Constantino Cavafis o la fatalidad

El plazo de Constantino Cavafis se cumplió el 29 de abril de 1933, precisamente el día en que llegaba a sus setenta años. Murió en su natal Alejandría y, de seguro, anticipándose a la fatalidad última que ya adivinaba próxima a causa de un cáncer de laringe, dejó seleccionados los poemas que constituirían –según disposición del poeta– su único libro. Este primer poemario se publicó en 1935. Sin embargo, contrariando el celo del autor, a lo largo del siglo fueron apareciendo nuevas ediciones ampliadas con poemas inéditos, inconclusos, y –con rigor filológico– atribuidos a su pluma. Hacía parte de ese maravilloso acaso que constituye la belleza del mundo el que aquel corpus literario, que excede la última voluntad del autor, llegara hasta nosotros.

En mi caso particular, la obra de Cavafis representa una tabla de náufrago y la tengo siempre a mano para consultarla en los momentos de tristeza o de dificultad, como invocando las palabras del poeta: “Trae tus remedios, Arte de la Poesía,/ que haces que la herida –un instante– no se sienta” (Melancolía de Jasón de Cleandro…, 1921). Y, en efecto, varias veces me he preguntado qué tiene de terapéutico la poesía de Cavafis, llena como está de referencias históricas o mitológicas, o de las nostalgias de un erotismo proscrito, que se obstinan en desembocar en el desastre. Por ahora se me ocurre como una posible respuesta el que, bajo los signos que acabo de mencionar, esta obra poética presenta la fatalidad como un atributo ineludible de la vida humana, frente a la que no tenemos nada qué hacer salvo atravesarla. De modo que es allí el único lugar donde se pueden conquistar esas cosas llamadas libertad, justicia o felicidad.

No sería, así, descabellado afirmar que la obra de Cavafis, como la de sus antecesores griegos, participa de aquella jovialidad acerca de la que Friedrich Nietzsche indagó en El nacimiento de la tragedia (o Grecia y el pesimismo). ¿No es paradójico que se hable de jovialidad –o de serenidad– ante lo inexorable de la fatalidad? Para el filósofo alemán, esta paradoja existe solo en apariencia. En efecto, la jovialidad no puede ser falsamente entendida como un “bienestar no amenazado”, carente de toda dificultad y sentido de lucha, pues esta concepción es ya síntoma de una mansedumbre senil y nihilista. La verdadera jovialidad, la trágica, radica justamente en que solo aceptando las situaciones que por definición exceden al ser humano –el vacío, la enfermedad, la muerte– se logra afirmar la vida a profundidad: existir y darse cuenta de existir.

Para ilustrar esta idea, Nietzsche dice sobre Sófocles: “La concepción toda del poeta no es otra cosa que justo aquella imagen de luz que la salutífera naturaleza nos pone delante, después de que hemos lanzado una mirada al abismo”. Estas mismas palabras las podríamos utilizar hoy para pensar la obra de Cavafis, donde se descubre el más caro valor de la humanidad, su más alta dignidad, en verse llamada a amar y a conquistar los bienes del mundo entre los límites de la finitud y de la vulnerabilidad. De esta manera, en su poesía, cada ser humano se hace patente como un héroe trágico y –si se empeña– como un sabio que levanta sobre su dificultad existencial una morada.

Vamos, ahora, a los poemas de Constantino Cavafis. La fatalidad que por antonomasia determina al ser humano, su condición mortal, es presentada bellamente por el poeta en Los caballos de Aquiles (1897). Allí dos caballos inmortales, regalados por Zeus al héroe griego para enfrentar a los troyanos, lloran la muerte del valiente Patroclo; ante sus lágrimas el dios se compadece: “¡Mejor que nunca os hubiese regalado/ mis míseros caballos! En el desdichado/ género humano, qué buscabais, que es juguete del destino./ No os espera la muerte, ni inoportunos desatinos/ os afligen en la vejez. Los hombres en sus males/ os confundieron”. Pero Zeus, como nuestros hombres de poder, no logra ver lo que sí los nobles animales al lamentarse de “la suerte/ eterna y desdichada de la muerte”, a saber, que el irremediable carácter efímero –la contingencia– de cada vida humana es aquello que le imprime un sentido de sacralidad.

A los seres dotados de empatía, como los dos caballos citados, el homicidio les repugna por irremediable y la injusticia les repugna porque hace desgraciada la única oportunidad de los mortales sobre la faz de la tierra; aún, en Cavafis, cuando la atrocidad ha sido mandada –o presuntamente mandada– por los dioses. En Deslealtad (1904), es la muerte de Aquiles la que se lamenta y, sobre todo, la traición del dios Apolo quien, a pesar de haber profetizado sobre el héroe que “jamás le alcanzará la enfermedad/ y tendrá larga vida”, participa en su muerte: “Y en su dolor [Tetis] recuerda los antiguos hechos:/ y preguntó qué hacía el sabio Apolo,/ dónde rondaba el poeta que en los banquetes/ tan bien hablaba, dónde aquel profeta,/ mientras mataban a su hijo en plena lozanía./ Y los ancianos le respondieron que Apolo,/ él en persona había descendido a Troya/ y mató a Aquiles junto a los Troyanos”.

Collage por Yuliana Miranda.

Frente a la incertidumbre sobre el momento y las circunstancias de la muerte inevitable, ni siquiera la palabra de los dioses representa garantía: o porque no existen, o porque no los podemos entender, o porque ni siquiera se ocupan de nosotros. El Plazo de Nerón (1918) es un poema que ilustra la segunda situación. Del oráculo de Delfos, el emperador romano recibe este mensaje: “Guárdate de los setenta y tres años”. Nerón, con apenas treinta años, confiado de su juventud, entiende que la muerte está lejana y por ahora no tendrá que ocuparse de tales peligros. Pero ha interpretado mal el oráculo cuyo dios (Apolo), según Heráclito, no dice nada y no oculta nada, solo señala. Continúa el poema: “Y ya en Hispania, Galba/ reúne y ejercita sus tropas a escondidas,/ el viejo de los setenta y tres años”.

De cualquier manera, no hay nada –divino o humano– que pueda guardarnos definitivamente de la adversidad: estamos arrojados y desnudos frente a la incertidumbre de lo real. El poema Fatalidad (1911) ejemplifica esta situación como ninguno otro en la obra de Cavafis, por lo que vale la pena citarlo íntegramente: “En medio del recelo y las sospechas,/ los ojos atemorizados y revuelto el juicio,/ nos deshacemos planeando cómo hay que actuar/ para evitar este peligro/ seguro que amenaza tan espantosamente./ Mas nos equivocamos. Aquel no está en la calle/ han sido falsos los mensajes/ (O no los escuchamos bien, o no los comprendimos)./ Otra catástrofe, que no podíamos pensar,/ de golpe, repentina, cae sobre nosotros,/ y descuidados –¿qué hacer ya?– nos arrebata”. De nuevo, al leer estos versos, nos asalta la pregunta: ¿cómo encontrar algún contento de vivir pese a la certeza de la calamidad?

A este respecto, Nietzsche expresa, con gran lucidez, que debemos darnos cuenta de que todo aquello que nace debe estar dispuesto a un “ocaso doloroso” y, sin embargo, no podemos quedar helados de espanto: “A pesar del miedo y la compasión, somos los hombres que viven felices, no como individuos, sino como lo único viviente, con cuyo placer procreador estamos fundidos”. En Cavafis queda algo sustancial de esta consideración trágica del mundo que, no obstante, se empeña en decirle una y otra vez “sí” a la vida, aún cuando por ella se deba pagar el precio de la disolución. Y no solo el de la disolución final, aquella que se refiere a la muerte. En los poemas El sol de mediatarde, Para quedarse (1911), Recuerda, cuerpo (1918) y Su Comienzo (1921), como en muchos otros, se duele el enunciante lírico de la pérdida de su juventud, de sus amantes furtivos y de su impulso erótico.

Pero el caso es que quien tuvo que pagar el costo de la pérdida, como si de un sacrilegio se tratara, gozó intensamente aquello que “ahora ha regresado/ para quedarse aquí, en este poema”. Y ese gozo, en definitiva, no hubiera sido posible sin los contrastes de la fatalidad, y sin el correlativo movimiento que contra ella realiza el ser humano al proponerse las altas obras del espíritu.

En este sentido, no podría faltar en el panorama que me he propuesto el poema –con justicia– más divulgado de Constantino Cavafis: Ítaca (1911). Desde su inicio (“Al emprender el viaje para Ítaca/ desea que el camino sea largo,/ lleno de peripecias, lleno de saberes”), presenta la impronta moral del heroísmo trágico. Y, de hecho, el poema se puede leer como una alegoría del curso vital que ha de atravesar el ser humano, pero no el de aquella vida anestesiada en los consuelos del más allá, de la riqueza material o del pensamiento positivo, sino el de aquella que se compromete con su dificultad existencial. Finaliza el poeta: “Y si la encuentras mísera, no te ha engañado Ítaca./ Tan sabio que te has hecho, con tanta experiencia,/ habrás ya comprendido las Ítacas qué son”.

Así Cavafis, como un buen amigo, como un Virgilio en la mesa de noche, me acompaña en las visitas al infierno y me insinúa luego el camino al cielo.

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