El signo del dios

EL SIGNO DEL DIOS

No escucha cántico ni himno.
No equivoca su pisar ligero,
                       no lo asienta
en la tierra ni en la cabeza de los hombres
para que no lo hiera su dureza,
sino en el corazón.
De la vejez corre en carrera frenética
                  –y la vejez no lo encuentra.
Pero me impele a inmolarme, una y otra vez,
a arrasarme entre el éxtasis y el olvido
de la mujer, sin tregua.

Me comunica –eso sí– su divino estro.

De qué me extraño, entonces,
y con qué indignación, amigo Fedro,
si conozco bien a este dios caprichoso
que ahora gobierna mi pecho.

OTRA PÉRDIDA

He perdido otra ciudad
pero he recuperado un punto al margen
para reposar y ver el valle triste:
allí me atengo
a una santidad desenfadada, y sin fe
encomiendo a cualquier otro este fuego
            mi palabra,

tal vez alcance un dios –voluptuoso–
entre los signos trágicos del verso.

MUJER
CON UN PUÑADO DE ESTRELLAS
EN LA FRENTE

Una y otra vez
mira el cielo que se antoja al ojo
demasiado bajo,
y moja la punta de su dedo
para tocarlo sin herirlo,
y comprueba la trampa agazapada
de lo bello
en el instante del rayo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s