Tres hijos, una madre*

A ella, que después de tanto tiempo dijo: “¡no más!”.

Recuerdas tres episodios:

A tu hermano mayor, en la escuela le habían dicho que para ser detallistas y poder darles regalos a las madres tenían que pedirles dinero a ellos, a los padres. Era lo lógico: ¿de dónde iba a sacar dinero un niño? «Jesús, ¿qué le vamos a dar hoy a mi mamá?». Él no respondió, se quedó leyendo la libreta de los secretos. La libreta que nunca podíamos leer porque arruinaríamos las oraciones que usaba para componer, para curar inflamaciones, para estancar la sangre. La transcribía a una libreta nueva porque los años hacían sorda la tinta, amarillo el papel. «Mi mamá se ganó el regalo doble porque está en embarazo», dijo tu hermano que era una persona en miniatura, de cuatro años. Ella escuchaba envuelta por el velo de los sueños en que la envolvía el embarazo. «¿Papá qué le vamos a dar a mi mamá?». Tú eras ese niño que estaba en la barriga de ella, quien escuchaba desde la cama. Eras ese niño adentro. Él respondió con la furia de quien va a lanzar una pedrada: «¿Querés que te la dé ya?». «Sí, Jesús, yo quiero que le demos algo a mi mamá», respondió la ingenuidad de tu hermano. Él se levantó, se sacó la correa. El lapicero con que pasaba la libreta de los secretos cayó al suelo. Tu madre, ese ser cuya barriga parasitabas, se levantó de la cama. Intuyó sus intenciones. «No le vaya a pegar al niño, Jesús», le suplicó entre la marea negra de los sueños.

La segunda historia te la contó la voz de tu madre con una sonrisa entre las palabras. Era de nuevo esa semana de madres, centenares de soles después… En la escuela le dieron a tu otro hermano una tarjeta para colorear, un sobre, unos chocolates. Él coloreó la tarjeta en las clases, como era debido, y le escribió una breve carta que echó al sobre… Al llegar a la casa, tu hermano le entregó la carta a ella. Él se puso a jugar con los ganchos de ropa de colores vivos como si fueran muñecos. Ella abrió el sobre. Desdobló la carta. Se puso a leer. Gracias por ser una mamá tan bella y tan buena, decía con la letra redonda de los niños. En la parte inferior de la hoja, decía en caracteres impresos: Por eso te doy estos chocolates, tan dulces como tú, para que los disfrutes. En el sobre no había chocolates. Tu madre los buscó… «¿Y dónde están los chocolates, mi amor?». «Yo me los comí, mamá», respondió sereno tu hermano mientras jugaba a las peleas con los ganchos que fungían de guerreros.

En la escuela, siempre en la escuela, te pusieron en clase a escribir una carta en una tarjeta que tenía dibujado un corazón rojo, predeterminado. Tienes el recuerdo tan nítido de ese corazón rojo como si te quemara en los ojos. Terminaste de escribir la carta en la clase, siempre en la clase. En la casa, después de la escuela le diste la tarjeta a ella. Esa semana te habían enseñado una canción, ¿recuerdas? Y te dijeron a ti y a tus compañeros de escuela que el día de la madre, que era domingo, siempre domingo, tenían que pedirle dinero a los padres para que les dieran un regalo a ellas, a las madres. Te levantaste en la mañana. Recordaste que era domingo al ver el sol en el balcón. Era ese sol aburrido de domingo en la Medellín de la década de mil novecientos noventa. Sus rayos se distinguían porque eran todavía más aletargadores que los rayos de sol del resto de la semana. También eran aburridores los domingos porque estaba él. Recuerdas que te habías grabado con cierto esfuerzo ese día. «Jesús, ¿hay plata para regalarle algo a mi mamá?». Jesús no respondía. ¿Qué estaba haciendo Jesús? Fumaba y leía la libreta de los teléfonos, como si pudiera hablar con las personas con solo ver sus números. Silencio. Solo silencio. Ese silencio de las almas de hielo. Volviste a preguntar, con una especie de frío en tus manos, que era una forma del miedo: «Jesús ¿hay plata para darle un regalo a mi mamá?» Silencio. El silencio de las almas ausentes. Como no obtenías respuestas de tu pared -quisiste decir: padre- te sentaste en una pequeña silla mecedora. En la silla donde se habían mecido tus hermanos y ahora te mecías tú. Te pusiste a cantar mientras ibas adelante. «Madre, madre, madre solo hay una». Te pusiste a cantar mientras ibas atrás. «Se escribe con cinco letras, pero madre solo hay una». Ella trapeaba con agua espumosa el suelo gris del segundo piso, te escuchaba cantar. Tú te mecías. «Es la que me vio nacer y la que arrulló mi cuna». Ella se detuvo, se quedó mirándote, puso la trapeadora perpendicular al suelo y en la punta puso sus manos amarillas enguantadas y alargó sus brazos. «Se escribe con cinco letras pero madre solo hay una». La mirada era una exclamación que a la vez interrogaba. Tú cantabas repetidas veces. Porque definitivamente la pared no te escuchaba. Pero tu madre estaba atenta al pequeño concierto. No tenías nada más para ofrecer: «…madre, madre solo hay una»…

*Este relato hace parte de un proyecto narrativo más amplio.

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