Cartas a los observadores de cielos

Por: Alejandra Bonilla Restrepo

A Charles Messier:

Si miras a los cielos esperando divisar la parsimoniosidad de aquellos objetos que tan pronto como aparecen se van, yo en tierra firme con el pie sepultado sigo observando sin mayor expectativa, las nubes de día y el negro de noche.

Louis Auguste Blanqui dirá siempre sobre los cometas, “¡Qué contraste con los cuerpos celestes! Los dos extremos del antagonismo, masas aplastantes e imponderabilidades, el exceso de lo gigantesco y el exceso de la nada!”

Te pregunto cazador de cometas: ¿Con qué fuerza por un momento los encuentras y los pierdes?

A María Clara Eimmart:

María Clara Eimmart, tu nombre 12 veces repetí en voz alta, para tenerlo grabado. Así la imagen de tus vértigos: durante el plenilunio iluminado observaste a distancia el mismo cuerpo herido que yo miro hoy.

¿Cuántos meses siderales nos separan? Hoy la luna, en la posición de siempre se vuelve imagen como puntos, como pixeles, como fragmentos de ella misma. Hoy la vemos aún más de cerca, estando a la distancia.

María Clara Eimmart, el hombre llegó a la Luna, o eso dicen. Yo no quiero ir nunca, espero mantenerme con los pies unidos a la tierra. Lo que más me gusta de la Luna, es verla desde acá.

A Daniel Paul Schreber:

Tienes los nervios de punta Schreber, nervios como estrellas; las anatomías de tu delirio agudo tienen puntas o filamentos delgados que semejan aquellos de luz que emanan de las estrellas. Formalmente, las estrellas del cuerpo -los nervios- no se alejan demasiado de los astros en tanto líneas que dibujan, en tanto puntos que se apoyan en determinados momentos de un cuerpo: el cuerpo humano, el cuerpo cielo.

Tú decías no encontrar diferencia entre alma y nervio: sientes dolor y placer tanto como susurros, no más que impresiones: huellas del estar-en. Pienso en el destello luminoso producido por un flash, o el manto de cielo que en diferido nos muestra las luces de estrellas cadáver. Tal es la impresión que la luz me genera.

Un enfermo de nervios eres, nervios que conectan con el cuerpo cielo y sus propias enfermedades a años luz de distancia. La enfermedad del cielo: la paranoia al mirar hacia arriba.

A Luke Howard:

El sistema que creaste sigue vigente. Las nubes Estratos, Cúmulos y Cirros aún invaden los cielos. A veces todas al tiempo.

En el centro de la línea ecuatorial, el clima es variado; de día mirar al cielo implica pensar en el tiempo, en el tiempo que hace y en el tiempo que pasa.

A las 6pm una columna de nubes naranjas en el horizonte me generaron miedo.

¿Alguna vez miraste las estrellas de noche?

A Galileo Galilei:

Galileo Galilei, tu nombre parece una rima. Para ver el cielo te creaste un ojo, o alargaste tu ojo, doble máquina, metálica, estirada, prolongada y limitada.

¿Por qué dudaste de tu ojo desnudo?

Entre las capas de lentes a la luna trajiste. ¿Querías acaso fecundarla? La trajiste errada, con montañas exageradas y distancias equívocas. La trajiste y qué bueno es mirarla más de cerca.

Los científicos insisten en su efecto sobre la marea, te han ignorado. Galileo te equivocaste, gracias por eso.

Performance Observatorium Speculum – Alejandra Bonilla Restrepo

A Louis Auguste Blanqui:

Le escribo al Blanqui que encerrado escribe eternamente La Eternidad Por los Astros.

Dentro de la jaula escapaste a un lugar sin límite, espacio de la repetición, del negro, de las verdaderas distancias, no sentiste miedo del ahogo universal; miraste el cielo con los ojos de una imaginación melancólica.

Cuántas veces habremos escrito esto, algunas de ellas lo habremos leído, en un lugar del cielo, donde Blanqui sigue siendo Blanqui y Alejandra, Alejandra.

A Bruno Mazzoldi:

Volver a tener seis años, pero ambos al mismo tiempo. Desplegar las extremidades superiores, alargarlas tanto de su concha originaria como nos sea posible. Los dedos, los mismos remaches de Serres, palpan tal distancia y sólo ahí entendemos la dimensión del firmamento, la dimensión propia. Atravesarlo exageradamente nos atraviesa. Cielo penetrador, infinitamente penetrado.

Te pregunté si eras poeta, dijiste que se rumoraba. En las palabras que nos dijimos estuvo quizás la respuesta, productores de los propios cielos.

A Horace Bénédict de Saussure:

Saussure, a veces me siento padeciendo un profundo grado de dicromacia azul. Los colores ya no son planos, sino puntos, sino tramas que se conjugan como las propias moléculas de agua atravesadas por la luz.

Tengo una profunda sospecha del ojo que junta, del ojo medio que no ve sino sumas. Sospecha del concepto. ¿Existe tal cosa como el azul? ¿Dónde? en el ojo que mira, en la gota de agua, o en la luz que posibilita el acto de percepción.

Bénédict, ¿De qué color pintas las paredes de tu casa?

A Joseph Cornell

De todos los ojos, tus ojos son mis favoritos. Al cielo miraste de noche a través de una ventana y de ambos te enamoraste: de la ventana, marco para el cielo, y del cielo mismo, ventana al infinito.

En el observatorio primero que es la ventana todo está encajado; cuánto se conmociona el humano frente a los marcos de todo tipo. Allí donde aparecen los cielos cuadrados, orden del universo, el hombre goza de la estructura de su nido.

A Andrea Cellarius:

Para la vida en la tierra Cellarius, quiero un atlas hecho por ti, mapas para dibujar las fronteras del dominio humano sobre el infinito. Tú lo sabes.

Una carta celeste imaginada, imitación llana de la esfericidad del cielo, el orden del universo humano, representación de representaciones. Al cielo únicamente la medida de Ptolomeo, Brahe y Copérnico.

¿Con qué cartografías de lo humano, sueñas ahora Cellarius?

A Aristarco de Samos:

Aristarco, en el centro del cielo conocido no está la tierra, tampoco el sol. Tanto ha cambiado el universo como quien lo mira y en la ausencia de un centro sobrecogedor, el cielo no se despliega más que como un gran cúmulo de centros intercambiables. Nuestros centros más cercanos, elegidos a voluntad, no definen sino el antejardín del infinito.

En algún lugar lejano, aún más extraño para el humano común, las estrellas no son centro de sistemas, sino en parejas orbitan alrededor de un mismo punto, un centro, si se quiere. ¿Qué teoría binaria, dicotómica, podrán desarrollar los habitantes de tal región?

Alejandra Bonilla Restrepo es artista visual investigadora. Su trabajo se vale de estrategias de ficción y narraciones plásticas; utilizando diversos lenguajes entreteje historia, imaginación y política para crear escenarios de estudio, universos posibles, terrenos de juego dirigidos a una reflexión sobre la condición humana y sus tecnologías.

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