Una ciencia natural cuyo objeto sea contemplar lo bello

Según Jenofonte y Cicerón, Sócrates rechazaba la idea de que la razón debiera ser usada para develar los secretos de la naturaleza y dudaba, así mismo, de todos los que proclamaban un supuesto desinterés al estudiar la naturaleza. Para él, todo el que se embarca en esta empresa tiene por objetivo no solo conocer los mecanismos internos de la naturaleza, sino además aprovecharse de ellos para producir efectos contrarios a la misma y lograr fama o riqueza. Esta visión radical nos parece extraña hoy, que el discurso positivista se impone por los evidentes avances de la ciencia y la tecnología que permiten que tengamos vidas más cómodas y tranquilas, sin embargo de modo recurrente –y posiblemente con más insistencia en estos tiempos– aparecen discursos que señalan en el modo de proceder científico el mayor de los peligros para la supervivencia de la especie humana.

Del otro lado se aparecen discursos igualmente radicales que se afincan en los derechos del hombre sobre la tierra, como el de Bacon, que apelaba a la fórmula bíblica del Génesis “poblad la tierra y sometedla”. Y que fundados en ese derecho divino consideran perentorio obligar a que la naturaleza revele sus secretos y dominar todo cuanto sea dominable en ella para el bien del hombre. Estas ideas que parecen también extrañas son la base de gran parte de las investigaciones y empresas humanas de los últimos tres siglos, que justifican su actuar, a veces depredador y violento, en la idea del bienestar y el progreso de la humanidad. A este modo de hacer ciencia lo llama Pierre Hadot actitud prometeica, recordando la forma en que Prometeo hurta a los dioses el fuego para brindárselo a los hombres y queriendo referirse al modo de conocimiento de la naturaleza que ve en ella a una especie de rival que intenta velar sus secretos y a quien se debe violentar y someter para hurtárselos por la fuerza. El modo en que opera esta forma de hacer ciencia natural es el método experimental, que logró su perfeccionamiento en la modernidad y que, con el correr de los siglos XIX y XX, produjo un cambio profundo en la forma en que nos relacionamos con la naturaleza.

Ya Heidegger advertía este distanciamiento y los peligros de este modo de hacer ciencia, que instrumentaliza y ve a la naturaleza solo en función de su uso, desnaturalizando de paso al propio hombre. También Heisenberg, en su ensayo La imagen de la naturaleza en la física actual advertía que, en el momento en el que estábamos (esto lo dice en 1953), era imposible que el hombre ya no se las tuviera que ver con algo que no fuera producto de la técnica y el peligro que entraña el no haber sido capaces aún de adaptarnos a esta nueva forma de vida y moderar los impactos que dejamos sobre la tierra.

Adam Walker, a natural philosopher, performing scientific experiments. Coloured etching after J. Gillray, 1796
Adam Walker, a natural philosopher, performing scientific experiments. Coloured etching after J. Gillray, 1796

En este punto, aparecen, como he dicho al inicio, discursos que, basados en el daño que le hemos hecho al mundo, proponen negar cualquier posibilidad de ciencia natural y de técnica –con ideas tan peligrosas como las del movimiento antivacunas o tan absurdas como la oposición al 5G–, en pos de tratar de recuperar alguna suerte de edad de oro en la que, supuestamente, alguna vez estuvo la humanidad, sin necesidad de conocer los secretos de la naturaleza, ni servirse de ella, ni explotarla. Estas actitudes primitivistas tampoco conducen a nada. Al contrario, la debilidad de sus postulados languidece frente a la contundencia de los avances y el bienestar que nos provee la ciencia actual, y a veces dificulta la tarea necesaria de cuestionar los efectos adversos que tiene esta forma prometeica en que nos relacionamos con la tierra.

A medio camino entre la radicalidad de ambos discursos podemos ubicar una postura que resulte más sensata, que cuestione la voracidad con la que hemos deteriorado la salud del planeta, sin que se nos obligue a renunciar a la posibilidad de tener una ciencia de la naturaleza y beneficiarnos de ella. Heidegger propuso volver a la poiesis griega y Platón, en Timeo, propone la búsqueda de un fundamento matemático del mundo al tiempo que contempla con gratitud al cosmos producto de lo bellas que se le presentan estas formas ideales en que lo entiende fundado. Hadot propone una contemplación estética del mundo en la que la naturaleza deje de verse como contraria al hombre y más bien el hombre pueda verse como una prolongación de la naturaleza, de la que hace parte y cuyos misterios pueden irse resolviendo poco a poco en pro del bien material y moral del hombre.

Junto a ellos se ubica otro hermoso discurso de Heisenberg, Sobre el sentido de lo bello en la ciencia natural, en el que pone como motor de la búsqueda de conocimiento el sentimiento profundo de belleza que surge de la contemplación de las simetrías que se revelan al contemplar la naturaleza o al operar con el lenguaje de las matemáticas. Allí hace una apuesta por concentrar la búsqueda del saber en lo bello más que en lo evidente y para quien pudiera considerar esta apuesta anticientífica, pone el ejemplo de la contradicción de Aristóteles con Platón y Pitágoras que buscaban el fundamento geométrico de la naturaleza y descuidaban los entes sensibles, maltratando, según Aristóteles, los fenómenos para obligarlos a entrar en sus modelos. Pero luego la ciencia pudo avanzar solamente cuando Galileo contradijo las premisas aristotélicas sobre la caída de los objetos, al demostrar que, contrario a las apariencias, los objetos no tendían al reposo sino todo lo contrario, a continuar moviéndose y cómo esto coincidía con modelos matemáticos todavía poco evidentes, pero sí más sencillos y bellos, que dieron lugar a las ideas de Kepler sobre las órbitas de los planteas y que tuvieron su culmen en la nueva física de Newton.

Quizá la última oportunidad que tengamos es que toda la ciencia sea el eureka jubiloso de Arquímedes y la oración festiva de Kepler que cita Heisenberg: “A ti doy gracias, señor, por permitirme ver la belleza en tu creación”. Un canto, un poema o una oración. Parece ser este el único modo de hacer ciencia que nos permita sobrevivir al peligroso punto en el que nos hemos puesto a nosotros mismos en el afán de someter la tierra. Percibir lo bello en el mundo, ser capaces de notarlo y en consecuencia de cuidarlo, no se contradice con la búsqueda de un conocimiento de las verdades de la naturaleza, ni con su uso para el bien de todos, al contrario: se instituye como la motivación principal para estudiar y develar poco a poco los misterios y la justificación para, al sentirnos parte de la naturaleza, ser capaces de servirnos de ella sin dañarla.

Un comentario sobre “Una ciencia natural cuyo objeto sea contemplar lo bello

  1. “Del árbol de la Ciencia. Verosimilitud, pero no verdad: apariencia de libertad, pero no libertad; a causa de estos frutos el árbol de la ciencia no corre peligro de ser confundido con el árbol de la vida”. Nietzsche, Federico. El viajero y su sombra. Editorial Bedeut S.A.- 1972

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