No entres dócilmente

La literatura llegó como un castigo: a mis cuatro años tenía la costumbre de escaparme de casa. Atravesaba la pista de patinaje y luego la cancha para llegar a un lote despejado que sólo tenía maleza y una planta de hojas grandes (o al menos grandes a mis ojos en ese momento), me recostaba debajo de ella y veía pasar los rayos de sol, como tejiendo a las hojas y a lo que hoy nombro poesía. Luego llegaba el alboroto de los vecinos convocados por una madre desesperada que tenía la cara roja de llorar. Ella gritaba mi nombre y los otros la seguían, como si oraran o protestaran. Reclamo o súplica, pero era divertido ser el motivo. Siempre lograban encontrarme y mi madre siempre reaccionaba igual: sonreía, lloraba, regañaba y después cogía unas ramas de verbena por el camino, esas que eligen todas las madres de pueblo y que remojan en agua con sal para purgar mejor las pobres posaderas de la víctima. Después de todo el ajetreo me atrevía a pedir permiso para salir a patinar, la respuesta de mi madre era evidente y la escena que continuaba la describí hace unos meses:

“Las briznas girando al viento tras los patines. La narrativa del reflejo oculta por los barrotes de la ventana. Adentro la sala tibia y un florero descartado, todas  causas de las mejillas sonrojadas y el calor del sol pasado bajo los párpados hinchados. Sobre la cabeza una cortina grande para cobijar el aliento de una boca húmeda”.

En esa ventana descubrí la literatura. Los movimientos de otros eran como una función: Los juegos de palmas no eran más que dos niñas haciendo malabares con mangos maduros y pelados. Los patines, una excusa para que las brujas pudieran levitar sin ir a la hoguera (lo de la escoba fue una invención de las madres para que barriéramos por vergüenza a reconocer que únicamente intentábamos volar). La distancia entre los hombres y los niños no era consecuencia de los años, sólo era el espacio precioso para que un viejo alargado y cojo pudiera pararse en el hombro de cada uno: la pierna corta en el que estaba más cerca de los timbres y la pierna larga en el que siempre encontraba dinero abandonado. Mi teatro favorito siempre fue el de las aceras.

 Esa observación atenta me atraía pero no lograba entender el motivo, así que seguía observando, como cuando por primera vez se frota la entrepierna sobre un cojín: se descubre el cosquilleo desconocido, un poco similar al de las patitas de los cucarrones recorriendo la palma de la mano, es agradable,  y una, irremediablemente, sigue balanceándose sobre el cojín y parece que brotaran  deditos, raíces; como si la flor y el fruto se encontraran en el interior. La humedad en el cojín conduce al muslo y el muslo a lo que aún no se sabe nombrar pero que está lleno de capullos que palpitan, abren y cierran; esa es la fuente del gusto y no queda otra cosa que tocar directamente.

Mi madre me cuenta que a los cinco años empecé a leer sin ayuda, mi padre llevaba libros  e historias que mi hermano rechazaba, pero que yo recibía con gusto, siempre pidiendo más. Así descubrieron que me gustaba leer y que justamente ese interés literario les saldría caro. Me alejé de las ventanas y empecé a salir a la calle y al teatro. Lo que vino después es bastante predecible: talleres de escritura, intentar tomar tinto, clases de pintura, enamorarse… La bohemia.

Con el tiempo me cansé del Instituto de Cultura. Descubrí que no había entendido a Dostoievski y antes de empezar, me rendí frente a Faulkner. Esos libros eran mucho para una niña de 13 años, no es que ahora pueda con ellos, pero al menos sé cuándo huir. Lo más coherente era leer poesía, o eso creía. Sylvia Plath me atravesó el pecho con la verbena florecida que mi madre había recogido antes. Sus ojos contenían una niebla espesa y móvil, destilaban olor a gas y yo intentaba lanzarme dentro, asfixiarme, pero ella me frenaba con el racimo de verbena.

Esa pelea con la hierba que me alejaba de los ojos de Sylvia duró varios años. La observación, aunque dolorosa, nunca fue ajena. Me dejaba caer frente a otros para que fueran sus manos y no las mías, las que arrancaran, en el afán de alejarme del suelo, las florecitas cosidas en mi carne. Cuando solo quedaba un herbario entre el hígado y las rejas de mis costillas, me fui en busca de Un Cuarto Propio y tomé el tren camino a Lausana. El tren era una antología de hombres y mujeres, de cuentos que ensayaban ser poemas. Yo me senté junto a un Lobo Estepario que cambiaba de voz según la velocidad del tren, y al llegar, me recibió un joven rubio que en las manos llevaba un cartel con mi nombre, me acerqué, él sonrió, y empezó a decir:

“No entres dócilmente en esa buena noche,

Que al final del día debería la vejez arder y delirar;

Enfurécete, enfurécete ante la muerte de la luz”.

-Dylan Thomas-

Un comentario sobre “No entres dócilmente

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s