El tiempo a través de Borges

Federico Gutiérrez Naranjo.

La obra de Jorge Luis Borges puede ser leída, entre muchas otras cosas, como una constante indagación sobre lo que él consideraba el problema fundamental de la filosofía: el tiempo. El propósito de estas líneas es esbozar, de la mano de Borges, los siguientes interrogantes sobre el tiempo: a) Su duración, es decir, si es infinito o finito; b) Su divisibilidad, es decir, si se puede separar en infinito fragmentos o no; c) Su medida, es decir, si es absoluto o relativo; d) Su unicidad, es decir, si el tiempo es único o no; e) Su dirección, es decir, si va del pasado al futuro o viceversa; y f) Su realidad, es decir, si existe o es un artificio mental del hombre.

a) ¿Es el tiempo finito o infinito? La creencia filosófica más común es que el tiempo es infinito. Así mismo lo hace ver Borges en numerosas ocasiones. En el cuento El inmortal o en el ensayo La doctrina de los ciclos se tiene como premisa necesaria que el tiempo es infinito: un inmortal en tiempo infinito deviene todos los hombres, “en un plazo infinito le ocurren a todo hombre todas las cosas”; la teoría del eterno retorno, estudiada en el ensayo mencionado, también es concebible si el tiempo es infinito, y así todo volverá a suceder en un ciclo, no temporal, pero sí espacial.[1] Sin embargo, es en el ensayo La esfera de pascal donde, quizá, encontramos el mejor ejemplo: “Los hombres se sintieron perdidos en el tiempo y en el espacio. En el tiempo, porque si el pasado y el futuro son infinitos, no habrá realmente un cuándo; en el espacio, porque si todo ser equidista de lo infinito y de lo infinitesimal, tampoco habrá un dónde. Nadie está en algún día, en algún lugar”. No sé qué opinará el lector sobre esta frase, yo la juzgo perfecta.[2]

La contraparte de esta doctrina es la finitud del tiempo, concepción que es imposible de imaginar: “esa eternidad […] no es otra cosa que nuestra incapacidad natural de concebirle principio al tiempo”, escribió Borges en el ensayo La doctrina de los ciclos. En su poema James Joyce reafirma esto:

En un día del hombre están los días
del tiempo, desde aquel inconcebible
día inicial del tiempo
, en que un terrible
Dios prefijó los días y las agonías…”

b) Pasemos a la divisibilidad del tiempo, la cual entraña de cierta manera la infinitud del mismo. Si el tiempo se puede dividir infinitamente, como corolario se puede llegar a que el tiempo es infinito, pues está compuesto por infinitos momentos. En el ensayo Avatares de la tortuga se “niega que puedan transcurrir catorce minutos, porque antes es obligatorio que hayan pasado siete, y antes de siete, tres y medio […] y así hasta el fin, hasta el invisible fin, por tenues laberintos de tiempo”. Para salir de la encrucijada que esto conlleva –no la de aceptar la infinitud del tiempo, si no la imposibilidad de que transcurran catorce minutos–, analiza, en el ensayo La perpetua carrera de Aquiles y la tortuga, las propuestas teóricas de Bertrand Russel y de Stuart Mill. Para el primero “la operación de contar es la de equiparar dos series […] No queda ningún remanente –hablando de la famosa paradoja de Aquiles y la tortuga[3]– periódico de la ventaja inicial dada a la tortuga: el punto final en su trayecto, el último en el trayecto de Aquiles y el último en el tiempo de la carrera, son términos que matemáticamente coinciden”. Si contar (medir el tiempo y el espacio) es equiparar series, entonces cuando se divide algo infinitamente no se niega la imposibilidad de atravesar un límite, ya que las series equiparadas siguen teniendo la misma proporción inicial. El segundo, Suart Mill, dice: “atravesar ese espacio finito requiere un tiempo infinitamente divisible, pero no infinito”.  Esto también lo postula Borges en su cuento La lotería de Babilonia: “Los ignorantes suponen que infinitos sorteos requieren un tiempo infinito; en realidad basta que el tiempo sea infinitamente subdivisible”.[4] Frente a esto, Borges concluye, en el último ensayo citado,  que no existe argumento sólido, que no sea el idealismo, que logre destrozar la imposibilidad de que transcurra un minuto: “Zenón es incontestable –entendamos por Zenón la paradoja de la infinita divisibilidad del tiempo y el espacio– salvo que confesemos la idealidad del espacio y del tiempo”.

Foto: Getty Images.

c) Otro problema es la relatividad del tiempo, planteado en el ensayo Historia de la eternidad así: “otras dificultades propone el tiempo. Una,  acaso la mayor, la de sincronizar el tiempo individual de cada persona con el tiempo general”. Lo más fácil es pensar el tiempo como algo absoluto, constante, universal, como en el poema Reloj de arena:

La arena de los ciclos es la misma
e infinita es la historia de la arena […]
No se detiene nunca la caída.
Yo me desangro, no el cristal.

Pero si el tiempo no es constante ni igual para todo el mundo, ¿cómo compararlo? ¿cómo hallar unidad? ¿cómo medirlo? El cuento El milagro secreto plantea una relatividad drástica del tiempo: dios le otorga al personaje un año que sólo transcurre para él, pero una vez acabado el plazo que dios le concedió todo continuó tal como si nada hubiese sucedido. Por el contrario, está la relatividad del tiempo que podemos ubicar en el cuento El jardín de senderos que se bifurcan: “A diferencia de Newton o de Schopenhauer, su antepasado no creía en un tiempo uniforme, absoluto. Creía en infinitas series de tiempo, en una red creciente y vertiginosa de tiempos divergentes, convergentes y paralelos”.

d) Si leemos con atención la última cita, vemos que en ella encontramos, además de la referencia al tiempo absoluto o relativo, referencia a su unicidad. Definiremos la unicidad como la cualidad del tiempo de ser único (no más de uno), que avanza en línea recta (posteriormente nos preguntaremos por la dirección de ésta línea), y que no se mezcla ni se confunde consigo mismo. Pensar en tiempos, de forma plural, tal como lo hace el cuento El jardín de senderos que se bifurcan, es negar su unicidad, máxime cuando no solo son una pluralidad de tiempos, sino que estos convergen y divergen entre sí. Pero es en A Leopoldo Lugones donde, a mi parecer, hallamos la más bella referencia a la multiplicidad de los tiempos: “Así será (me digo) pero mañana yo también habré muerto y se confundirán nuestros tiempos y la cronología se perderá en una orbe de símbolos y de algún modo será justo afirmar que yo le he traído este libro y usted lo ha aceptado”.

e) En el párrafo anterior indicamos, al hablar de la unicidad del tiempo, que éste avanza como en una línea. ¿Acaso no es más que necesario que el tiempo vaya en dirección hacia el futuro, y que vaya dejando atrás el pasado? Para dilucidar esto, leamos el pasaje de La historia de la eternidad: “…nos impide precisar la dirección del tiempo. Que fluye del pasado hacia el porvenir es la creencia común, pero no es más ilógica la contraria, la fijada en verso español por Miguel de Unamuno:

Nocturno el río de las horas fluye
desde su manantial que es el mañana
eterno…

Ambas son igualmente inverosímiles –e igualmente inverificables”. He aquí otro pequeño fragmento: “el hijo que he engendrado me espera y no existirá si no voy”. Esta última cita, sacado del cuento Las ruinas circulares, es, poéticamente, afín a esta idea.

f) Queda finalmente la última inquietud, capaz de anular todo lo que hemos visto, pues ataca directamente la existencia del tiempo; si este no existe, es irrelevante entonces su duración, su unicidad o su dirección. En el cuento Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, una doctrina dentro del universo creado en este cuento “llega a negar el tiempo: razona que el tiempo es indefinido, que el futuro no tiene realidad sino como esperanza presente, que el pasado no tiene realidad sino como recuerdo presente”. También en el ensayo El tiempo circular, al reflexionar unas líneas de Schopenhauer y Marco Aurelio, concluye que “declaran, o presuponen, dos curiosas ideas. La primera: negar la realidad del pasado y del porvenir”. Las cosas, bajo esta óptica, siempre suceden en el presente, nunca en el pasado ni en el futuro; estos (el pasado y el futuro) quedan aniquilados al no tener presente, y de manera consecuente se niega el tiempo. Borges también niega el tiempo en su ensayo Nueva refutación del tiempo siguiendo al máximo el racionamiento de los empiristas ingleses (Berkeley y Hume): “negadas la materia y el espíritu, que son continuidades, negado también el espacio, no sé con qué derecho retendremos esa continuidad que es el tiempo”.

Este lacónico ensayo ha recorrido, de la mano de Borges, el misterioso mundo del tiempo. Finalizo, como es de esperar, con una cita de Borges sacada del ensayo  Historia de la eternidad: “El tiempo es un problema para nosotros, un tembloroso y exigente problema, acaso el más vital de la metafísica”.[5]


[1] El tema del eterno retorno es frecuente en Borges. Que sepa, lo estudia directamente en dos ensayos: La doctrina de los ciclos y  El tiempo circular. El último comienza “Yo suelo regresar eternamente al eterno retorno”, lo cual muestra, al estilo sutil de Borges, su interés por el tema.

[2] La expresión “No sé qué opine el lector; yo la juzgo perfecta” es una modificación de la usada por Borges en el ensayo ensayo La flor de Coleridge, y que reza así: “No sé qué opinará mi lector de esa imaginación; yo la juzgo perfecta.”

[3] Esta paradoja dice que en una carrera entre Aquiles y una tortuga en donde se le den diez metros (la distancia es irrelevante realmente, solo basta con que se le otorgue cualquier ventaja) de ventaja a la tortuga, Aquiles no podrá alcanzarla. Esto se explica con una serie matemática. Cuando Aquiles avanza un metro, la tortuga avanza un centímetro; cuando Aquiles avanza diez metros, la tortuga ya va en diez metros con diez centímetros; cuando Aquiles va en diez metros con diez centímetros, la tortuga ya va en diez metros con diez centímetros y un milímetro; así infinitamente sin alcanzarla nunca.

[4] El mismo Borges rechaza esta explicación pues la considera una tautología. “Estoy sintiendo que la proyectada refutación de Stuart Mill no es otra cosa que una exposición de la paradoja” escribe Borges en el ensayo La perpetua carrera de Aquiles y la tortuga.

[5] También en el prólogo a “Borges, oral (1979)” lo dice: “El tiempo, que sigue siendo para mí el problema fundamental de la metafísica”.  

Federico Gutiérrez Naranjo. Es economista y Abogado de la Universidad EAFIT. Autor Invitado para Opinión a la Plaza.

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