Interculturalidad, dominación y resistencia en dos cuentos latinoamericanos

I.

El Sueño del pongo (1965) de José María Arguedas y El trueno entre las hojas (1953) de Augusto Roa Bastos son cuentos vinculados como por un río invisible. Los elementos literarios que les son comunes, y de los cuales se ocupa este ensayo, acaso encuentran su primera fuente en las coincidencias biográficas de los dos escritores. José María Arguedas, primero en casa de su madrastra, donde le obligaba a vivir –por desprecio– junto a la “servidumbre india”, y luego en las haciendas de la Sierra peruana por donde transcurrió su infancia, tuvo las experiencias más intensas del mundo ancestral quechua. Pasaba las noches conversando con las mujeres y los peones, cantando waynos y tristes cuando la luna estaba grande, y aprendiendo a escuchar la voz de la mujer en el rumor de la quebrada Viseca. Augusto Roa Bastos, por su parte, pasó su infancia en el pueblo campesino de Iturbe, donde la existencia en gran medida transcurría en torno al ingenio azucarero en el que trabajaba su padre. Allí se cultivó el autor paraguayo en las dos corrientes culturales que signarían la totalidad de su obra: la cultura occidental de sus padres, un hombre de ascendencia española y una mujer de ascendencia franco-portuguesa que frecuentaba las páginas de Shakespeare; y la cultura guaraní de los niños pobres del pueblo, hinchados por la parasitosis, en quienes Roa Bastos encontró a sus primeros maestros

Esta experiencia del mundo ancestral fue probablemente lo que llevó a los dos escritores a reivindicaran la dignidad de las fuentes quechua y guaraní en la construcción de la tradición literaria latinoamericana. En sus obras lo ancestral no figura como un mero exotismo, ni como un artificio destinado a cargar de verisimilitud sus tramas por el solo hecho de estar situadas en los andes peruanos y en las selvas paraguayas, sino que se inserta con todas las cargas semánticas, los valores estéticos y las implicaciones políticas que le son propias. Así, en El sueño del pongo y en El trueno entre las hojas ocurre una simbiosis cultural. En primer lugar, estos textos no solo se le figuran al lector como el producto del ingenio individual, destinado a representar su visión particular del mundo, sino que son –al mismo tiempo– representaciones de la memoria viva de la colectividad. Para mejor muestra, Arguedas escuchó su relato del comunero Santos Ccoyoccossi Ccataccamará, y aunque nunca supo con certeza si se trataba de una tradición quechua, encontró que el antropólogo Oscar Núñez de Prado había escrito otra versión sobre el mismo tema. El cuento de Roa Bastos también sugiere la recuperación de la memoria del pueblo de Tebikuary, donde sucede la trama, pues su inicio refiere una tradición según la cual en cierto punto del río se escucha el sonido fantasmal y triste de un acordeón tocado por un balsero muerto.

En segundo lugar, las formas de la oralidad –propia de las lenguas ancestrales– impactan, en el texto escrito, las formas estándar del español e introducen los tonos de la poesía ancestral: “Huérfano de huérfanos; hijo del viento de la luna debe ser el frío de sus ojos, el corazón pura tristeza” (Arguedas, 1986, p. 258); “Yasy Mörötï/ luna blanca amada que de mí te alejas/ con ojos distantes” (Roa, 1953, p. 29). También las formas orales expresan los discursos populares relativos a las experiencias de la injusticia y de la resistencia: “No olviden kená, che ra’y-kuera, que siempre debemo’ ayudarno’ lo uno a lo’ jotro, que siempre debemo’ etar unido. El únco hermano de verdá que tiene un pobre ko’ e’ otro pobre. Y junto’ todo’nojotro formamo la mano, el puño humilde pero juerte de lo’trabajadore…” (Roa, 1953, p. 3). En tercer lugar, la interpretación de la realidad en ambos cuentos está atravesada por lo maravilloso, lo mágico, en oposición a la visión positivista de los hechos sociales que prevalece en el mundo occidental desde el siglo XIX. En América Latina lo maravilloso es lo real, llegaría a decir en varias ocasiones Augusto Roa Bastos. En El sueño del pongo lo onírico se vuelve premonición y, así mismo, campo de batalla donde el pongo enfila tácticamente las armas de la religiosidad católica contra el opresor; en El trueno entre las hojas lo mítico adquiere la forma de la insurrección y representa la recuperación de la episteme ancestral arrebatada en los procesos de colonización.

Estas yuntas, no exentas de tensión, entre la colectividad y la individualidad, la oralidad y la escritura, lo maravilloso y lo comprobable, son las que configuran los contextos culturales que vieron nacer a José María Arguedas y a Augusto Roa Bastos: los espacios de encuentro entre el mundo ancestral y el mundo occidental. Después de abordar estas generalidades, trataré los vasos comunicantes que relacionan a los cuentos entre sí en lo relativo a los espacios, los personajes y los temas de la narración.

II.

Ilustración a tinta: Yuliana Miranda (2020).

El sueño del pongo y El trueno entre las hojas están así mismo vinculados por el espacio –la topía– donde se desarrolla la trama: la casa-hacienda, en el cuento de Arguedas; el ingenio, en el cuento de Roa Bastos. Aunque este tipo de instituciones fueron fundadas durante la época colonial, después de los procesos de independencia siguieron existiendo como una manifestación del orden señorial de las sociedades patricias latinoamericanas. Por esta razón, dichos espacios son en ambos cuentos representados literariamente como estructuras que reproducen el sistema de castas: los patrones son blancos, y los peones son mestizos, indios o negros, según la nomenclatura de la época. Y, por supuesto, no existe en esta estructura –vertical y cerrada sobre sí misma– movilidad social alguna.

El patrón de la casa-hacienda, en El sueño del pongo, está siempre seguro de sí en su posición de privilegio, no solo porque tiene a su alcance el uso de la violencia para defenderla sino porque está inmerso en un contexto cultural que la refrenda. Durante todo el relato está en actitud de mofa, casi invariablemente ríe: inicialmente le pregunta al pongo si “es gente u otra cosa” (p. 258), y luego lo deshumaniza ordenándole que actúe como perro o como vizcacha. Pero esta actitud en ningún momento encuentra réplica por parte de los demás peones, aunque algunos de estos privadamente se lamenten. Además del miedo, la justificación de ese orden social en los valores católicos (mientras se humilla al pongo se reza el Padrenuestro y el Avemaría) parece tener una eficacia simbólica todavía mayor. Las jerarquías del orden social de la casa-hacienda se mantienen, así inmutables, hasta el final, cuando el pongo –a través de su sueño– logra hacer una transvaloración del discurso religioso de la que se hablará más adelante.

El ingenio de El trueno entre las hojas nace por la mano de los habitantes de Tebikuary-Costa, quienes impulsados por la esperanza de conseguir mejores condiciones de trabajo, y bajo el influjo engañoso del primer dueño, Simón Bonaví, hacen crecer las edificaciones como un quiste rojizo en medio de la selva. Sin embargo, una vez concluida la obra, “de los patacones con que soñaban, no veían ni el pelo en la chipa” (p. 9). A diferencia de lo que ocurre en el cuento de Arguedas, la estructura social del ingenio se afinca exclusivamente en la violencia cada vez más degradada de los patrones. Simón Bonaví, quien guardaba su dinero en la abertura del pantalón, a donde siempre llevaba sus dedos para luego olerlos, ejerce la violencia a través de sus esbirros. Especialmente cruel era el mulato Eugenio Penayo, el comisario: mataba a quemarropa y tenía un apetito sexual desenfrenado. Una de sus víctimas fue la madre del protagonista: “Al año siguiente de la partida del patrón, le tocó el turno a la madre de Solano, que era una mujer todavía joven y bien parecida. Consiguió de ella todo lo que quiso porque la amenazó, si se negaba, con que iría a matar a su hijo que estaba trabajando en la fábrica. Solano lo ignoró hasta mucho después, cuando ya el mulato estaba muerto y cuando una venganza personal hubiera carecido ya de sentido aun en el caso de no estarlo” (Roa, 1953, p. 11).

Ante estas violencias se empiezan a levantar entre los trabajadores rumores de huelga. Bonaví, al intuir el levantamiento, vende el ingenio al aventurero norteamericano Harry Way. Este hombre descomunal lleva siempre dos pistolas colgándole del cinto y un sombrero que apenas deja entrever sus ojos listos para “acechar como una tronera de cemento la posible procedencia del ataque o elegir el sitio y calcular la trayectoria del balazo que él debía disparar” (p.16). El nuevo patrón es, así, la representación de una crueldad mayor: “su crueldad le sahumaba, le sostenía. Era su mejor cualidad. Su corpachón flotaba en ella como un peñasco en una cerrazón rojiza” (p.17). Pero Augusto Roa Bastos no enumera los actos de barbarie que suceden en el ingenio –los azotes que abrían las carnes de los trabajadores hasta causarles la muerte, los tiroteos, el lanzamiento de los cadáveres al río– para expresar la degradación moral de un solo hombre, sino para situar estos hechos en un contexto político específico. Los dueños del ingenio no encuentran en el Estado un límite a su depredación sino un aliado que mantiene la estructura de dominación, los capataces son al mismo tiempo nombrados comisarios, los esbirros de los inversionistas no son otros que los soldados enviados por el Gobierno para reprimir la huelga. Y es el mismo cuadro social que nos presenta Álvaro Cepeda Samudio en La casa grande: la ambición desmedida del hombre occidental, en la era del capitalismo, parasitando y destruyendo la vida de las comunidades periféricas.

A pesar de que ni en El sueño del pongo ni en El trueno entre las hojas se hace referencia a la fecha específica en la cual sucede la trama, el lector puede colegir que los acontecimientos ocurren entre finales del siglo XIX y principios del siglo XX. En este contexto, la existencia de la casa-hacienda y del ingenio está enmarcada en un momento histórico en el que instituciones como la esclavitud y la servidumbre, aunque abolidas formalmente en muchos países latinoamericanos, se mantienen latentes en las prácticas sociales. Los textos literarios abordados reflejan, en este sentido, cómo las transformaciones jurídicas no implicaron una transformación inmediata de los valores culturales. De ahí que no existan parámetros sociales al alcance de los personajes que permitan cuestionar las estructuras hacendaria y señorial, más allá de su experiencia íntima de la injusticia. Por el contrario, dichas estructuras siguen siendo justificadas por el anquilosamiento religioso en el cuento de Arguedas, y en el cuento de Roa Bastos por el miedo que mantenía a la gente “envenenada y seca como si durante todo ese tiempo no hubiera estado bebiendo más que jugo de víboras y guarapo de cañadulce leprosa” (p. 22).

III.

(Detalle I)

Frente a la humillación, nuestros vencidos oponen el silencio. “El hombrecito no hablaba con nadie; trabajaba callado; comía en silencio. Todo cuanto le ordenaban, cumplía. ‘Sí, papacito; sí mamacita’, era cuanto solía decir” (Arguedas, 1986, p. 258), y por este silencio era que el dueño de la hacienda lo despreciaba. Igual desprecio suscitó en el instinto de uno de los esbirros de Harry Way el silencio furioso del balsero, tras la golpiza que le propinaron a un trabajador durante una crisis epiléptica: “Solano Rojas estaba crispado en actitud de saltar con el machete agarrado en las dos manos. Gruesas gotas empezaron a caer junto a sus pies. No eran de sudor. En su furia impotente y silenciosa, había cerrado una de sus manos sobre el filo del machete que le entró hasta los huesos” (Roa, 1953, p. 18). Sin decir palabra el pongo y el balsero acaso sentían el fuego de la resistencia en su pecho y saboreaban el desquite. “–¡Todavía no…, todavía no!– el espasmo furioso estaba por fin dominado en su pecho [el de Solano Rojas] que resonaba en secreto como un monte” (p. 18). Aunque de antemano saben que no tienen posibilidad de redención porque la estructura de dominación está profundamente arraigada y por mucho los excede, no se dejarán derrotar completamente. Serán vencidos, pero solo a medias. En los dos cuentos los personajes romperán el silencio hacia el final del relato y se valdrán –justamente– de los medios del dominador para mantener su dignidad a flote.

 El pongo se valdrá del discurso religioso que antes justificaba la estratificación social en el marco de la hacienda y su propia explotación. Cuando decide romper finalmente su silencio, le revela al gran señor el sueño fulminante: después de haberlos hecho cubrir de miel (el señor) y de heces humanas (el pongo), dice San Francisco, “Todo cuanto los ángeles debían hacer con ustedes ya está hecho. Ahora ¡lámanse el uno al otro! Despacio, por mucho tiempo” (Arguedas, 1986, p. 260). En esta figura hay una transvaloración. Durante el diálogo que han sostenido el pongo y el señor, este ha aceptado todas las premisas que ha planteado el pongo: era él quien debía estar cubierto de miel y el pongo de estiércol. Esa misma era la situación de ellos en la casa-hacienda. Pero a través de la ficción del sueño, que solo existe en el discurso del pongo, hay una reconfiguración de la justicia. Al partir el pongo del mismo sistema religioso que justificaba la dominación y resinificarlo como herramienta de liberación, derrota simbólicamente la estructura señorial que le daba un lugar privilegiado al señor. Este no tiene cómo reaccionar, una vez le han arrebatado sus armas epistemológicas.

En El trueno entre las hojas, Solano Rojas ejerce su resistencia por medio de las armas: “Delante de Solano Rojas armado de un máuser, delante de unos treinta carpincheros armados también con máuseres y revólveres, estaba Harry Way hincado de rodillas pidiendo clemencia. Con gritos jadeantes pedía clemencia a los hombres libres del río, al esclavo que un mes antes había mandado azotar hasta el borde de la muerte. Pedía clemencia porque él a su vez ahora no quería morir” (Roa, 1953, p. 29). También Harry Way ha muerto en su propia ley. Al igual que en el cuento de Arguedas, las armas de la opresión se convirtieron en las armas de la liberación. Pero Solano Rojas también pagará la hybris de su violencia: en el mismo acto de la venganza encontró y perdió a la mujer amada; además tendría que pagar con sus ojos –quedaría ciego en prisión– el homicidio de su verdugo. Y al igual que el pongo, solo alcanzará su verdadera rebelión más allá de la muerte. El acordeón triste de su fantasma resuena en el río. “Monta guardia y espera. Y nada hay tan poderoso e invencible como cuando alguien, desde la muerte, monta guardia y espera” (p.30).

José María Arguedas y Augusto Roa Bastos dejaron, así, en estos cuentos, el testimonio vital, telúrico, de las formas de opresión, pero también de la liberación de los pueblos latinoamericanos.

(Detalle II)

Textos literarios citados:

Arguedas, J.M. (1986). “El sueño del pongo”. En: Los ríos profundos. Caracas: Biblioteca Ayacucho.

Arguedas, J.M. (2014). “Ensayo sobre la capacidad de creación artística del pueblo indio y mestizo.” En: Canto Kechua. Lima: Editorial Horizonte.

Roa Bastos, A. (1953). El trueno entre las hojas. Recuperado de: https://vivelatinoamerica.files.wordpress.com/2014/04/el-trueno-entre-las-hojas-augusto-roa-bastos.pdf

(Detalle III)

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