El canto de las piedras en Los ríos profundos de José María Arguedas

Por Daniel Santa Isaza

Sólo el perfume del árbol de cedrón y sus escuálidas, diminutas ramas, mantenían el ánimo de Ernesto cuando penetró tras el pongo, tras su padre, en el tercer patio de la casa de “El Viejo”. Un olor a muladar se había esparcido en el ámbito, pero el cítrico aroma del árbol, sin embargo repleto de rasguños, aún se extendía desde el patio segundo. Eso y el áspero, el oscuro y áspero muro incaico de faz recostada frente al cual se había detenido cuando Gabriel, su padre, le dijo: “¡Mira al frente! (…) Fue el palacio de un inca” (Arguedas, 1986, p. 4). Entonces, ya instalados en la olvidada cocina de indios de una suerte de establo, Gabriel tomó el brazo de su hijo, abrumado por el espíritu del sitio al que habían llegado, y este a su vez lo abrazó. “¡Estamos en el Cuzco!”, dijo, quizá entusiasta, el joven. Gabriel, por el contrario, pidiéndole que no llorara como pidiéndose a sí mismo no llorar, respondió: “¡Por eso, por eso!”. Fue el primer signo de nostalgia. Adentro, cobijado por las manchas del hollín, manchas como sombras, un fogón de piedra trajo a la memoria de Ernesto el oscuro cuarto donde había sido obligado a vivir en la infancia reciente; el rincón en que recibió “los cuidados, la música, los cantos y el dulcísimo hablar de las sirvientas indias”. Se sentía a gusto. Pero sabía que a la mañana siguiente partirían, por la pampa de Anta, hacia Abancay. Así que corrió a ver el muro, siempre áspero, siempre oscuro, que se deslizaba por una calle angosta impregnada de orines. No le importó. Caminó frente a él, “piedra tras piedra”, alejándose, regresando luego, tocándolo con sus propias manos, siguiendo “la línea ondulante, imprevisible, como la de los ríos, en que se juntan los bloques de roca”. En ese instante, “en la oscura calle, en el silencio, el muro parecía vivo”; sobre la palma de sus manos “llameaba la juntura de las piedras que había tocado”. Sólo allí las piedras, todas las piedras de Los ríos profundos de José María Arguedas, comienzan a cantar, a danzar entrelazadas, a conversar con los hombres, a verter sangre hirviente; es la puk’tik yawar de todos los tiempos, de los ancestros; piedras ancestros.

En el asombro ineludible del corazón de un infante –ya no tan infante– como Ernesto, la vida que albergan las piedras, las piedras vivas, danzantes, no son metáfora. Es cierto que hierven, incluso, en la superficie cambiante de un muro incaico, y él las ve hacerlo en su entendimiento más puro de la vida, del mundo, porque sabe que el caudal de las aguas sucesivas de los ríos les dieron otrora el movimiento, el aliento incesante y poderoso. Y los ríos, los turbios ríos, los yawar mayu, son asimismo fuente comparativa de vitalidad, “porque muestran con el sol un brillo en movimiento, semejante al de la sangre”. El lomo de plata de las aguas diáfanas en verano, tienen, como la sangre de los hombres, un curso dirigido pero libre; serpentean por los ríos o las venas, y encierran tal ascua de energía o de aliento natural que son como el “tiempo violento de las danzas guerreras, (el) momento en que los bailarines luchan”. Así que la lucha de los danzantes y la danza de los luchadores, el curso de las aguas y la sangre por los ríos y las venas de los hombres, el halo de luz solar que rebota contra el lomo transparente y ondulante de los yawar mayu, y su corriente siempre corriendo, bullendo, son un mismo hilo de fuerzas vitales que Ernesto, en la vejez de su juventud y en la memoria de los ancestros –que son piedras–que observan de nuevo el mundo, la Pacha (mundo material y tiempo), a través de sus ojos, sabe entender.

Es José María Arguedas quien comprende la profundidad de la vida de las piedras que hierven en el fondo de Los ríos profundos; él y Ernesto. Ya por recurso didáctico, ya por recurso retórico, las preguntas que el joven protagonista va lanzando al aire, sus impresiones vestidas de inocencia, su conexión transparente con los elementos del Kay Pacha (este mundo), su diálogo con Gabriel, y en suma, su identificación con el alma y el sentido de las cosas, son circunstancias que vienen a hablarnos del discernimiento intuitivo que tiene Arguedas sobre la compleja correlación de símbolos de las culturas ancestrales incas. Aunque luzcan discordantes –vistas, claro está, desde la orilla de la filosofía occidental–, esas formas o fenómenos vitales deben ser leídos no como elementos mitológicos sino verídicos. De hecho, no existe otra forma de comprenderlos sino en su libre curso, en la que mal pudiéramos llamar “coalescencia de contrariedades”, porque los mayores –y Ernesto, y Arguedas– en verdad dialogan con las piedras, danzan el dolor, celebran la muerte, cantan cantos inacabables, inacabados hasta hoy, y buscan en su presente continuo –no porque las hubieran perdido, sino a la manera de invocación– las raíces de su sangre, de su dolor, remando en retroceso por la eterna espiral del tiempo. Por eso, en su Canto kechwa, Arguedas (2014), canta: “O acaso fue mi madre la vicuña de las pampas / o fue mi padre el venado de los montes, / para ser errante, / para andar sin descanso / por los montes y las pampas” (p. 57). Ha comprendido que la raíz de la nostalgia va más allá de su humanidad reciente, y se remonta a los siglos pasados y sin embargo presentes en su sangre: “O fui parido en el nido del puku-puku, / para llorar en el día, / para llorar en la noche, / como el polluelo del puku-puku / apenas envuelto por el viento” (p. 57). En su conexión transparente con los elementos del Kay Pacha no hay metáforas y ocultamientos. Arguedas, Ernesto y los mayores entienden el presente por lo que dicta la sangre solitaria de la vicuña de las pampas, el venado de los montes y el puku-puku en su nido; su sangre.

El Cuzco está vivo porque en las piedras incaicas reviven los rastros del pasado con rostro de indio. Los españoles las arrebataron, es cierto, de los ríos de las regiones profundas para erigir los edificios del Cuzco, pero viven. Cuando en la angosta calle que circunda la morada del Viejo, la blanqueada pared española parece alumbrar el entorno, Ernesto las oye hablar y pide a su padre un instante para escucharlas. “No oiremos nada. (…) Se trasladan a tu mente y desde allí te inquietan”, responde Gabriel. Sin embargo, pluriformes, siguen dando la impresión de moverse, de caminar, de revolverse, de insistir en el vínculo comunicante con Ernesto desde todos los siglos, con todas las voces y los pálpitos. Van cruzándose las palabras, y ahora pregunta, en el acto, si el Inca permite la avaricia de la familia de nobles que habita tras un muro de piedras incaicas tan vivas como ese. “Los incas están muertos”, dice su padre. Luego, estimulado por el correcto impulso del corazón, y confiando en la compañía siempre viva que le brindarán las piedras que en su tiempo mandó formar el Inca Roca, Ernesto interpela: “Pero no este muro. Este muro puede caminar; podría elevarse a los cielos o avanzar hacia el fin del mundo y volver”. Entonces, en la defensa de aquel hombre prematuro, en su respuesta mágica, no el engaño de la mente sino el ritual de conexión con los ancestros, alumbra de nuevo como alumbraba el rayo del sol en los ríos vitales; y en las piedras incaicas de los muros incaicos que caminan y se elevan y regresan otra vez del fin del mundo, vuelve a oírse el susurro de voces ancestrales entre la penumbra de la calle. Y si los ríos forman piedras, y si las piedras forman muros, y si los muros forman casas, y si las casas forman calles; y si además los ríos, y las piedras, y los muros, y las casas, y las calles hablan, y danzan, y se elevan hasta el fin del mundo y vuelven, vive el Cuzco. Vive porque en todos sus sitios perviven los rastros del pasado con el rostro palpitante de los indios.

El agua que nunca cesa de deslizarse sobre la coraza ovalada de las piedras de los ríos, ha dejado en ellas su eco. Su eco de cantos, de voces y susurros, pero también su eco de formas, porque de tanto rodar las piedras han acabado por pulirse, por suavizarse en sus saltos de gravedad entre las corrientes remotas que se desprenden de la montaña. El agua es como el tiempo, que moldea los cantos y las danzas de los mayores en un tejido de voces, de vibraciones e intensidades; y el tiempo es como el agua, que moldea las piedras incaicas en el impulso de su centro frío. Así que Ernesto, de pie frente a la catedral que parece aumentar de tamaño entre más larga es la distancia desde la cual se la observa, aprende por boca de Gabriel que sus bases, su estructura, fueron construidas por el español “con la piedra incaica y las manos de los indios”. Y aprende también la probabilidad de que en las noches esas piedras canten como cantan “las más grandes (piedras) de los ríos o de los precipicios”. El “encanto” de las piedras, es decir, su música secreta, la humedad de su canto, y el misterio de sus ángulos pulidos, solo es conocido por los incas. Piedras así, formadas nada más que en el ciclo original de la vida de los ríos, nunca serían aptas para el español. Han optado por modificar su estructura, por descodificar la marca que dejó sobre ellas el paso de los siglos, de las aguas, por borrar el “encanto” geométrico que otorga el río. “Los españoles las cincelaron. Mira el filo de la esquina de la torre”, señala Gabriel. “Aun en la penumbra se (ve) el filo; la cal que (une) cada piedra labrada lo (hace) resaltar”. Resaltar porque el español, sumergido en su afán de grandeza, se acostumbró a cincelar todas las formas de la vida y la muerte, desterrando lo que a su juicio viene a ser inoportuno, reemplazando toda la belleza de los elementos del Kay Pacha por su falso teatro de medidas y moldes siempre incomprensible, desnaturalizado. Pero el signo primordial de las piedras, o sea, el eco de las aguas que pasaron sobre ellas, nunca pudo ser apagado. Sigue viva, en su interior, la agitación que producen las cascadas, su sonido de cascabel. Ni de la memoria de las piedras, ni del alma de los hombres, pueden ser suprimidas las celebraciones y el júbilo. Entonces, la coraza de piedras “desencantadas” que es la catedral, es, a pesar del cincel, un único tejido de cantos ancestrales; perenne recital de resonancia cósmica. Allí, en el caparazón de músicas antiguas y sin embargo nuevas, entre los muros palpitantes de la catedral construida por el español “con la piedra incaica y las manos de los indios”, los españoles agachan sus cabezas en un teatro repetitivo de disfrazada piedad. En el fondo, algo suena; ellos no saben escucharlo. Mas si de pronto, como sucede en la calle que cerca el palacio del Huayna Capac, las piedras son las que imponen el silencio y no bullen, ni hablan, ni tienen “la energía de las que jugaban en el muro del palacio de Inca Roca”; basta con que alguien cante con hermosa voz para que las piedras repitan “con tono perfecto, idéntico, la música”.

Iban tranquilos camino hacia Abancay cuando Ernesto recordó la visión del herido cedrón de la casa del Viejo en la noche primera. Quizá su perfume, o a lo sumo el recuerdo del perfume, seguía infundiéndole el vigor que ahora más que nunca necesitaba, pues había conocido ya las historias del cincel del español, de los incas fallecidos, de las piedras mudas. Pero ese día, ya entrada la tarde, llegaron “a la cima de las cordilleras que cercan el Apurímac”. Es un río con nombre de “Dios que habla”, y estos dioses suelen impregnar de su aura a las criaturas menores. El aura del Apurímac, entonces, es su mismo sonido; y él, en su condición de deidad, la fuente primigenia del canto que aprenden las piedras; el origen de los ritmos y fuerzas que estas, ocultas, subterráneas, repiten luego en los muros de las casas, y en las calles, y en las catedrales. “El forastero lo descubre casi de repente, teniendo ante sus ojos una cadena sin fin de montañas negras y nevados, que se alternan”, porque es necesario que así suceda; en la coherencia de los elementos que subsisten en la Pacha. Los hombres, los nevados, las cumbres y los abismos, los “bosques negruzcos y mantos de cañaverales que sólo crecen en las tierras quemantes (y que) reptan las escarpadas laderas o aparecen suspendidos en los precipicios”, vienen a fundarse como testigos del surgimiento del susurro del “Dios que habla”. Y no solo de su nacimiento sino de su transcurrir por las márgenes territoriales, pues han de secundarlo en los bosques negruzcos que habrá de hidratar, en la ofrenda de la oquedad del espacio en que habrá de resonar, en las pendientes de las laderas por las que habrá de derramarse y en la hondura de los abismos en los que habrá de esconderse. Es la complicidad, el concurso de todas las latitudes para que el Apurímac viva, serpentee, cubra la faz de la tierra, de los frutos, cante.

Pero antes de todo, antes de las catedrales en crecida, de las calles habladoras, de las casas que viven porque vive el Cuzco y de los muros de piedras incaicas hurtadas del Apurímac; y más allá, antes de los ríos y de sus aguas diáfanas y de los cantos que arrullan, está la montaña. Solo desde las cumbres, donde el rumor del Apurímac llega, “difusamente, desde el abismo”, vienen a desprenderse las aguas del deshielo dándole curso a los nuevos arroyos. Allí, en el remoto silencio de los recodos de las cordilleras, donde reina también el disminuido pero duradero tronar del río –su pulso y la danza de aquello que en sus aguas va–, ocurre el milagro: sobre la montaña, la nieve espera; sobre la nieve, Ti (el sol) calienta; sobre Ti, el Hanan Pacha (mundo de arriba) se hace visible con su Mama Killa (luna), sus astros y constelaciones. Entonces, desde el An-Ti (cuando el sol nace) hasta el In-Ti (cuando el sol llega al cenit), el calor y el brillo descienden para que inicie “el juego (con) la nieve lejana” y que las rocas brillen como espejos. El orden nuclear, indivisible, es la magia: el Hanan Pacha sostiene a Ti, Ti permite que se desprendan el brillo y el calor de su faz que, al punto, se entretejen con la nieve para que esta se convierta en agua, y el agua, tan fértil como nunca volverá a serlo, se derrama por los causes de las cascadas y las cumbres de la montañas que desembocan en los ríos. En ese punto, ya en un curso menos violento y más sosegado, el agua se desliza sobre las piedras o las empuja para que rueden y se pulan, aprendan su canto y adquieran “encanto”. Ya pulidas por el río del tiempo, son tomadas con o sin licencia de la Pacha para fundar, en su estado natural o modificadas con cincel, los muros que se mueven, y las casas que viven, y las calles que hablan y las catedrales que ocultan en su interior a los héroes de la falsa piedad. Entonces permanecen, a veces activas, a veces dormidas, convocando a los hombres de corazón grande para despertar en “su memoria los primitivos recuerdos, los más antiguos sueños”, o a la espera de alguien que cante con hermosa voz para repetir “con tono perfecto, idéntico, la música”. El principio de todas las resonancias es, de este modo, el Hanan Pacha.

Como Ernesto, cualquier recién llegado al Cuzco o a sus límites devoradores ha de sentirse “como un cristal en que el mundo vibrara”. Cristal en el sentido de espejo, porque tienen en él resonancia todas las cosas alrededor; el espíritu de lugares anchos y desiertos, el alma de las cosas pequeñas. Como en el Cuzco todo cobra vida, pulsación, pálpito, aún los hombres de corazón grande como Gabriel –en la inmensa longitud de sus deseos– que ya han transitado por él, vuelven a evocar, en el rumor del río, del “Dios que habla”, el pensamiento ancestral, la vieja juventud, “la música, los cantos y el dulcísimo hablar de las sirvientas indias”. Es un proceso de asombro ineludible: “El viajero oriundo de las tierras frías se acerca al río, aturdido, febril, con las venas hinchadas”. ¿Y qué decir de la voz del río? “Aumenta; no ensordece, exalta. A los niños los cautiva, les infunde presentimientos de mundos desconocidos. Los penachos de los bosques de carrizo se agitan junto al río”. De hecho, cuando Ernesto ronda las aguas del Apurímac o baja al fondo del valle, tiene la impresión de que el río, o su tránsito zumbador, es una marcha milenaria de caballos, “de grandes caballos cerriles”. Alumbra de nuevo la simpatía de los elementos de la Pacha. Pero a la merced del viento queda, como las preguntas del infante –ya no tan infante– Ernesto, la cuestión de si el río simula el sonido de los caballos cerriles al galopar, o son los caballos los que simulan la música del río al correr. Mientras tanto, los niños, “con ternura y algo de espanto”, repiten, como el eco del canto que rebota entre las piedras, ¡río Apurímac!, ¡río Apurímac!

Referencias bibliográficas:

  1. Arguedas, J. (1986). Los ríos profundos. Caracas: Biblioteca Ayacucho.
  2. Arguedas, J. (2014). Canto Kechwa. Lima: Editorial Horizonte.

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