Los libros

Tengo 86 años. Sé conducir. Preparo mis propios alimentos. Lavo mi ropa. A pesar del astigmatismo puedo leer todavía y hasta hace dos años impartí una pequeña clase de literatura en el centro cívico del vecindario. Mis manos tiemblan, pero mucho menos que las de otros ancianos. Mi memoria es buena.

¿Entonces por qué me ha pasado esto?

Hace seis años, que entré a la biblioteca que está sobre la calle Donier. Busqué algunos libros de Dostoievski que quería releer, pero en la sección de préstamo, me han informado que el mío había prescrito por la edad. Me he hecho explicar varias veces porque no daba crédito a lo que escuchaba. – ¿Esperan que a los ochenta esté muerto? – He preguntado sin asomo de ironía. Me han contestado que alguien debía ser el fiador de ese préstamo. He contestado perplejo que no tengo a nadie. Que mi familia ha desaparecido en los campos, que mi segunda esposa ha muerto de cáncer y que no tengo amigos, porque prefiero la soledad. Los dos encargados me han mirado consternados. – ¿De verdad a nadie? – Y he respondido un poco avergonzado que no, que no tengo a nadie. Dijeron sentirlo mucho, pero que según los reglamentos no podían ayudarme.

Me he quejado de que mi pensión no me permitía comprar los libros que precisaba.

He ido a visitar al director del centro. Después he visto a mi antiguo jefe. Ninguno de los dos se ha ofrecido a ayudarme. – ¿Dostoievski? – Han dicho casi calcándose las respuestas: – ¿No era más fácil dedicarme, digamos, a lecturas más tranquilas? –

He ido al periódico local, donde me han publicado algunos textos con ocasión de homenajes que he hecho a los superviviente de los campos. Me han dejado esperando casi cuatros horas al editor. He presentado mi caso. Se ha rascado la cabeza. Me ha dicho que a nadie le interesan ese tipo de denuncias, pero que tal vez podría poner algún anuncio. Lo he mirado con incredulidad. Pero, al final, he aceptado.

El señor Thomas Kessel, antiguo conserje de nuestra escuela primaria, sobreviviente del campo de Płaszów, lector, solicita algún fiador para renovar su préstamo en la biblioteca. Se ofrece dinero a cambio. 

He tenido que esperar casi dos semanas hasta que alguien llamó a mi casa. El hombre parecía extraviado. Preguntó directamente por el dinero. –10 marcos, casi nada– he dicho y hemos quedado de vernos detrás de la biblioteca. Quien ha llegado es un vago. Un hombre de unos 60 años que apestaba a alcohol y a orines. Ha tratado de disculparse por su aspecto. Le he dio que pactaría hasta con el demonio si fuera necesario y le he hecho entrar. Los encargados lo han mirado durante un momento, pero han terminado por ceder.

A la salida le he pagado.

Durante varios meses me ha llamado a pedirme dinero. La última vez con agresividad desmedida porque se le había acabado el alcohol. Me vi en la obligación de publicar otro aviso.

El nuevo fiador fue un ama de casa. Me ha interrogado prolijamente sobre mis intenciones, mis gustos de lectura y hasta por mi expectativa de vida. He respondido conteniendo la irritación. Le he dicho que cuando sienta que vaya a morirme voy a correr a la biblioteca a entregar los volúmenes. No ha quedado tranquila. Me ha hecho firmar un contrato en el que insiste no hacerse responsable por pérdida o deterioro del material. Le he dicho que guarde el documento como un secreto. Se ha molestado, pero he logrado calmarla. Al año siguiente no encontré su número y debí empezar de nuevo. 

Esta vez se ha presentado una adolescente. Hay algo particular en su manera de hablar. Es impertinente, desafiante. Me ha preguntado por qué simplemente no he robado los libros. La he mirado con reproche y curiosidad, y me ha prometido, riendo, enseñarme a robar. Hemos entrado en biblioteca. Me ha pedido que escoja un libro. Los hermanos Karamazov. Hemos ido hasta un ángulo retirado de la sección de filosofía y se ha metido el volumen bajo la blusa, diciéndome que haga lo mismo. He observado que tiene pequeños los pechos. En la salida, nos han descubierto los guardias. La chica se ha marchado corriendo, a mí me han atrapado, y han llamado a la policía. Mientras me llevaban esposado no he bajado la cabeza, porque no había cometido ningún crimen.

He explicado a un sargento mis razones para el robo. A cambio de no presentar cargos, me ha prohibido la entrada durante un año a la biblioteca. No podía obligarlos a prestarme materiales.

–¿De verdad no hay nada que pueda hacer?

He soportado los meses del castigo con pena. He aprovechado para buscar otras bibliotecas, pero al lado de mi edad, está la denuncia del robo. Me ha pasado por la cabeza la idea de suicidarme en un acto de dignidad. –hombre se cuelga desde una pila de libros u hombre se corta el cuello con la hoja de un manuscrito antiguo– Pero soy ajeno al dramatismo. Durante mi cautiverio en los campos, evité quejarme. Trabajé calladamente, seguro de que, al final, sobrevendría la muerte. En mi sección, circulaban clandestinamente varios libros. Un hombre nunca está solo en su compañía. Se rotaban de mano en mano, después de haber sido leídos por los prisioneros ingleses, a quienes les estaba permitido recibir correspondencia. Yo robaba una hora a mi cansancio para leer. Sentado en la ventana, a la luz escasa de la luna, trataba de descifrar las letras, aún a riesgo de perder mi vida si era sorprendido. Durante las jornadas de trabajo, me contaba nuevamente las historias. Presencié una quema después de una requisa. Mientras los otros miraban, yo iba pronunciando los personajes de los libros que conocía y que ya no podría leer.

En este tiempo, sin acceso a las bibliotecas, me he aficionado a leer todo lo que cae en mis manos, como Cervantes. He ido encontrando viejos libros en la basura. La mayoría se merecía estar ahí. Pero es increíble que un hombre pueda desechar a Los Hermanos Karamazov sin sentir que comete un crimen.

Decidí, por fin, vender todos los muebles de mi casa. Con el dinero he comprado pintura nueva y marcadores, y he empezado a transcribir en esas paredes desnudas, los libros que he ido encontrando. La fachada ya está llena. La sala y el cuarto de baño también. En sus paredes están los amados rusos que he podido encontrar. He quitado la puerta principal. He construido varias escaleras de madera y dejado varios candiles para quienes vengan en la noche. Al final, he puesto en la entrada principal un aviso: 

“Hubo un tiempo en que yo también tuve necesidad de una casa.
Y los libros me dieron varias.
Eran moradas donde no era el cuerpo lo que se refugiaba.
Sed bienvenidos vosotros, que también erráis sin rumbo”

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