A través de la ventana

─ ¿Usted sí se acuerda cómo me llamo yo?

─ ¡Claro doña Belarmina! cómo no me voy a acordar.

─Es que casi nadie se acuerda de mí.

***

Doña Belarmina era una mujer de una piel tan blanca que se podía detallar los arreboles pintados en sus mejillas.

Sus ojos estaban siempre cristalizados, centinelas de una nostalgia profunda que se asomaba por pequeños lapsos de tiempo.

Era martes cuando me percaté. Le pintaba las uñas de un rojo “escandaloso”. Sus manos temblaban y, paulatinamente, la vibración que iniciaba allí pasaba por todo su cuerpo. Nunca fue tan difícil pintar unas uñas.

 Para acabar de ajustar las uñas de doña Belarmina no eran solo extremadamente cortas, también estaban agrietadas y con apariencia de haber sido masticadas hasta la raíz. Pero cuando creí que ya no había más que decir al respecto de sus uñas, ella me mira esbozando una sonrisa:

–Me las dejé de comer para que me las pudiera pintar ─me decía orgullosa de sí misma.

–Eso veo Doña Belarmina, este color le queda muy bonito ─me decía mientras trataba de no pintarle los dedos. Fue de gran sorpresa para mí que Doña Belarmina haya elegido el color rojo “escandaloso”, todas las señoras del asilo se escandalizaban con cualquier color diferente al blanco.

Siempre me gustó la magia que se desata con una acción tan cotidiana como pintar unas uñas. El ambiente adquiere una tonalidad de intimidad como si al estar inmerso en la labor de no salirse de la uña está siendo creador de un hechizo que desencadena en la persona la habilidad de hablar de cualquier cosa con la inocencia de un niño. Ella me entregó a mí sus secretos. Una porción de ella. Sus ojos cristalizados.

Cuando Doña Belarmina me describía el lugar en el que creció, me transportaba a la casa de mi propia abuela, una finquita oculta por la bulla de la quebrada en donde se asomaba una gran casa amarilla decorada con anturios, orquídeas, árboles de guayabas y huertas con cebolla, albahaca y demás plantas medicinales para las bebidas sanadoras.

 Doña Belarmina vivía con la familia de su hermano. Sus padres habían muerto dejando a varios hijos en busca del sustento diario. Solo uno heredó la casa y, con ella, también a Doña Belarmina.

 El panorama de su historia me hacía especular que la conversación iría embarcada en recuerdos con sabor a chocolate en leña y escapes a tirar charco en la ruidosa quebrada, pero no.

Doña Belarmina vivía en una habitación que solo se podía abrir desde afuera y que poseía una única ventana, la cual lindaba con el resto de la casa. Lo contaba con tal naturalidad que se extrañó por mi muy mal disimulada perplejidad y mi tropiezo al pintarle, en efecto, un dedo.

Sin embargo, yo guardaba silencio en un intento por cumplir bien con el papel de confidente que ella me había otorgado.

─ ¿De qué es esta quemadura, doña Belarmina? ─le pregunto mientras le acaricio meticulosamente la parte externa de su mano.

─Ay mija, eso no es nada, mire. -me dice mientras me señala un camino con su mano que iba desde el brazo hasta su pecho.

Doña Belarmina me contó que antes de ser enviada a aquella oscura habitación que por varios años fue su hogar, la dejaban estar dentro de la casa y cumplir con las diferentes labores. Una tarde, cuando ella preparaba el chocolate para sus sobrinos, al retirar el aguapanela recién hervida, se desmayó. De ahí la marca que se extendía hasta su pecho. Resulta que le ocurría todo el tiempo, en la vereda le decían que había sido embrujada por alguna razón. Pero no fue sino hasta llegar al asilo que descubrió que era porque sufría de epilepsia.

“como si no fuera muy difícil ser ya una mujer” me decía “y, además enferma ¿usted cree que alguien quiso casarse conmigo? A mi hermano no le quedó de otra que hacerse cargo de mí”

Menos mal ya había terminado de pintarle las uñas. Doña Belarmina tenía esa habilidad de tocarlo a uno con la voz, me hizo sentir tan confrontada que no podía actuar ni siquiera como la persona normal que voltea la mirada ante la vulnerabilidad humana, débil y oscura. Solo podía observarla y sentir que nuestros parpadeos se coordinaban en uno solo. Por un momento me atreví, incluso, a tocar la parte externa de mi propia mano, dibujándome los caminos de una quemadura imaginaria.

Doña Belarmina no supo que ella podía ser más. Ella creyó que ser mujer era eso, tener como propiedad una ventana y una puerta que solo se abre desde afuera.

Doña Belarmina se convirtió en una especie de ente bajo las paredes de su casa. Nunca la dejaron cargar a sus sobrinos porque su hermano no sabía si su condición era contagiosa o sí en medio de un desmayo podía dejarlos caer. Cuando menos pensó, ya vivía en aquella habitación sin luz y con el tiempo fue perdiendo el control de sí misma. Lo cotidiano, caminar por la casa, arreglar la cocina, pintarse ella sola las uñas. La independencia pasó a ser nada más que una utopía. Le pasaban la comida por la ventana. Vio a sus sobrinos crecer a través de la ventana. Me atrevo a decir que su vida también la vio pasar por allí. Quiero creer que doña Belarmina hallaba como alivio la fantasía de verse bajo un árbol de guayabas sintiendo el calor del sol en la cara o cargando a los niños. Quizá siendo pretendida por uno de los de la vereda, pero, acaso ¿uno sigue siendo humano o mujer (ya que al parecer no son lo mismo) incluso cuando ya deja de considerarse cómo tal? o ¿cuándo nunca supo cómo serlo? 

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