perderse una ilusión entre la niebla.

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