Alguien te llama, José

Querida Susana, 

Ciertamente deberías tener algo de culpa. Es por ti que en todas las noches de noviembre vuelven a mi memoria los días en que jugábamos en el lago. Afuera, la ciudad se niega a caer en el silencio; adentro tomo un vaso de cerveza con ron. Me persigo en el espejo: los ojos son los de mi padre aún no perdido en la locura, los labios son los de mi madre cuando aún no escupían sangre. De ti me queda el recuerdo, el de cada noche de cada noviembre. La memoria, con el tiempo, entra en los mismos juegos del ensueño, querida Susana. Quizá no es el recuerdo sino la imaginación quien me puebla de ti. Vuelvo a tu voz enflaquecida que me gritaba cuando el desespero de los mosquitos se agolpaba sobre mí: “no llores, José. Los Dávalos no lloramos”.

Nuestros padres nos llevaban a la cabaña en noviembre. Hacíamos el camino en un Jeep viejo. Los arboles inundaban nuestra ruta y en sus sombras se dibujaban las pequeñas siluetas de los pájaros de las cúpulas. Al final del camino se hallaba la hondonada eternamente primaveral, la cabaña y el lago. Querida Susana, cómo nos veíamos saltando entre el musgo, con los pies descalzos y la sonrisa que empezaba en la vibración de los tobillos y terminaba en un gesto ligero que no alcanzaba a cubrir los dientes faltantes. Papá trepaba a la terraza para leer sus diarios, mamá se esmeraba en las lentejas. Querida Susana: el olor de la comida herida por el fuego se tendía sobre nosotros como un lazo; abandonábamos la circunferencia perfecta del lago y entrábamos en la cocina como una mariposa entra en la mirada. ¿cómo iba a saberlo?

Mamá entre sus eternos cigarrillos balbuceaba No niños, al lago no, esto es viento de lluvia, hoy no, Susana no te pongas el traje de baño, José que no, que el viento helado te enfría los pulmones y… Querida Susana, sigo frágil como la huella de un perro en el pantano. El viento agitaba la pradera y el lago impasible se coronaba con las centellas del sol que moría en sus crestas lentas, lentas, lentas como tu voz Susana querida, Susana perdida, soy yo, Soy José Dávalos. ¿Jugamos? No Susana, el viento, Pero qué va a pasar José, tú siempre tienes miedo y sí Susana, la noche se aferra a mi cuarto y el afilado ruido de Bogotá  rasguña las ventanas… te escribo y tengo miedo. La ventana de la cabaña aún tendrá el aliento de tu respiración. Recuerdo que oprimías tu rostro contra ella mientras leías en susurros los papeles que escribías en secreto: quedabas grabada en el cristal y los dos vacíos de tus ojos me miraban. ¿Qué palabras te guardará la ventana?

Video arte: Luisa Pineda

Susana, baja del árbol, ya estás muy arriba ¿puedes ver el lago? Sí, sube José, sube, ahí están los peces, parecen felices, todos anaranjaditos. ¿Cómo se habrá visto el mundo desde tus ojos en la ramas de un viejo árbol? Desde allí lo viste aparecer. Había llegado en un caballo que liberaba una espuma blanca de su hocico, El caballo come algodón Susana, el caballo come algodón, te grité. A veces me daban celos de que siempre jugabas con él en la casa del lago. Descendiste. Lo miraste. El color de los atardeceres en tus mejillas. Al otro lado del lago, él y el caballo que comía algodones. En la memoria se me han deformado su rostro y el tuyo. Entraste a la cabaña. El traje de baño. José, no digas nada y ponte la pantaloneta.

Bogotá es una ciudad fría, su cielo gris es como el lago gris. En los ojos agrandados de los transeúntes están tus poros que se hinchaban cuando tocabas el agua. El niño grande bajó del caballo y se dirigió a la orilla, tú te retorcías en las aguas bajas como un pez que muere. Él dio de beber al caballo cuyos algodones se disolvieron. Vecinos, qué bueno verlos, ¿qué tal las vacaciones?¡Hola! Llegamos apenas…. Saliste del agua y bordeaste el lago hasta alcanzar al niño grande. Me sentí abandonado. Entré a la cabaña. Papá seguía en sus diarios. Bajó. Tomó un ron. Otro. Otro. Otro. Prendió un cigarrillo y dejó que sus ojos naufragaran en los espirales del humo, ¿Por qué siempre tienes que gastar los míos?, No es nada mujer, solo es uno. Hizo un gesto despectivo y mamá volvió al Sofá. Tejía. Un Cigarrillo inmóvil en los labios. Tos telúrica. Sus dedos alargados apretaban el ganchillo hasta que se ponían morados, entonces lo soltaba y movía la mano como si rascara la barriga de un gato imaginario. Nunca se quejó, aunque sus articulaciones producían sonidos secos y de vez en cuando se atravesara los dedos con las agujas. Papá fue a la estantería y tomó un libro, en la cabaña siempre leía a Faulkner. El ruido y la furia. Ven José, “Como dijo Padre, cómo se puede ver a Jesús descender por los largos y solitarios rayos de luz. Y al buen San Francisco que dijo Hermanita Muerte, quien nunca tuvo una hermana (…)”.  Cerró el libro y se quedó mirándome, luego al reloj de pared, luego a mí,  al reloj,  luego a mí que sí tenía hermana. El reloj.

Querida Susana, salí a buscarte para que fuéramos a cazar lagartijas, las que se divertían entre el musgo y trepaban por las maderas de la casa. Estabas jugando con el niño grande. Quise ver. Quise jugar. No podía, el juego era de ustedes. Corrí a la cabaña para que papá me siguiera hablando de cómo Faulkner detiene el tiempo y para ver a mamá punzarse los dedos. Vuelve, José, vuelve, me esperas ya mismo, ¡cuidado, José! ¡José! Con esto no, José. ¡Me esperás! Alguien te llama, José, no corras José. Les conté. En la noche, Papá se deshacía lívido en el sofá. Mamá tejía; entre puntada y puntada, una lágrima le mojaba los hilos. Yo te esperé en la entrada con una manzana en las manos. Querida Susana, no lloré, los Dávalos no lloramos.

Fotografía: Luisa Pineda

Estuve en el lago. Las cosas se han disminuido. La cabaña ha sido devorada por la maleza y de su techo brotan flores silvestres. La hondonada resguarda aún el aroma de los geranios. Debajo de tu antigua cama encontré una de las cartas que leías en la ventana. No pude descifrar lo que decía. Doblé la hoja hasta que compuse el cuerpo de un barquito. Lo llevé a   las aguas, las ondas del lago lo condujeron hasta el centro: era una luna en la cúspide de la noche. El viaje lento del barquito y la memoria lenta se hacían bruma ante mis ojos. Querida Susana: alguien ha removido la tierra, ya no crecen flores de tu cuerpo.

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