Digresión

Por. David Santiago Restrepo Ocampo

¿Me pregunta usted que si le tengo miedo a la sangre? Pues, pa’ que vea que sí. Siempre supe que le tenía un miedo garrafal a la sangre. Lo sabía, pero no lo descubrí hasta que vi, con una prima cercana, una película sobre caníbales. No recuerdo el título de la película. Tampoco recuerdo muy bien el nombre de mi prima. Solo sé que su nombre tiene alguna lejana asociación con un dulce y delicioso postre que me gustaba mucho. Pero nada más. Aquel día, Maru nos preparó, a mi prima y a mí, unas tajadas de papa para ver la película.

–¡Con cáscara, como nos gusta, por favor!

Y así lo hizo.

Maru es la mamá de mi prima. Mi prima se llama Sinnombre. Es paradójico, pero así es.

Maru me quería. El problema era que ella insistía en que le llamara “tía”, el calificativo más honroso para ella, según parece. Recuerdo una vez que yo le grité:

–¡Maru, mi prima Sinnombre la necesita al teléfono!

–¡A mí no me diga Maru! Dígame tía. ¿O es que yo qué soy de usted, pues?

Nunca lo hice. De hecho, no lo hice con ninguna de mis tías; o bueno, no que yo recuerde. Gélica sí que me quería; incluso más de lo que me quería Maru. Gélica es mi abuela. Fue ella quien me enseñó a llamar las cosas por su nombre.

–¿Y a las personas, Gélica, también hay que llamarlas por su nombre?

–A esas sí que más, mijo.

Me dijo un día, distraída, mientras veía el tarot en un viejo y barato televisor, de esos traserones y de pantalla pequeña.

Yo no sé cómo llegué a acostumbrarme a llamar las cosas y a las personas por su nombre, pero así se quedó. Es más, ni me arrepiento de haberlo hecho, a pesar de los regaños que recibí por parte de mi parentela paterna. Mi parentela materna fue, prácticamente, desconocida para mí. Si mucho, recuerdo a un par de tías de mi mamá, y que siempre, hasta hoy, se han encontrado “al otro polo”, como decimos cuando alguien vive muy lejos de donde uno está para’o, y a las zonas por donde uno ni pasa para comprar un confite.

En cualquier caso, le contaba yo que… Espere, antes de continuar, permítame prender mi cigarro de la tarde. Así lo llamo yo. Ya ve usted que, en estos tiempos, uno disfruta viendo más el paisaje que a la gente. Y no me vaya usted a tomar de “odiagente”. No; nada más alejado de la realidad, como que tengo lengua pa’ contarle mi vida. Recuerdo una ocasión, oiga usted bien, cuando yo era un mocoso, en medio de una lloradera de esas que no se las aguanta ni Buda, Maru me llevó dizque a estudiar. ¡Valiente gracia! Estudiar fue lo último que hice allí. Lo único que yo me ponía a hacer era dibuje y dibuje.

–Oiga, Siemprejoven, artística ya pasó hace rato, ¿usted qué hace dibujando?

–Yo no estoy solo dibujando, profe; ¡yo estoy creando!

–¡Ah, sí!; ya se creyó Dios pues, ¿o qué?

–No, profe, yo soy un mensajero suyo nada más.

–Deje de decir bobadas y solucione lo del tablero, hágame el favor.

Fueron mis días azules, como diría… se me fue el nombre. Lo escuché por ahí y me pareció muy bonito. Pero no me acuerdo quién dijo tal cosa.

Perdone si lo interrumpo a cada rato, pero ya ve usted que uno no habla con nadie por estos días. No solo el clima es malo, sino también la gente. Pero no digo mala, hablando de su carácter, o de esa palabra con que salen los curas y los filósofos que pica como afilado punzón; esa palabra fría y olvidada dizque “moral”. No. Yo le hablo de esa gente que es mala para conversar. Hoy en día eso ya no se ve.

Pero recuerdo una ocasión, por allá cuando yo todavía era el mocoso que le comenté, que me la pasaba pa’ rriba y pa’ bajo con mis primos. Ya no era solo mi prima Sinnombre; también era con mis primos lejanos. Eso de lejano es una palabra que en ocasiones me hace llorar. Uno no se da cuenta cuándo se convierte la cercanía en lejanía. Eso uno la dice cuando menos se da cuenta. Sí, como usted dice; cuando es demasiado tarde ya. Pero bueno. Le decía que mis primos y yo no fuimos en ningún momento primos. Fuimos hermanos y punto.

–¿Para dónde vamos, Koreanito?

–Para la clínica, Siemprejoven.

–¿Y eso? ¿Quién se aporreó, o qué?

–Nadie. Vamos para la novena. Es mejor ir desde el primer día para poder tener un aguinaldito el veinticuatro.

-Ah, pues eso sí.

¿Que quién es Koreanito? Pues uno de esos hermanos míos que ahora le comentaba. Aventurero y valiente como ningún otro de la vieja familia. Por sus venas no corría sangre; corría tierra del morro de por su casa.

“La charla” Eugene de Blaas (1905)

El caso es que el viejo y triste camino, que nos llevaba a la clínica, poco a poco ha perdido lo viejo y lo triste. Llego a creer que esa vejez y esa tristeza se metió dentro mío. Logro tocarla casi. Pero bueno.

Aquel largo camino estaba llenito de flores; de esas naranjadas con centro negro, si mal no recuerdo. ¿Se llaman ojo de poeta, dice usted? Ah, nombre bonito sí que tienen. Como los atardeceres que pasé con ellos. Así mismo de bonito.

Ese camino se hacía largo, largo y pedregoso, como esas montañas que usted ve por allá. Pero se acortaba cuando echábamos chistes y, lo más usual, cuando echábamos historias de terror. Brujas rascatroncos y duendes molestanovias fueron los personajes principales.

Eso quedó allá, lejos, en un pasado borroso, pero el cual recuerdo con mucho cariño. Sepa usted que no estoy llorando en este momento. Esa agüita que sale de mis ojos es solo por el humo del cigarro; por nada más que eso. Además, este es un espacio cerrado, en donde ese humo se concentra, y… No, tranquilo, acá estamos bien. Quedémonos acá. Sepa usted que me gusta sufrir. Bueno, no me gusta, pero sí que me da algo de placer. Es la cruz que nos toca llevar en esta vida, ¿sabe? Pero a mí no me pesa, la verdad. Dios puso sobre mis hombros una cruz de algodón.

Oiga, hablando de sufrir, recuerdo un día en el que un amigo mío, ya muerto hace tiempo, me contó que se había vuelto a enamorar de su primer amor. Me contó que se la pasaba todo el día sentado, al frente de la casa de ella; ahí, en toda la cera, hasta que se hiciera de noche. ¡Pobre hombre! Claro que él era consciente de que ella ya no vivía ahí, en esa casa; pero bueno. La nostalgia lo tenía vuelto nada.

Era un hombre difícil de tratar, pero uno intentaba tratar con él. Era como mi sombra. Íbamos de un lado para otro, incluso a ver cómo se iba y se perdía el atardecer, para que volviéramos a verlo al otro día. Todos los que pasaban por el lado decían que era una pérdida de tiempo ver al horizonte, allá, más allá de las montañas, y ver cómo la luna venía a ocupar el lugar del sol. Para nosotros era más importante disfrutar de esa belleza que pasar por ahí, y no pararle bolas. Una vez, no le miento, lloré. Pero yo creo que no lloré por ese atardecer que miraba, sino por todos los atardeceres que pasaron y no los había llorado en el momento preciso. Aun así, seguía disfrutándolo en compañía de mi amigo Leviatán. Así se llamaba mi amigo. Ya ve usted que hay placeres que, por culpa de entregarse a ellos, uno termina sufriendo cuando se hacen. Pero, como le comentaba a usted ahorita, para mí era doble ración de placer.

-Oíste, Siemprejoven, ¿alguna vez vos te enamoraste?

-Claro, Leviatán; claro que sí. Vos la conocés y todo. Me enamoré de Flordorada; ¿te acordás de ella? ¿Te acordás cuando, de niños, jugábamos y reíamos? Y todavía sigo enamorado de ella.

–Ah, pero, según sé, ¿ella no está con otro hombre ya?

–¿Y es que yo cuándo te dije que estoy enamorado de la Flordorada del Hoy? No me tomés por loco, Leviatán, pero te cuento que sigo enamorado de la Flordorada del Ayer. Todavía no se me olvida cuando me miraba y yo ahí mismito sudaba. O cuando, en una noche, mientras jugábamos escondidijos, me agarró la mano y yo, por tímido, de una se la solté. O fue porque mi padre nos encontró; ya no lo recuerdo muy bien, la verdad. Flordorada del Hoy ni me hace dar eso que llaman dizque mariposas en el estómago…

¡Pero bueno!, le contaba yo a usted sobre mi miedo a la sangre, y ya ve para dónde nos hemos ido. Le decía que la película que vi con mi prima Sinnombre…

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