Una novela homoerótica de la violencia en Colombia: Entrevista a Jaiber Ladino Guapacha en Quinchía, Risaralda

Por Fallidos Editores

Cada que quiero contarle a alguien sobre Trocha y telaraña de Jaiber hago la misma conjetura: resuelva usted poner en un cañón cualquiera de nuestra geografía dos protagonistas en medio de una relación; de un lado un guerrillero, allá arriba del cañón, y acá abajo ponga a un joven que es el hijo de la maestra de la escuela, resuelva eso. Esta trama, en apariencia simple, es la excusa para trazar una aventura, para entramar la historia de muchas regiones de Colombia en la vida cotidiana de dos muchachos que se quieren. El basamento detrás de esta novela si uno sabe que Jaiber es de Quinchía, advierte que la distancia entre realidad y ficción es tan difusa que sin darnos cuenta podría estarnos contando una historia vivida por una generación de habitantes de su pueblo que ha padecido el asedio de múltiples fuerzas armadas insurgentes.

***

¿Cuándo surge la necesidad de contar Trocha y telaraña, qué pulsión vital la motivó?

El 7 de agosto de 2003 regresé a mi casa, después de 19 meses de vida religiosa. Aunque pensaba volver después de un tiempo en el que tomaría las fuerzas necesarias, también quería estudiar literatura. En Fusimaña -la casa de formación durante el primer año-, tuve a mi disposición toda una biblioteca inimaginable para el muchacho de pueblo que era a los 17. Al lado de la piscina, entre mangos, pinos, lirios. Con una bibliotecaria, Ángela Chica, siempre dispuesta a sorprenderme. Allí nació mi amor por la literatura.

Así que mientras en familia nos preparábamos para lo que implicaría iniciar una carrera universitaria en la ciudad, decidí prepararme leyendo y escribiendo. Ese es el momento en que escribo las primeras líneas de Trocha y telaraña: un muchacho que pudo haber sido teólogo, regresa a sus montañas, atemorizadas por la guerra, para amar.

¿Qué proceso narrativo usó, cuáles lecturas fueron fundamentales para llevar a cabo Trocha y telaraña?

Este proyecto me acompañó seis años de pregrado, dos de maestría y cinco de ejercicio docente. Fueron muchos los cambios, los experimentos, las dudas. Tuvo 120 cuartillas, 26, 60, 50 en esta última versión. Es difícil determinar el “proceso”. La abandoné, la retomé, dudé. Ahora bien, de todo lo leído por deber académico, recomendación, placer y búsqueda personal, creo que hay dos bloques literarios que nutrieron Trocha. El primero, los libros leídos para mi tesis de pregrado. Hice una investigación de cuarenta años de la literatura del eje cafetero para conocer cómo se habían construido los personajes homoeróticos de esa narrativa. Después de ese ejercicio, sentí la obligación de aportar algo. Aquí está mi apuesta. El segundo bloque lo animaron El lobo, el bosque y el hombre nuevo de Senel Paz y Tengo miedo torero de Pedro Lemebel, con su acento político; El ángel descuidado Yo no tengo la culpa de haber nacido tan sexy, ambas de Eduardo Mendicutti, por el aire de inquietud religiosa de sus protagonistas. Me hubiera gustado tener la capacidad del humor de estas dos novelas. Es una tarea pendiente.

¿Desde su vocación como escritor, por qué cree que es necesario narrar, y cuáles autores para usted han tratado bien el tema de su obra y cuáles no?

No puedo contestar esta pregunta desde la vocación de escritorDebo hacerlo desde la vocación de docente. Creo que lo mejor que nos puede pasar en la vida está del lado de los libros: conocerlos, leerlos, hacerlos, comentarlos. La vida al lado de los libros multiplica las experiencias, las sensaciones, los recuerdos, los placeres: tú vida no es una, es unidad. Pero enseñarle al otro eso que para uno es fe, es complicado y frustrante. Porque, todo sea dicho, a veces la vida al lado de los libros no tiene la solución inmediata para esas contingencias del techo, el alimento, la salud. A veces me pregunto si mis estudiantes amarán los libros, si volverán a ellos después del colegio. Replanteo mi tarea e intento mil cosas. Espero.

Creo entonces que la necesidad de narrar se siente cuando un cuerpo, una rutina, una familia, una historia no son suficientes. Creo que el narrar es un intento por descifrar el uno limitado que somos, en relación con la unión de la que hacemos parte.

Sobre la segunda parte de la pregunta, me limito a lo que respondí atrás. El tema del homoerotismo es una búsqueda constante en mis lecturas y creo que explorar por títulos y autores puede ser arriesgado.

¿Cómo comienza este proceso con la escritura, desde dónde estás escribiendo?

Hay personas que cuando te hablan de su paso por el colegio, te despiertan envidia. ¡Hicieron tantas cosas! Ahora que soy docente, mantengo pegado de recuerdos de esa etapa de mi vida. No porque haya sido la súper aventura, no. Lo hago para explicarme mis estudiantes y comprender sus necesidades, sus posibilidades. Es un arma de doble filo. Yo comencé a escribir en las clases de física para no interferir en las explicaciones del profesor John Jairo, por quien he guardado mucho respeto. Como las ecuaciones no se me facilitaban pero él era el mejor en su tarea, yo apuntaba en mi cuaderno las aventuras de un grupo de caballeros en una isla, en la que el príncipe había sido raptado y todos debían obedecer a mi Juana de Arco. Así dejaba que los demás aprendieran y mi profesor podía continuar. Por eso, repito, es un arma de doble filo. Hay estudiantes de los que puedes esperar mucho en áreas que no son las tuyas y por eso no los abrumas. Pero hay otros cuyas metas parecen resolverse tan pronto, que te convierten en el mismo demonio. En un diablo vestido de Prada.

Comienzo mi escritura cuando no puedo con las ecuaciones que explican la realidad con números. Ahora que la vida me ha dado a probar de todo un poco y que siento la necesidad de las matemáticas, escribo porque no puedo con las leyes que pretenden reducir la vida a una ecuación comercial.

¿En todo el proceso de edición, cómo creció la obra, cómo fue haber buscado esa íntima relación entre las ilustraciones/fotografía y tu texto?

Para mí la imagen ha sido muy importante en el proceso de creación. Necesito ver imágenes para sentarme a escribir. Creo que lo que escribo es la explicación, la búsqueda de significación de esa imagen. Cuando mi asesor en el trabajo de pregrado me indicó el giro que debía dar en la mirada sobre los textos, pude reiniciar cuando cambié la imagen de portada. En el trabajo de posgrado, llené una pared de fotografías para respirar los tambores y la mística de la que quería hablar. Durante estos 15 años detrás de Trocha, busqué muchas imágenes, pero no pude encontrar el rostro de mi protagonista hasta este año, cuando la publicación comenzó a tomar forma. Luego vinieron los trazos de Juan Eduardo Ángel y con ellos Mauricio comenzó a ser Héctor (o Juan Bautista), cuidando de las montañas en las que se encuentra lo que amo.

Trocha y telaraña. Novela corta ilustrada. Fallidos Editores. 2018. 70 págs.

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