Una soledad compartida

“No hay distinción entre mi carne y su tristeza”
Antonio Gamoneda

Cuando Ulises murió en el Ártico, nadie pudo sospechar que, con él, la soledad verdadera se había marchado del mundo. Después de todo, la gente seguía sintiéndose sola, los lugares exhibiendo la misma clase de ausencia y los objetos dando una imagen idéntica de su orfandad. Por eso resultaba, incluso, extravagante pensarlo. Nadie en el barco hubiera estado de acuerdo y, es posible, que dijesen que exageraba. Pero que era cierto, sólo el médico de abordo lo sabía. Y lo sabía por otra razón. Por la única razón que es realmente importante, porque después de la muerte de Ulises, su soledad dejó de ser la misma. Dejó de ser la suya, para ser la de ambos.

Una soledad compartida, que no bastaba para sanar ninguna de las dos.

Desconocía todo sobre él, el lugar de su procedencia, el nombre de sus dueños y lo que había estado haciendo antes de su encuentro. Después de todo ¿Qué hacía en ese lugar? Ignoraba incluso su nombre, pero le llamó Ulises, en recuerdo de su extraña travesía.

El viaje del médico hacia el Ártico, había empezado meses atrás en un escritorio de la Sociedad Inglesa para la Exploración del Ártico.

El primer día, el médico no distinguió nada. Todo el paisaje resultaba monótono, aunque nuevo. El barco se hallaba parado en la inmensa bastedad del mar helado. Pero el doctor sólo tuvo ojos para la luz, que caía amortajada a través de frío y de las nubes, creando sobre el agua pozos que recordaban bancos de peces vivos por el movimiento de las olas. Pozos donde la luz vivía y se regocijaba de su propia existencia.

En la noche, luego de vagar entre los equipos y los instrumentos, de atender a uno de los marinos que se declaró enfermo, se detuvo junto al viejo Jørn, el antiguo cocinero de la embarcación, quien le contó sobre su infancia en Svalbar y sobre su abuelo que había dejado a un animal atado a un tronco en la playa para que el mar lo ahogara. Todavía recordaba un ruido de arreos en la madrugada, y después de algunos días, estar en medio de una muchedumbre mirando el cuerpo de un gran perro que la marea había dejado al descubierto. También la vergüenza de ser llamado “El perro”. Durante años, su abuelo vagó como una sombra siniestra entre los vecinos, que le ignoraban, hasta el día en que, ebrio, resbaló y murió en un charco no más alto que sus talones.

El segundo día, el médico permaneció encerrado en su camarote. Una sensación de profundo abatimiento, que atribuyó al paisaje, se apoderó de él. No sentía deseos de hablar o de no hablar. Era como una inmensa ciudad oscurecida de repente. Las dos veces en que habían bajado a llamar a su puerta, se excusó diciendo que tenía trabajo retrasado y que intentaba ponerse al día.

En la noche subió a la cubierta y vio a toda la tripulación con sus trajes de pieles y sus equipos apuntando, como antiguos astrónomos, a una bóveda celeste desbordada de estrellas.

Antes de dormir, visitó de nuevo al marino enfermo.

En la mañana del tercer día, el paisaje helado seguía inmutable. Sobre las oscuras y frías aguas, flotaban innúmeros los trozos del hielo. Algunos grandes como automóviles o edificios y otros pequeños como como cajas, incluso diminutos como guijarros de playa. Y, sobre las aguas y el hielo, brillaba débilmente un sol frío, oculto por la sempiterna presencia del vapor y las nubes. Sintió de nuevo la punzada de la tristeza en la boca del estómago, pero alcanzó la proa y se mezcló entre los hombres.

Entonces, tras él, uno de ellos gritó que había que algo en el agua.

El médico tardó en comprenderlo porque estaba mirando hacia el mar. Pero cuando lo consiguió, vio frente a él, a una distancia de 500 o 600 metros, la figura de un animal sentado sobre un bloque a la deriva. Un perro que miraba hacia el barco con una expresión de ansiosa y cansada esperanza, como cuando la espera se ha prolongado durante tanto tiempo, que lo que llega se recibe con una dignidad resignada.

El animal era pardo, de mediano tamaño, lanudo. Su figura se perdía en la vastedad del paisaje ártico, en donde el hielo semejaba un planeta que estuviera en plena formación o acabara de ser destruido.

Al principio, la tripulación comenzó a reunirse para mirar al perro que se hallaba solitario en el agua. Algunos trajeron sus instrumentos de observación para estar seguros de que no era una foca. Y cuando lo estuvieron, corrieron a buscar al Capitán, que le gustaba pasar su tiempo en el comedor. Cuando llegó, el hombre ordenó soltar un bote para traer al perro a bordo. Y, mientras los marineros usaban las poleas para poner una barca de remos sobre el agua, el animal no apartó su vista cansada del médico.

A medida que el bote avanzaba, el silencio parecía dilatarse, haciéndose profundo en la espera de cada hombre.

– Ulises – dijo el médico. Y dejo que los ojos se le llenaran de lágrimas.

Cuando alcanzó a sentir el olor de los rescatistas, el animal irguió las orejas y balanceó nerviosamente la cola. Todo el cuerpo parecía estar bailando sobre el hielo. Pero tal vez porque la desgracia no necesita razones para ocurrir, el perro retrocedió un solo paso en su pequeño tempano, perdió estabilidad y cayó al agua.

Cuando el bote alcanzó el bloque de hielo, el animal había desaparecido ya de la vista de todos, y aunque estuvieron dando círculos en el agua, escarbando en el mar con sus manos y faroles, los tripulantes no pudieron encontrarlo jamás.

Como si la soledad, la verdadera, no pudiera ser alcanzada.

 

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