Tres poemas en prosa

Como una pájara arisca

Sobre mi sombra la sombra tuya es como una pájara arisca   que erosiona el árbol para poner su nido y abandona el nido    y yo guardo la tristeza pausada del árbol al que se le ahueca el tronco   que es sombra   que enfría   pero que no se toca no se agarra no se arranca   como una pájara arisca en su vuelo de ángulos profundos          –silenciosos se mueren los árboles de tener el duramen carcomido   donde al final no hubo nido   donde se pudrieron estériles nidos tejidos de luz de malva–          pero la robustez erguida de los árboles no la tengo   no está en mi alma   no la encuentro en mi palabra           Sobre mi sombra la sombra tuya es como una pájara arisca   y yo insistentemente guardo la tristeza pausada del árbol al que se le ahueca el tronco.  

Tintas por Yuliana Miranda

Contingencia

Cuando nos vengamos a menos, dijiste, los perros van a ladrar al unísono y las campanas sonarán revelando impúdicas sus grietas y una ventisca apagará todas las velas de nuestra habitación          Pero cuando por fin nos vinimos a menos –qué fue lo que pasó– la noche permaneció silenciosa y las campanas sonaron iguales a sí mismas, cada hora, y no tiritó si quiera la llama de la más lánguida vela           Lo único que nos dolió del mundo fue su indiferencia          Lo único que nos dolió, querida, del mundo          Lo único que nos dolió.

Tintas por Yuliana Miranda

En la habitación vecina

Oigo cómo, en la habitación vecina, se pone unos atavíos fúnebres     cuando cae sobre sus hombros, el chal      suena como el vuelo de un ave demasiado pesada para ese vuelo     Qué podría decirle yo, ahora, con palabras igualmente fúnebres     que no es a mí, por cierto, al que la muerte se le viene metiendo por la boca     Qué otra cosa     que desde que se convirtió en fantasma me interrumpe los sueños     Pero aunque le dijera de la muerte y de los sueños nada podría escuchar, porque no quiere     aunque le dijera del cuerpo que me arrebató un día de su juventud, y que aún me dejó la herida, nada podría escuchar     En la habitación vecina se quita y se pone esos atavíos cada noche     Una noche ya no la voy a escuchar.

Tintas y grafito por Yuliana Miranda

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