Tres poemas de Jennifer García

La hora detenida

La pelota que arrojé cuando jugaba en el parque

aún no ha tocado el suelo.”

Dylan Thomas.

Después de todo, quedan los cuerpos inclinados ante el último vestigio del paisaje y el azúcar, el polvo y la sal que poblaron del mismo modo nuestra mesa. Ahora que los amigos se han ido, las imágenes de la casa tiemblan y los animales domésticos adoptan el mismo lenguaje del silencio. ¿Qué van a saber ellos de este tiempo extraño? Nadie les contó que su ama lloró por la luz de los naranjos en la infancia, al fondo vacío de un corredor en ruinas, nadie les contó que con cada amigo que regresa y con cada amigo que se va, es otra la quemadura. En el lomo de este sol que muerde el tejido del mundo, viajan ahora los años de la niñez muerta, el caballo y su relincho en la plaza del pueblo, el hueco en el mantel, el olor a paja y albahaca, el vidrio dorado de las puertas, las botas de cuero que calzó el padre. Es así como corren ahora los años fuera de nosotros. La liviana existencia del animal herido no nos sugestiona con igual tenacidad, sin embargo las ausencias parecen ser de la misma materia. Hoy que las cosas nos hablan con un idioma esperado, creemos ver en el nuevo amigo al niño inquieto que desde la terraza nos arrojó una azulada canica y, por las improbabilidades del tiempo, nunca nos alcanzó.

Sobre nacer

La ley del tiempo nos habla de un número irrecuperable, de una distancia precisa entre dos edades, sin embargo han pasado veintitrés años y siento que aún no termino de nacer. Más allá de un cuerpo consagrado al crecimiento interminable de la raíz entre las venas, más allá de un padre que sostiene con sus huesos la cal y la arena de la casa, más allá de la cicatriz del aire, nada hay que pueda dar testimonio de mi nacimiento. Como sucede con las iglesias viejas, cuando los muros se convierten en el único respaldo de lo deshabitado, y decimos: “Aquí murió un hombre y tal vez vivió”. Pero tras el muro, la luz camina silenciosa sin dejar lugar a la incertidumbre. Sabemos que no fue Dios quien pronunció las palabras, aunque adentro todo hablara de él. Sabemos que fueron los hombres quienes suplicaron por la aparición del mar en el desierto de las manos y presagiaron la grieta por la que asomaría la sed. Ahora vendrán los otros, con sus fórmulas sobre Dios y el tiempo, para desmentir lo dicho. Les señalaré la línea entre la nariz del lobo, sabrán que hay verdades en el mundo que no pueden tocarse. 

Relámpago

Primero habría que empezar por el relámpago, reconocer su tenacidad silenciosa, la frágil sombra que arremete contra el mundo, el eco de toda luz descendiendo por el aire, mientras abajo los hombres recrean el fuego, impulsados por un espejismo. Algunos temen abrir los ojos ante el incendio, saben que un solo roce bastaría para acabarlos. Se cierran el pecho ante el esplendor desconocido, cubren los espejos con sábanas. Las mujeres creen que mientras menos se revele el cielo dentro de la casa más improbable será que el rayo las alcance, y si duermen lejos de los árboles estarán a salvo. Cuando todo acaba y la luz deja de morder el suelo, cada quien regresa a sus asuntos de siempre, abren las puertas y sacan afuera a los animales. A pesar de las señales, siguen cruzando el día, confían ciegamente en la estrategia. Recostados sobre una pared a punto de la demolición se reconocen a sí mismos, tampoco ellos tardarán en desaparecer, como la línea de luz tras la tormenta. 

Un comentario sobre “Tres poemas de Jennifer García

  1. Excelentess poemas. Abrazos a la autora y felicitaciones a este espacio literario: ha sido un placer descubrirlo siguiendo la voz y la obra de Jennifer García
    . Enhorabuena.

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