El neoliberalismo o la planificación capitalista de la ganancia

Vivimos en una sociedad neoliberal. Esto es algo obvio, pero lo que no resulta tan evidente es qué es lo que esto significa, pues el neoliberalismo se ha difundido a la par de un discurso sobre sí mismo en el que se desfigura. Por este motivo suele cometerse el grave error de tomar por cierto lo que es mera propaganda difundida por gobiernos, ministros, economistas, think tanks, universidades y, finalmente, los mismos ciudadanos de a pie. No obstante, esto no significa que haya que desechar el discurso y concentrarse en “los hechos”. Una lectura del fenómeno neoliberal a través de su discurso representa una vía especial para hacer manifiesta una dimensión del mismo en la que poco se repara. Este será el camino que se recorrerá a lo largo de estas líneas para comprender por qué debemos considerar al neoliberalismo como un régimen capitalista de planificación de la ganancia y por qué esta denominación capta la contradicción entre el discurso y la práctica neoliberal.  

Durante el siglo XIX el pensamiento filosófico, así como el económico, sociológico e histórico alcanzaron un mayor grado de complejidad, sistematicidad y crítica. Diferentes posturas teóricas y movimientos políticos sostuvieron que la sociedad capitalista se levantaba sobre una división de clases sociales que reproducía estructuralmente una explotación de la vida humana y de la naturaleza por parte del capital, la cual era defendida y promovida por el aparato estatal. Por esta vía, el pensamiento moderno explicó la miseria y la opresión como producto del orden económico y político, en lugar del orden natural o de la misteriosa voluntad de dios supuestos por el pensamiento antiguo y el pensamiento medieval, respectivamente.

Hacia fines del siglo se consolidó un proceso histórico de oposición al capitalismo, animado por el argumento, más válido hoy en día que hace más de 100 años en que fue formulado, de que dicho sistema dispone de los medios para superar la carencia y conquistar la libertad para todas las personas y, sin embargo, la conservación estructural de la división de clases sostiene formas inhumanas de desigualdad y explotación para el beneficio de las élites capitalistas. El comunismo en su variante soviética constituyó un régimen totalitario que claramente defraudó aquello que perseguía, pues las facciones que asumieron el poder consolidaron una maquinaria burocrática anquilosada que no sirvió a los intereses del pueblo sino a los intereses de las élites del partido comunista.

Precisamente el neoliberalismo se consolidó desde sus orígenes teóricos en las primeras décadas del siglo XX a partir de un ataque al socialismo como modelo teórico y social. Su padre intelectual, Friedrich Hayek, sostuvo en su emblemático libro Camino de Servidumbre que la planificación e intervención política de la economía bajo el régimen comunista no sólo era menos efectiva para estimular el crecimiento económico, sino que además representaba el mayor peligro para la libertad individual. De este modo se creó el imaginario de que la libertad del mercado era el mejor medio para defender la libertad individual y promover el desarrollo económico de todos los individuos, lo cual facilitó la difusión y la conquista de la hegemonía de las políticas neoliberales desde mediados de los 70s, bajo la eterna promesa del capitalismo: libertad y progreso.

Así como en la teoría, el neoliberalismo se implementó primero y ferozmente como un ataque a la “amenaza” socialista. Las masacres, persecuciones y desapariciones bajo el régimen de Augusto Pinochet en contra del presidente de inspiración socialista y elegido democráticamente, Salvador Allende, en 1973, fueron las primeras medidas tomadas en el “experimento chileno” para instaurar de nuevo el orden de la libertad. Pero también fueron necesarias medidas autoritarias en Estados Unidos e Inglaterra, las dos naciones pioneras de los valores liberales y capitalistas, bajo los gobiernos de Ronald Reagan y Margaret Thatcher respectivamente hacia el año 79, así como en todas las demás naciones donde ha sido implementado.

Las reformas políticas implementadas por ellos tuvieron básicamente tres líneas de acción: políticas represivas orientadas a diezmar de manera significativa los movimientos sindicales que defendían los derechos laborales y condiciones de vida digna; la desacreditación de los ideales políticos y económicos que suponían una intervención de la política en la economía, incluyendo las políticas socialistas, las políticas keynesianas y  los programas económicos y sociales de los llamados Estados de Bienestar; y una vez quebrada la resistencia política y en el plano ideológico, se procedía a implementar las políticas neoliberales propiamente dichas (ajuste fiscal, privatización de empresas del sector público, apertura de mercados, flexibilización del mercado laboral, retiro de impuestos y responsabilidades a la inversión extranjera y a empresas extranjeras para no desestimular su actividad económica, etc.). Con todas estas medidas se busca el establecimiento de la libertad óptima de los mercados para permitir el despliegue de su magia. Y es por esta vía que presentaremos la mistificación que hace el neoliberalismo del mercado y sus rasgos contradictorios como dispositivo simbólico y de gobierno.

En primer lugar, la teoría neoliberal descansa, grosso modo, en la concepción de la naturaleza del mercado expuesta por Hayek como un orden natural espontáneo. Esto supone que la economía de mercado capitalista obedece a un desarrollo “natural” del ser humano. Por otro lado, al verlo como un orden “espontáneo” supone que el mercado es un espacio de interacción al que las personas acuden buscando beneficios privados obtenidos como producto de la acción libre de los individuos. Finalmente, esto implica entender el funcionamiento del mercado (libre de restricciones políticas) como un proceso azaroso, donde es preciso seguir las cambiantes señales de la sagrada ley de la oferta y la demanda, para obtener los beneficios sujetos al libre juego de la competencia. 

Esta postura teórica produce una mistificación del funcionamiento real de la economía capitalista, pues al despojarlo de su dimensión histórica hace que ella aparezca como un destino biológico en el desarrollo evolutivo del ser humano. Bajo esta luz, la realidad social es vista como parte de un orden natural al cual tiene que adaptarse el ser humano, en lugar de tratarse de un orden creado por la acción humana y que, por ende, puede ser transformado y debe hacerlo si no responde a la realización de la libertad y la igualdad de los seres humanos. Por ende, la concepción de la naturaleza del mercado tiene profundas consecuencias ético-políticas: tratar de corregir los resultados, naturalmente, desiguales del mercado como pretenden múltiples formas de “justicia social” no es más que un resultado de la fatal arrogancia del ser humano al tratar de cambiar el orden espontáneo natural del mercado, pues esto sólo podría conducir al genocidio de la libertad de los agentes económicos al someterlos al infame crimen de ser obligados a pagar impuestos. Los impuestos son el primer paso de camino al gulag[1].

Esta mistificación es la fuente de la idea paranoica según la cual si el mercado funciona de manera libre, tiene buenos resultados, y si los resultados no son buenos es porque el mercado no es suficientemente libre, lo cual haría necesario profundizar las reformas del derecho, de la política, la cultura y, finalmente, hasta de la misma psique para que las personas puedan ajustar su vida a la del funcionamiento del libre mercado. Cuando una persona está gobernada por una mentalidad paranoica es incapaz de reconocer la realidad y se ve presionada de manera inconsciente a reafirmar de manera enfermiza una y otra vez lo que para ella es una verdad indiscutible. Pero cuando se trata del sistema político de una nación o del modelo civilizatorio que rige la economía mundial,  entonces la enfermiza reafirmación de la verdad se traduce en miles de muertes por física hambre, miles de millones de personas sometidas a la pobreza, al aumento de la desigualdad social, a la persecución y al asesinato de disidentes de la verdad oficial, a la pérdida de derechos laborales y económicos, al despojo de tierras y a desplazamientos forzados y a la destrucción progresiva de la sostenibilidad ecológica de la vida en el planeta.

Ahora bien, la implementación del neoliberalismo sólo es posible a través de una multitud de políticas que implican, en contra de su discurso, una activa politización de la economía que lo aproximan, paradójicamente, al espectro del cual se mostró como su contracara y su cura: la autoritaria e ineficiente planificación socialista de la economía. Por eso el neoliberalismo puede entenderse mejor como un delirante régimen gangsteril de planificación descentralizada de la ganancia capitalista. No se trata de la misma planificación económica de la Unión Soviética pero tiene una terrible similitud, si se obvia el hecho de que –a diferencia de esta última y a pesar de la actual discutida hegemonía estadounidense– la economía neoliberal no obedece a un único Estado de manera centralizada; lo cual se sigue, a su vez, del hecho de que el capitalismo no sirve a un Estado específico, sino que se adapta a las condiciones geopolíticas sirviéndose del aparato estatal y ahora también de una gran institucionalidad supraestatal, para buscar su auténtico fin: la expansión de la acumulación del capital.

En este contexto, puede afirmarse en un sentido débil que el capitalismo neoliberal conlleva una planificación descentralizada, puesto que dentro de la economía mundial existe una tendencia estructural a la generación de una división del trabajo, de modo que unas regiones son presionadas a concentrarse en determinadas actividades económicas –como la extracción tercermundista de materia prima–, mientras que otras regiones o nichos económicos se concentran en actividades relacionadas con el capital tecnológico y financiero, lo cual produce necesariamente un desarrollo económico desigual.

Existe un segundo sentido a partir del cual puede hablarse con mayor propiedad de una planificación capitalista de la ganancia. Esto comprende todo aquello que en términos económicos se ha criticado acertadamente bajo el lema de “socializar las pérdidas y privatizar las ganancias”[2]. Así pues, contrario al ideal de la libre mercado al cual se debe el propio neoliberalismo, este ha consolidado distintos mecanismos jurídicos, políticos y económicos  para reducir el margen de pérdida y maximizar el retorno de la inversión del capital financiero y las empresas multinacionales. Con esto busca reducirse o incluso eliminarse el azar y la competencia del mercado, asegurando el beneficio económico de élites capitalistas, ya sean nacionales o extranjeras, y por vías legales o ilegales.

Esto nos lleva a la última y peor de las acepciones del término, pues con toda legitimidad puede sostenerse que el capitalismo neoliberal implica un régimen gangsteril de planificación de la ganancia, en el sentido de que este sistema se consolida por vías políticas autoritarias que violan la libertad individual. En el nivel del discurso neoliberal basta con atravesar la ideología vacía y repetida por economistas, ministros y presidentes, según la cual este modelo específico de desarrollo económico promueve la democracia e ir a la base filosófica del neoliberalismo: Hayek sostuvo que una dictadura puede ser mejor que la democracia para garantizar el orden económico capitalista.

Pues bien, la implementación del neoliberalismo ha implicado en casi todos los países la adopción de posturas políticas autoritarias, cuando no ha asumido directamente un gobierno dictatorial. Establecer la primacía de los derechos del capital sobre los derechos humanos sólo es posible de manera coercitiva, bien sea a través de la presión gangsteril del capital extranjero y organismos internacionales (sobre todo la “maldita trinidad” del Fondo Monetario Internacional, la Organización Mundial del Comercio y el Banco Mundial) que amenazan con no invertir y dejar sin recursos financieros a las naciones si no implementan las políticas neoliberales, o de la violencia y represión estatal necesaria para contener las protestas sociales que se derivan de la pérdida de derechos socioeconómicos, la destrucción del medio ambiente y la profundización de la desigualdad social que por lo general producen dichas políticas.

Muchas páginas podrían escribirse para mostrar el horror, la miseria y la violencia que ha dejado el régimen neoliberal colombiano en las últimas tres décadas. Valga la pena, no obstante, mencionar algunas políticas neoliberales, comenzando con la apertura económica de Gaviria y la disposición de la misma carta constitucional para darle solidez jurídica a las reformas neoliberales. La ley 715 de 2001 del gobierno de Pastrana fue un instrumento con el cual se profundizó la descentralización de la responsabilidad por la educación, que cada vez más se concebía como un servicio destinado a satisfacer una demanda, lo cual favoreció, entre otras cosas, el hacinamiento en los colegios, o la descentralización administrativa que redujo la financiación nacional de los entes territoriales. Dentro de la administración de Uribe hubo casos paradigmáticos de estas ideas, ya sea con la ley 789 de 2002 que flexibilizó el mercado laboral (y produjo una gran pérdida de derechos laborales, la extensión de la jornada laboral y la reducción de horas extras), la eliminación de más de 50 mil puestos del sector público, una gigantesca oleada de privatizaciones, y la reforma laboral 797 de 2002 con la que se ampliaron las semanas de cotización a los fondos pensionales, entre otras. Por otro lado, la multiplicación de los desplazamientos forzados, más de 32.000 desaparecidos, miles de falsos positivos, la represión de las protestas sociales, la narcopolítica, la persecución política y las chuzadas del DAS fueron algunas de las consecuencias que dejó el terrorismo estatal en sus dos períodos de gobierno. Santos siguió profundizando las medidas neoliberales como la firma e implementación de TLCs y las concesiones a multinacionales que ellos acarrean, el aumento vertiginoso de la locomotora de extracción minero-energética o la entrega de tierras campesinas a grandes emporios agroindustriales o a empresas extranjeras. Y finalmente Duque no se queda atrás con cuantiosas exenciones de impuestos a los grandes capitales, el alza de impuestos a las amplias capas de la población mediante una mayor grabación de la canasta familiar, la interrumpida reforma laboral y pensional por las protestas sociales, la represión constante de las ellas, o las joyas destapadas en plena contingencia ocasionada por el COVID-19: el reencauche de Agro Ingreso Seguro con la financiación de las más grandes industrias del campo con el dinero que debía destinarse a campesinos y pequeños y medianos productores agrícolas, las millonarias transferencias al sector financiero o el cómplice silencio ante la masacre ininterrumpida de líderes sociales.

Dentro del régimen capitalista neoliberal del ganancia planificada hay una violación directa de la libertad individual por la opresión impuesta por el aparato de Estado, además de la vulneración integral de la libertad que representa el empeoramiento de la calidad de vida de amplias capas de la población, en nombre de causas que no benefician a todo el pueblo sino a ciertas élites capitalistas, burocráticas y las redes clientelares que se encuentran en medio de ambas. El capitalismo neoliberal se refleja en su enemigo mucho más de lo que le gustaría y sería capaz de confesar. 


[1] Campos de trabajo forzados implementados en la Unión Soviética.

[2] Para esto véase el excelente artículo de Alejandro Arcila publicado bajo el mismo nombre en la edición pasada de Opinión a la Plaza: https://opinionalaplaza.com/2020/04/26/socializar-las-perdidas-y-privatizar-las-ganancias/.

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