El discurso de la no polarización en Colombia. Un análisis crítico

Hace un par de meses los debates en la política colombiana han estado marcados por el discurso de la neutralidad política. Desde varios frentes se insiste en la necesidad de evitar la polarización porque supuestamente los debates entre la izquierda y la derecha no están conduciendo a ningún sitio, y en parte tienen razón, pero ahora es mismo el discurso de la neutralidad el que trae y oculta grandes problemas en el país.

Los debates políticos son un indicio de que en Colombia subsiste una chispa de vida democrática que aún no ha sido silenciada por completo, por más que sigan truncando proyectos legislativos que sí benefician al pueblo (como el subsidio a los servicios públicos durante la pandemia o la posibilidad de la renta básica universal), criminalizando el pensamiento crítico o asesinando a líderes y defensores de ¡derechos humanos! El diálogo abierto y la confrontación pública de puntos de vista contrarios, respetuosa de sus interlocutores, constituye uno de los pilares de toda sociedad que merezca llamarse democrática. Ahora quiero ofrecer una breve reflexión sobre el fenómeno de la polarización y esbozar algunas ideas que requerirían más desarrollo que el que aquí se realiza por motivos de espacio y que a su vez deben ser sometidas al debate crítico.

No hace falta irse por las ramas para comentar lo que está en boca de todos. La polarización se da especialmente en los encuentros políticos que se libran entre Uribe y Petro, o lo que ellos representan. Justo aquí yace el primer problema que quisiera abordar. El primero ha representado desde hace dos décadas la defensa de intereses económicos de ciertas élites regionales y extranjeras, representando la bandera más pura del neoliberalismo, es decir, la movilización del poder coercitivo, violento, del Estado para facilitar la capacidad de hacer negocios y obtener ganancias de las empresas, que por lo general no son las pequeñas ni medianas, sino los grandes capitales que además de ejercer cierto control oligopólico en el mercado tienen una gran capacidad para hacer lobby e influir en la legislación del país. 

Pero por el otro, es difícil ubicar a Petro seriamente en la extrema izquierda. Si bien hay que partir de que “izquierda” o “derecha” en realidad no tienen un significado fijo y cambia históricamente, suele considerarse que la extrema izquierda se caracteriza por una oposición radical al sistema capitalista, ya sea porque defiende las armas como medio de oposición o porque pretende superar ese sistema económico por vías parlamentarias. En este caso, Petro no defiende ni lo uno ni lo otro, por más que el gobierno insista en ello relacionándolo con el absurdo mito del castrochavismo –sin que la campaña presidencial de Duque tenga reparo en recibir hasta 900 millones de pesos de empresarios del país “castrochavista”.

Petro dejó el camino de las armas hace tres décadas y en sus declaraciones públicas ha defendido una variante progresista de la socialdemocracia que busca fortalecer las bases económicas de sectores productivos distintos a los oligopolios que gobiernan el país, combinado con distintos programas sociales. En otras palabras, Petro ha sido enfático en abogar por un desarrollo de la economía capitalista del país que esté en sintonía con sectores sociales poco privilegiados o directamente excluidos, y que sea menos agresiva con el medio ambiente. Que su programa y actuación política deba estar sujeta permanentemente a la crítica de la sociedad civil, como la de cualquier funcionario público, de eso no debe caber la menor duda. Pero lo que sí puede cuestionarse a todas luces es su designación como extremista de izquierda. 

Esto permite señalar, en segundo lugar, que la polarización del debate público ha sido más bien una creación del discurso oficial de la derecha que ha gobernado al menos durante los últimos 20 años en el país. No es nuevo afirmar esto, como tampoco lo es decir que esta polarización ha servido para difundir sistemáticamente el miedo en la población, con el fin de implementar las políticas económicas que están detrás de las políticas de guerra que se le venden a la población. Las segundas son la carnada, pero las primeras son el verdadero botín. 

En 1985, Estanislao Zuleta sostuvo en su breve pero estimulante ensayo “Sobre la guerra” que la polarización tiende “a la reducción de todas las diferencias a la diferencia entre enemigos absolutos, que además la élite del poder define quiénes son los buenos y quiénes son los malos”. O sea que la polarización no sólo es mala en sí misma, sino que además se da en condiciones asimétricas de poder y quien tiene el poder determina quién es el malo de la vida política. De ahí el poder simbólico que adquieren “los ateos”, “la chusma”, “la guerrilla”, “los vándalos”, “los vagos”, “Petro”… Estas palabras tienen tanta fuerza porque quienes tienen poder lo dirigen hacia “esos”, de manera que los que viven mal tienen una excusa para dirigir su odio hacia los otros “inmorales”. Con esto, el poder sostiene la explotación de las clases que están más abajo que él y quienes padecen lo peor de la vida por un orden injusto pueden descargar su frustración por llevar la vida que tienen en la sociedad.  

Esta es la razón por la cual la polarización, dicho nuevamente en palabras de Zuleta, “es el mecanismo más íntimo de la guerra y el más eficaz, puesto que es el que genera la felicidad de la guerra”. Es cierto que existe una repulsión básica a la guerra porque se considera generalmente mala, pero cuando esta repulsión cae aparece la satisfacción más reprimida o prohibida por cualquier código moral: el placer de la muerte y de la guerra. Lo importante es que esa frustración que se vive –en el fondo, por motivos sociales y políticos– y que engendra en cierta medida un autodesprecio, se descarga cuando se dirige contra los “despreciables”, los “desechables” y los que no son como nosotros: “las personas de bien”. 

Por eso la “fiesta de la guerra” de la que habló Zuleta no es solamente el efecto de un discurso del poder sobre la guerra que ha mantenido el uribismo desde hace dos décadas, con la notable excepción de la torcida de Santos de la guerra a la paz y sin que esto lo exima en absoluto de profundizar la depredación elitista de la sociedad colombiana. Porque el uribismo es sobre todo lo que representa Uribe, más allá de sí mismo. El asunto es que la mayoría de la gente no reconocía (ni reconoce) la diferencia entre lo que Uribe representa para ellos y lo que representa para la maquinaria que lo subió y en la que se subió. La amplia base social del uribismo dejó a un lado la repulsión básica a la guerra y ella misma fue vehículo del mortífero impulso a perseguir, matar o justificar la muerte de otros. ¡Por eso medio país se extasió con la muerte y sus secuelas nos posicionan como uno de los países con el mayor número de líderes ambientales y sociales asesinados en todo el mundo!

A pesar de lo anterior, ahora la estrategia discursiva más fuerte del uribismo bajo el gobierno de Duque no es la del discurso que sostiene la polarización, sino paradójicamente la de no polarizar el campo político, ni alimentar “el odio de clase”. Aquí yace una diferencia de estilo discursivo importante entre Uribe y Duque. Mientras que el primero inspiraba de manera directa un aire militar y religioso al tiempo, el segundo, a todas luces menos apto para todo —pero de qué nos quejamos si nuestro guapachoso presidente apenas está aprendiendo el arte de la política—, viene de un mundo más empresarial. De ahí que al encubrir menos políticamente el malestar social que viven las personas día a día, este aparezca más desde una cara económica y sin que el pueblo explotado tenga una clase más abajo qué juzgar. No hay (por ahora) un chivo expiatorio y el pueblo no se puede complacer comiendo menos, ni viviendo peor. De ahí el riesgo que corre el gobierno de turno y la necesidad de cooptar la brecha o fractura de la dominación que sostiene sobre el pueblo con un nuevo discurso unificador

Por eso es que el nuevo discurso de la no polarización es un discurso moralizante que busca que las amplias capas sociales no tengan “resentimientos” por vivir mal y ser clases bajas, aunque no falte el cinismo de las élites gobernantes de llamarlas resentidos y atenidos. A diferencia del discurso de Uribe que creaba la diferencia radical ante un enemigo absoluto y del primer discurso con que Duque fue subido al poder contra la “amenaza castrochavista”, en los últimos meses el discurso del gobierno es el de la no división.

Pero lo cierto es que este nuevo discurso no busca realmente acabar con la polarización, sino de reprimir el pensamiento mismo de que deban darse o se puedan estar dando polarizaciones en el país. Dicho de otro modo, esta estrategia discursiva busca matizar los extremos en el nivel del discurso político, de la pantomima (fuertemente televisiva) de lo que el poder declara que dice y que hace, para poder aumentar la polarización real, social, incrementando la explotación económica y las desigualdades sociales entre las élites (nacionales y regionales) y el resto del país. Este ya no es, pues, el mundo del discurso, sino el de la política dura y clientelista que se ejecuta a espaldas de la democracia, en los despachos cerrados de las alcaldías, gobernaciones y la propia Casa de Nariño.

De ahí que el gobierno insista en que ha invertido hasta 117 billones de pesos para tratar la pandemia, mientras que según los serios estudios realizados por el Observatorio de la Universidad Javeriana tan sólo se puede dar cuenta de 25 billones ejecutados aproximadamente, además de cerca de 50 billones destinados a créditos. Duque está ayudando a movilizar una gigantesca y poderosa maquinaria para aumentar el enriquecimiento de las élites del país por vías legislativas —sin mencionar las de facto— implementando reformas que favorecen sistemáticamente a los más privilegiados, a los que también concede generosos beneficios administrativos. 

Por los causes de la corrupción clientelista se desvían cifras billonarias, mientras el hambre de la gente aumenta y acorrala cada vez más a la población del país contra las paredes del virus. Quién sabe cuál de las dos nos deje sin aliento primero. De esta manera es que el gobierno de Duque mantiene, a pesar de las diferencias arriba mencionadas, una inusitada igualdad con el gobierno de Uribe. Ambas son políticas de la muerte que incrementan sistemáticamente la vulnerabilidad (percibida o real) de las personas y se alimentan del miedo a morir en las personas que esta maquinaria política intensifica para poder explotarlas. 

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