¿Dormirán cómodos los ángeles en la mano de María? (Primera parte)

Final

Breviario para las huellas de María

Primero fue el viejo olor a resina. Después la mujer. Luego el temblor de mandolina nacido en un reloj de pared. Después la sala. Después los muebles cansados y angustiados por los años. Luego el olor del café que ha sido sembrado en el suroeste antioqueño. Estaba el Cristo Negro en la cabecera de la sala. Estaba El Corazón de Jesús mirándonos como quien mira a una flor ya sin pétalos. El olor a resina, el café, la mandolina cantaba que eran las diez de la mañana. Después la mujer. Ella apareció desde una cortina que separa la sala del resto de la casa. Con pasos de arriero: sin extravíos ni dudas. Para mirar inclina su cabeza hacia atrás o hacia adelante como mirando por una rendija que son sus propios ojos. Saludó sin ceremonias, siempre y cuando sus maneras amplias y desparpajo no sean considerados un tipo de ceremonia que solo las brujas conocen.  

La estancia tenía una aire familiar: belleza de lo mínimo. De lo cercano. Del Reino de este Mundo. Como si fuera una fachada que tuviera que ser violentada para ingresar a los terrenos de El Reino de los Otros Mundos. De lo incierto. De la curandera que saca demonios, blanquea casas, cura mal de amores, propicia embarazos, suelda huesos, seca la culebrilla y que además me dijo que yo solo podría ser serio si estaba dormido. Pensé que no estaba allí para escribir sino para desesperar, porque quien busca los demonios de alguna manera los lleva adentro. De muchos modos estos y otros pensamientos nacidos de una mala fantasía de poeta maldito, me fueron arrebatados con la paz que se podía respirar en el lugar. Cuando la realidad te desbarata los planes, escribió alguna vez Juan José Hoyos. La luz se bajaba como a pequeños brincos entre el polvo que se desprendía de las cortinas. Tres muebles de un solo puesto, con la madera barnizada pero resquebrajada, un mueble doble donde yo me recogí en mis dos visitas como una oruga en una hoja. El de la mujer era el de la pared diagonal al mueble doble. Estaba la debida presentación. Después el abrazo. Estaba el grito del hijo que preguntaba por unos platicos. Estaba el rumor de las muchedumbres que ya se aglomeraban en las puertas de su casa para conseguir curación y consejo. Después la mujer que se movía por toda la casa como un gorrión mientras nos contaba el itinerario de ese día. Estaba la mujer tomando los tres celulares que usa para sus consultas y que habían picado, repicado, ultrapicado sin que ella contestara aún ninguno.

Primero fue en mí el recuerdo de la primera vez que vi la figura de la mujer. Estaba sentada en medio de esa misma sala con una voz apagada. Fue desde un video documental que habían realizado unos estudiantes de periodismo de la Universidad de Antioquia. Se le veía seria y de una delgadez tan profunda que podría haberle contado los dientes a través de las mejillas. Después fue la mujer que tuve en frente en la mañana del sábado 17 de agosto, cuando en Jardín, Antioquia, el viento sabe descubrirse en las ventanas coloniales para traer el aroma de las montañas. La mujer parecía haber hilado de nuevo el cordón de las moiras y su cuerpo se encontraba rozagante, lleno de vida, con las arrugas desvanecidas. Primero estuvo su voz potente que despeina a los loros de la ventana. Después la expulsadora de demonios y curandera del cuerpo que responde al nombre de María Yarce.

— No, es que sabe qué caguetas, yo estoy que dejo esta maricada. Pa’ dios que sí. A mí se me está complicando la vida. Yo empecé fue con enfermos y vea donde voy, nononono. Por ejemplo, vean muchachos, a mí me llaman y me dicen: “Doña María, yo tengo algo muy raro, yo me quiero ir para su casa a que me haga una sanción. Pero resulta que yo llego a la esquina de su casa y a mí una presencia me devuelve”. Entonces ahí me doy cuenta que no lo quieren dejar entrar porque de aquí sale liberado. Cuando logran dentrar. Desde aquí de la sala, antes de que dentren donde yo despacho la gente, empiezan a patear, a insultar. Y me empiezan a gritar desde aquí, sin siquiera yo verlos “perra, bruja, me estás matando, me estás quemando”. Y cuando yo alzo esta mano así (levanta la mano derecha como una espada, con el dedo que otros usan para insultar, ella afirma espantar demonios y curar) ahí sí se que torean. Alguna gente de la viene a que yo la atienda se quedan y me ayudan a liberar a esas personas, algunos son lo más de bellos, lo más de queridos, pero otros salen despavoridos.

María no demora en recordar a Marta. Una mujer que dominada por la curiosidad había comenzado a experimentar con la magia. Entre los dominios de la religión católica, los conocimientos ancestrales de las plantas y la firme creencia en la existencia del mal, Jardín habita en una relación mitológica con la realidad estancada entre el mundo de las fuerzas invisibles y las visibles, así como sus fachadas vienen de los tiempos de las colonias pero sobreviven en un mundo donde el reguetón y las rancheras revientan los parlantes en una noche de sábado. Jardín parece estar siempre en un interregno entre dos mundos. María no demora en recordar a Marta. La mujer ya había sucumbido en un lugar del que no se vuelve: en sus estados de mayor lejanía de sí, había intentado asesinar a su esposo. Entonces recurrieron a los sacerdotes de la Iglesia Católica pero la mujer solo supo empeorar. Su voz parecía una legión, tenía la fuerza para levantar muebles con el triple de su peso y doblegar a cuatro hombres entrenados. María, para el extremo de estos casos, suele acudir a los Bomberos y a La Policía para que sostengan al poseído. 

Antes del caso de Marta, el comandante de los policías tuvo que ayudar a María con un poseído. Cuando el hombre contó la historia a sus compañeros, uno de ellos pidió al comandante que la próxima ocasión lo llevara para él mismo cerciorarse de que las narraciones de su superior eran producto de la realidad y no una alucinación desajustada o un cuento más comparable con  las narraciones de Mejía Vallejo y García Márquez, dedicadas al ejercicio de la imaginación y la desmesura. A la siguiente semana ocurrió el caso de Marta. Ella llegó a la casa de María desde  una vereda lejana. Decía que un dolor de cabeza no la dejaba en paz desde hacía varios días. Como el redoble de una campana. María alzó la mano en su sabida señal, que representa la espada del Arcángel San Miguel: Marta grita, Marta insulta, Marta se retuerce en el suelo. Marta arroja los muebles, tumba los cuadros. La gente huye. María llama a los policías, y una mujer, dominada por el miedo, aborta. ¿Dormirá tranquilo en la mano mágica de María el no nacido? Una pregunta que no haría yo sino Poe, me aborda.

Cuando llegaron los policías entre ellos se encontraba al que llamaremos Sargento Santo Tomás, aquel que tenía que ver para creer. María encendió el Cirio Pascual mientras los cuatro hombres intentaban doblegar sin éxito a Marta. Los movía como si cambiara las materas de su jardín personal. Parecían plátanos desordenados en el suelo de María.

— Vieja hijueputa, apagá esa cosa que me estás quemando.

— Cual cosa, boba, si yo no tengo nada— respondió María.

— Yo ya maté a uno y también te voy a matar a vos.

Marta escupía en el suelo. El Sargento Santo Tomás intentó reincorporarse, María rezaba como podía y los policías rebotaban como canicas.

— Qué hubo, boquiabierto, ¿tenías muchas ganas de saber cómo era esto?, pues te voy a hacer sudar— Le dijo Marta al Sargento Santo Tomás, mientras lo tomaba de las manos y le hablaba cara a cara como si lo fuera a besar y en el acto le robara el alma. No había forma de que Marta conociera al Sargento Santo Tomás, y era imposible que sus deseos de estar con un poseído se expandieran tanto y tan rápido como para llegar a oídos de Marta. 

Ella golpeó con sus manos al Sargento Santo Tomás, le rasguñó su rostro, le mordió el brazo y pateó todo lo que de uniforme tenía. Le hubiera sido más fácil penetrar los dedos en las llagas de Cristo y quedar condenado a la ignominia por incrédulo —como el primer Santo Tomás— que soportar los embates de Marta. Cuando los otros tres policías se incorporaron, tomaron a Marta de manos y pies rápidamente mientras El Sargento Santo Tomás se sentó sobre ella con todo su peso para evitar que arqueara su abdomen y lograra liberarse gracias a los violentos espasmos. La lucha continuó por dos horas hasta que las pócimas y los rezos lograron desplazar el demonio que habitaba en Marta. 

Hay dos sucesos que debieron impresionar más a todos los presentes. Los dos vinieron de Marta. Dijo que en el municipio de Andes ya habían intentado sanarla. Como no lo consiguieron, el hombre que estaba efectuando la sanción decidió transportarla hacia Medellín. En el trayecto, el vehículo chocó después de quedarse sin frenos, y de los pasajeros —cuatro ayudantes, Marta, el conductor y el sanador—,  solamente murió el hombre que intentó expulsar al demonio.

— Por eso era que esta jiquerona me decía que me iba a matar así como ya había matado a otro.

El segundo suceso comenzó cuando Marta sacó de su bolso un frasco que antes no había alcanzado a enseñar a María. El frasco contenía agua trasparente con un animal que tenía tres colas y tres cabezas. Marta cuenta que el animal salió de ella cuando en la noche anterior había tomado la decisión de ir donde María Yarce. Le comenzó un dolor punzante que ella asoció con un mal de estómago. Entró al baño. En el momento que todos presentimos el descanso final, ella sintió cómo brotó una criatura extraña. El dolor parecía de parto y la expulsión nació de su propio vientre. 

— Oiga pues— dice María alargando la ese final. Palmeó sus muslos y se inclinó hacia adelante como si me fuera a contar un secreto.

— Es que esta muchachita resulta que trabajaba recogiendo café en una de las fincas de por acá, pero como que no le estaba dando para mantener la casa entonces se le entregó de cuerpo a uno de esos hombres por plata. Y al parecer la esposa del hombre se dio cuenta y ahí la jodió. Por que ella sí mentaba a una tal… ejjj cómo era… ejjj bueno, ella mentaba a una fulana de tal cuando yo le estaba haciendo la limpieza.

Confieso que me aburren las moralejas. ¿Habrá evitado la historia de Marta alguna infidelidad?

—¿Pero vení, entonces es solo con esa mano?— le pregunto.

—soooolo con esa mano, sí muchachos— Me responde

—¿Y cómo se dio cuenta?

— con eso se nace… pero fue un negrito hasta azulito el que me dijo, en un viaje a Bogotá.

María de los Ángeles Yarce Villa vio la primera luz un siete de agosto de 1958, en plena celebración de la batalla donde se creo la ilusión de la patria libre sobre la patria encadenada. Nació la tarde de un domingo, cuando Dios descansa, justo ella que solo dice trabajar para la voz que baja de los cielos. Ella fue el quinto nacimiento en una familia de once hermanos. Solo las mujeres estudiaban hasta segundo de primaria. Era el momento en el cual se debían dedicar a las labores de la cocina. Su familia, que adquirió la olvidada, desatendida, menesterosa y casi heroica vocación de ser campesino en Colombia, trabajaba de finca en finca administrando a los peones que recogían el café. Ellos proveían la alimentación y el orden a los trabajadores. Las mujeres las destinaban a la cocina. En Antioquia, el centro de la casa es la cocina. Allí se recogen las historias de los trabajos del campo, y de las fábricas. Podría decir que en la primera mitad del siglo XX y en muchas de las familias contemporáneas, el comedor es un mueble destinado a los visitantes. La cocina es el lugar de las cuentas, donde se castiga a los hijos con las ramas de ortiga, en la cocina se ordena la casa. Y quien dirige la cocina es la mujer. Por más que el mito del mayoral antioqueño se sobreponga con violencia es la guardiana del alimento quien pone orden en el caos. Quien tiene la cocina y el tejido, tiene la palabra. Por eso María Yarce habla con matices y tonos, como los volúmenes que se elevan de un fogón de leña. Con sombras y poderes. Con cúspides y valles. Sus relatos envuelven más por el tono que por la historia. Barthes hubiera dicho que le entrega el poder a la forma y Culler que a la poética, por lo cual las narraciones de María contienen la lengua de la modernidad, que es una lengua de La Historia sostenida con literatura. No se necesita de estudios para hilar con palabras. Para hervir el verbo. María se despertaba a las 4:00 am para hacer las tareas a luz de las velas, en los corredores, hasta las 5: 00 am. Luego ayudaba en la cocina hasta las 6:00 am y entraba a estudiar en una escuela rudimentaria antes de las 7:00 am.

La sanación le vino en sueños. 

— Yo soñaba que ponía las manos así, (levanta su mano como si fuera a colgar de su extremo una lámpara de papel) que decía unas palabras y que la gente se curaba, yo tenía unos siete años. Como todos teníamos que trabajar no le presté mucha atención a eso. Pero eran sueños muy repetidos hasta que una vez soñé que iba por una cañada y una voz me hablaba y yo vi a San Francisco. Me hablaba desde allá arriba. Pero estaba tan eleva’o, tan alto, que yo no oí qué era lo que él me decía. Y con ese Santo sí me soñé varias veces. Después me soñé fue con el señor de La Buena Esperanza. Ese me habló dos veces. Yo dentrando a una iglesia. De ahí en adelante, muchachos, trabajo y más trabajo.

María ya se había casado cuando tuvo el providencial viaje a Bogotá. Su esposo aquejado por la culebrilla no pudo acompañarla a la confirmación de su sobrina. María había sido educada para evitar el contacto espontáneo con los extraños, para escapar de las miradas perdidas y ponerle fin a una conversación no nacida de una vieja amistad. En el viaje un hombre ocupó el puesto vacío junto a María. Ella fingió dormir recordando la máxima familiar. En el vidrio de la ventana conseguía ver las dos lunas en el rostro del hombre que la miraban fijamente.

—No se tiene que hacer la dormida, picarona, solo no quería hablar conmigo. Si usted viera de todo lo que se perdió.

— ¿De qué me perdí?

— Usted tiene un don. Que no ha explotado porque no le ha parado bolas. Usted tiene un don de sanar en esta mano (le señaló la derecha). Con lo que yo le voy a enseñar usted puede curar a su marido.

Jamás volvió a ver al hombre. Jamás supo nada de su historia y él nada de María. Solo le quedó un papel con los pocos secretos que el hombre alcanzó a revelarle, que ella recita ya de memoria, en su mente, y que jamás revela a nadie. 

11:00 am. María Yarce contestó la primera llamada.

— !Hola gorda!

—jm…

— ay amor, qué pena… ojo con una apendicitis enquistada. Que no las logran detectar los médicos, mami. Vea, suba a mi casa. Bien pueda. Yo trabajo de una a cinco y media.

— jm…

— Ya usted mira a ver.

— No, no, no, no, mejor suba para que yo la vea.

— Gorda, gorda, esperame un momentico— María contesta el segundo celular.

— ¿Aló?

— Quiubo niño, ¿Cómo amaneció?

— Sí, solita, ¿por qué?

— ¿Pero en la pieza del clóset?

— Pues por eso bobo, ¿allá no hay un clóset?

— Mauricio…

— ja…

— Pero recuerde que esta zamba tampoco fue a catecismo hace ocho días…

— Bueno, bueno ahora hablamos (cuelga).

— ¿Gorda, qué le mandaron para el cólico?

— ¿Ha tenido escalorfrío?

— no, gorda, véngase.

Tocan la puerta. María abre y entran dos mujeres. La Saludan de beso.

—¡Ah! Está ocupada.

— buenas— digo.

— Buenas— responden

—Gorda, como le digo, mejor véngase para acá, es que en las ecografías a veces no salen los apéndices cuando están enquistados, y si a usted ni se le ve el apéndice en la ecografía, me quedan mis dudas.

— No, tranquilas, nosotros ya nos íbamos— responde Mauricio López, fotógrafo y autor permanente de Opinión a la plaza.

— Listo gorda, acá la espero.

—¿Ustedes están grabando?— pregunta una mujer. Dije que no. A veces las mentiras conducen a facilitar las verdades.

— ¿Cuántas vienen con usted? —dice María mientras corta la llamada—

—Ellas dos—responde una de las mujeres.

— Entonces dentren pues—.

— Doña María, está muy repuesta usted.

—¡Tan boba! Es que dejé de fumar.

— Buenos días.

— Buenos días.

—Tardes ya.

— no, todavía son días— responde Mauricio con su risa de hipo.

—  Eso no es tan fácil, ¿va a ser fácil yo que me fumaba más de tres cajetillas diarias?

— ¿Entonces cómo hizo?

— ¿Entonces cómo hizo?

— Ay mija un día yo me revelé. Y me paré y le dije al Milagroso de Buga. “Oiga, negro asqueroso (yo me reí con mi risa de martillo propia de los tartamudos, Mauricio se ahogó con su risa de hipo y las mujeres se atragantaron con un aire que no les cupo en los pulmones) yo necesito saber si lo que yo estoy haciendo a usted le agrada y a mi padre Dios, también. Si le agrada, ayúdeme a dejar el vicio del cigarrillo, por que si sigo así no voy a durar un culo. Yo le hablo así a los santos.

— Pues yo no he podido dejar de fumar— les digo a todos.

— Será que es que hay que tratarlos así— dice una de las mujeres.

— Yo si le dije así, no voy a durar un culo si sigo fumando así. Pero tampoco me vas a poner a comer y a comer…

—¡Ay no, conchuda, les ponés condiciones y todo!— dice una de las mujeres dando una palmada y levantando un pie como marcando el paso de una marcha.

— Y para que queden aburridos, me hizo el milagro completo. Ya no fumo y solo me como una comida al día a las ocho de la noche. Es que tampoco me da tiempo, miren la fila que hay afuera.

Suena de nuevo el celular. Las mujeres nos miran.

— ¿Y ustedes son pacientes o familia?

— Ni familia ni pacientes. Nosotros somos periodistas.

Ya la mañana se había poblado de todos los que buscan a María. Cuando nos alejábamos le pregunté a una mujer  de ojos grises que estaba a 20 casas sentada en un andén:

— Hola, chica. ¿Esperás a alguien? ¿Necesitás algo?

— No, tranquilo. Yo voy para donde María Yarce.

Primer diario de la mañana.  17 de agosto. 6:00 am

¿A qué he venido?

Sé que en los primeros días de enero encarnaba con mayor voluntad mi angustia por todo y mi deseo por nada. Nos encontrábamos Mauricio López, Sebastián Quintero, Alejandro Arcila y Andrés Álvarez. Todos miembros del comité directivo de Opinión a la plaza. Hablábamos en el ya extinto Hard Bar. Un antro dominado por la noche. Esa fecha había un eclipse que envinaba la luna.

— Jamás voy a volver a escribir periodismo, Juli. Es más, le voy a regalar una historia— dijo Mauricio.

Me nombró a María Yarce, la bruja blanca de Jardín. Me contó todo lo que sabía de ella y me exhortó a que viniéramos. Vinimos. Pero no sé a qué he venido. No me he caracterizado por mi especial interés por lo sobrenatural, ni por ser creyente en algo que no sea literatura y amor. He pensado toda la noche, mientras llenaba la habitación con el humo de mis cigarrillos, en los caminos que me habían llevado a Jardín. Un viaje es perder lugares. Escribirlos es recuperarlos para la memoria. La escritura es un pedazo de recuerdo del que podemos tirar. He entendido que en las historias de otros sostengo mi orfandad en el mundo, me emocionan las historias: así pienso menos en mi lejanía por todo.

 Llegamos anoche. 16 de agosto. Visitamos un bar y apuramos unos rones. El viaje y el tedio saben mejor con las bebidas espirituales de ladrones y filibusteros. Viajamos cinco horas desde Medellín. Pero venimos de un pueblo que también es un jardín. El Carmen de Viboral significa El jardín de las víboras. Voy a buscar una bruja y la tradición antioqueña cuenta que El Carmen está lleno de brujas. Siempre me ha parecido una cuña de mal gusto para difamar la belleza de las mujeres carmelitanas. Me ha parecido una figura machista que no soporta ver el poder de las mujeres dueñas y consientes de sí. No obstante, me place ver cómo las mujeres del mundo toman la palabra bruja y la dotan de un sentido rebelde, ancestral, de relación con la savia que correo por la memoria del mundo.

La noche solo me deja mi propio reflejo y el de una botella de ron sobre la ventanilla. Una colección de música que llamo Paradiso (así nombro a todo lo que me aliviana) Pienso en que, de alguna manera, la poesía es la brujería de las brujerías porque transforma el espíritu y despierta el  letargo de los cuerpos. También la música y la danza. Las brujas: una historia que acompaña eternamente al ser femenino. Una dicotomía entre lo profano y la mujer sabia. Una dicotomía que es una invención impuesta por el oscurantismo, por la religión católica y la ortodoxia conservadora que revela a la mujer como a un peligro. Pienso en San Agustín, tan amado por los que gustamos de la filosofía pero ¡cuán nefasto era su entendimiento de lo femenino! No soy muy dado a las historias sobrenaturales, insisto. ¿Qué me puede revelar de la feminidad y del ser colombiano la historia de María Yarce? Una historia siempre tiene que mover los hilos del mundo, sino, es un mero alboroto que despeina las copas de los árboles. Sin pena. Sin lamento. Sin victoria. Sin conocimiento. Nada. Las historias deben calar para bien o para mal en el espíritu y el cuerpo.

Lo que buscamos en un viaje siempre lo llevamos adentro. La pregunta ya contenía la respuesta que solo precisaba un giro del caleidoscopio, otra mirada. Una óptica diversa que en tanto va hacia fuera reverbera en el adentro. ¿Acaso no es esa  la enseñanza de Hesse, Whitman, Pessoa y Cavafis? ¿De Daniel Defoe y Hemingway? El viaje es un deslumbramiento para la ceguera interior. Por ello el viajero perfecto es quien consigue transformarse en su espacio interior sin partir de su árbol. Una utopía. La miopía propia de la humanidad nos evita alcanzar una conciencia en el espíritu que no sea experimentada también por el cuerpo. Esto tiene sus ventajas. El sexo y el arte, por ejemplo. La experiencia de lo sagrado y la plenitud, por ejemplo. Enterarse de otros mundos y transformar el propio debería ser una responsabilidad obligatoria del humano. Por eso el viajero, por eso la literatura. Por eso las historias que me contará María Yarce.

¿A qué he venido?

He seguido el perfume en el jardín

Indalencio Peláez en 1860, acompañado de su esposa Clara Echeverri y una cuadrilla de trabajadores, cruzó las montañas para construir la hacienda El Jardín. Me parece estar escuchando la historia de la fundación de Macondo. La historia de los pueblos colombianos que han surgido de la búsqueda, el infortunio, el cansancio y la suerte. Jardín fue nombrado municipalidad el 3 de marzo de 1882. Sus habitantes sostienen la economía principalmente de los cultivos de café, de caña, fríjol y plátano. También ha sido un destino turístico que en los últimos cincuenta años ha demostrado ser una de las perlas ocultas en los bosques antioqueños. Me apena ver que el pueblo que viene de otro siglo, con sus calles empedradas y sus casas coloniales, lleno de balcones que no se pueden contemplar sin imaginarse una mujer de abanico que le roba suspiros a los hombre en el suelo,  parece estar construyendo un pueblo para extraños. Vivir la vida de otros es el destino de las ciudades turísticas. Ya las haciendas son también hostales. Y las casas de marcos coloniales abren todas sus ventanas para que otros contemplen la intimidad de una casa que aún puede contener el aire que respiraron los que cruzaron por primera vez la montaña. No me juzguen, disfruto a los viajeros pero detesto a los turistas. ¿Cómo puede conservar su esencia un pueblo que se da siempre al servicio de otros?

Supe caminar por sus calles,  por su parque central que está sembrado por mesitas de colores y sillas de fonda. Disfrutar el café bajo el cielo de Jardín, contra el canto de los loros orejiamarillos y los guayacanes, bajo ese tridente que apunta al cielo, La Basílica menor de la Inmaculada Concepción, ese pedazo del paraíso que fue puesto en la tierra pero que fue construido con penitencias, sudor y martirio.  La construcción de la basílica se dio entre 1918 y1949. Comenzó por el descubrimiento del padre Ezequiel de Jesús Pérez de una cantera de piedra en la vereda Serranías.  También encontró una calera de beta de cal en la vereda Río Claro. Con estos hallazgos, el padre  Juan Nepomuceno Barrera, quien había pasado una temporada en Europa y cuyos dotes administrativos eran bastante bien conocidos en la región, comenzó el enorme proyecto de levantar un altar donde el mismo Dios quisiera poner el cuerpo y la sangre de su hijo. De estilo neogótico, la basílica se levantó mientras mandaban a los penitentes a que trajeran desde la cantera tantas piedras como pecados habían cometido. La Basílica tuvo también una resurrección: tras el terremoto de 1979 que destruyó 250 casas y gran parte del parque principal, una de las torres de ésta tuvo que ser intervenida de urgencia para que siguiera mirando con gracia a los cielos.

Jardín posee un sistema ecoturístico eficiente. Los tres días que estuve pude notar la cantidad de viajeros nacionales y extranjeros que se aventuran a visitar los caminos de herradura, las cascadas y las haciendas. Entonces es imposible no llegar al ojo que Dios ha abierto para que los ángeles nos vigilen, esa caída de agua de 11 metros, que los lugareños han llamado la cueva del esplendor. Una formación cavernosa que deja pasar el agua como si viniera de otro lugar que no ha sido reservado a la vista de los mortales y donde uno puede sorprenderse en qué medida la luz es como el agua. Entrar en las aguas de la cueva del esplendor es darse un baño de sol, porque sus aguas aún no se han separado de la luz que desciende con ella desde los cielos. 

Jardín, entre el ensueño y la miseria. Un interregno entre dos mundos.

La mujer que parió un sapo

Bernardo Álvarez, segundo comandante del Cuerpo de Bomberos de Jardín, nunca sale de su casa sin la cadena que le regaló su esposa.  Cuando recibe una llamada de María Yarce, se toca el cuello y en ese momento la llamada se hace menos temible.

—A veces la señora María nos llama— Nos dice el comandante Álvarez en una de las mesas del parque de Jardín. Saborea su café que se une a los otros aromas que parecen acomodarse en los árboles con los pájaros.— cuando nos llaman es porque esas personas gritan, patalean, no se controlan. Uno tiene que ir decidido, no puede dudarlo, porque ellos van dispuestos a agredirlo a uno. Ellos vomitan, tienen los ojos como si se les fueran a salir de la ira, yo cuando vivo una cosa de esas voy a misa como un mes todos los días del miedo que se me meta algo. La señora María siempre nos llama, y nosotros los sostenemos mientras ella les hace sus rezos y sus trabajos. Una vez a mí una se me agarró del cuello y casi me ahorca, le cuento.  Ahí es que uno entiende que existe el bien y que existe el mal, que Dios existe y que el diablo también… Es que vea, decirlo es una cosa, escuchar que a uno le cuentan, o contarlo a una persona es una cosa, pero verlo es otra. Eso traquean los dientes, hablan con la voz de otro, con una voz gruesa, que parecen muchas voces…

Sabía que lo que estaba diciendo era difícil que lo pudiéramos creer. Repite. “Una cosa es escucharlo de otro y otra cosa es verlo”. Se detuvo en su pensamiento y dio otro sorbo al café. Otro. Sabía que la historia de Gloria Vélez no era fácil de contar. Eran los tiempos en que Bernardo Álvarez comenzaba su camino en los bomberos. Recibieron una llamada de emergencia proveniente de una vereda. Tenían que controlar a una mujer mientras un curandero le sacaba el demonio. En medio de la batalla entre el bien y el mal, la mujer consiguió escapar. Saltaba entre los alambrados de un solo golpe mientras los hombres tenían que abrir un espacio entre ellos porque su altura era imposible de superar con un salto, para ellos por lo menos. Luego de más de una hora, la alcanzaron en las proximidades de una carretera. Cuando la devolvieron a su casa la mujer arqueó su espalda hasta el punto de hacer crujir sus propios huesos, de su boca la espuma, de sus ojos las ramificaciones rojas de las venas, los gritos incomprensibles. Las maldiciones. La ceremonia se llevó a cabo durante horas. los hombres tenían el cabello aplanado por el sudor y el sanador ya parecía con la boca llena de arena. El hombre ungió su frente con agua bendita y entonó los cánticos propios del oficio.

— Entonces el señor le echó una sal gruesa en las palmas de las manos y comenzó a salir humo de ellas, la empezó a quemar. Y le ordenó al espíritu que la estaba controlando que saliera en forma de animal. Entonces de debajo del vestido salió un sapo enorme que se perdió que de una, buscó cómo salir de la casa, y se perdió en el bosque. El señor insistió que había que dejarlo perder. Después yo me eché de esa misma sal a ver si me salía humo y nada. La muchacha quedo normal ahí mismo, cansada y sudada pero normal.

Al comandante Álvarez no le extraña que después de lo acontecido Gloria Vélez se dedicara a sanar con el poder de Dios. Muchos descreen que de verdad pueda hacerlo pero ella confía en que Dios cura desde sus manos. No ella. Dios. El comandante Álvarez nos consiguió su teléfono. Nos dio su dirección. Una Mariposa blanca nos acompañó en la pendiente que atravesaba los barrios de Jardín. Nos guió en el camino y Mauricio y yo nos sorprendimos cuando la mariposa, en medio de una delicada lluvia, se posó exactamente en la que era la puerta gruesa, de madera verde, que servía de entrada a la casa de Gloria Vélez.  “Dicen en mi casa que las mariposas son espíritus” le digo esperando su reacción.

Gloria se encontraba en Medellín, solo atina a confirmarnos la historia y a glorificar el poder de Dios que sana desde sus manos. ¿Qué habrá sido del sapo?

Le llamé El Gólgota

El arte religioso causa en mí una sensación que oscila entre lo majestuoso y lo tenebroso. Los claustros, las abadías, los monasterios y las exposiciones me han llevado al desenlace de las lágrimas. Nunca he sabido si de emoción o de miedo. En uno de los costados del parque de Jardín se encuentra la Casa Museo Clara Rojas Peláez, la cual hace parte de una estructura mayor. La Institución Casa de la Cultura Moisés Rojas Peláez. Hermanos. Hijos de los primeros dueños de la casa, que pertenecían a las primeras familias que poblaron el territorio. Es una casa colonial española cuyos muros se han levantado bajo la técnica prehispánica del bahareque. Fue construida a finales del siglo XIX, de zaguán amplio, con solar cuadrado cuyo centro posee una fuente de agua. de jardinería colorida y silencio neblinoso. En una de las habitaciones está la colección de arte quiteño y religioso que fue donada en su mayor parte por el sacerdote Bernardo Jaramillo Calle.  Posee más de ochenta piezas cuarteadas, sin ojos, con rostros desfigurados por el tiempo, en una habitación que es abierta con la figura de una monja en la presentación de un vanitas que revela el fin de las pasiones humanas. Mitad lamento, mitad cráneo: mitad de mi alma se quedó en la contemplación del cuadro. En el fondo, las lápidas de los dos hermanos que dan nombre a la casa. 

Fotografías: Mauricio López

Al hombre incrédulo y abierto que nos explica la casa le pusieron el nombre del presidente más crédulo y conservador. Marco Fidel Suárez, el hijo del guajiro, el que vendía mangos en el parque de Jardín y es casi una celebridad. Marco Fidel, de risa incontenible pero medida. Es capaz de sostener por cuarenta minutos una charla donde justifica las razones sociales, culturales y científicas por las cuales hay que entregarle únicamente un valor antropológico al fenómeno de las curanderas y los sanadores. De cómo las historias de brujas y aparecidos solo alcanzan a ser literatura. De cómo la historia de los charcos de sangre en cada esquina del parque de Jardín o la de los espantos del cañón cercano a la cruz solo son producto de los camioneros y las historias propias de la cultura antioqueña. Sucede que Marco Fidel Suárez, como su homónimo presidente también, es atacado por una revuelta. El nuestro, mientras conversa, empieza a flaquear en su interior.

—Ser escéptico es mi manera de estar tranquilo, pensar mucho en estas cosas puede quitarle la tranquilidad a uno. Prefiero no pensar en eso, aunque por ahí hay historias muy bonitas como la de carabina, una muchacha que se iba a casar y el hombre nunca apareció y ella se paró en la esquina del parque toda la vida esperándolo hasta que se murió, de hecho sí es verdad… lo que pasa es que dicen que después de muerta se aparece y lo sigue esperando. Yo sí creo en las energías, pero insisto en que soy muy, muy escéptico—.

Su escepticismo lo lleva a contarnos entre risas que en su juventud se supuso que había sido poseído. En medio de una eucaristía convulsionó a la manera de los que han caído en los abismos del demonio. Ríe. Define su acto como un estado extremo psicozomático. Pero no le da más importancia. Para él solo queda una historia.

— Supongo que en esto de lo sobrenatural están también los milagros. ¿Ustedes saben la historia de la cruz grande, la que está allá en ese monte?

A Gerardo le dicen el guajiro porque en sus tiempos de juventud llevaba una melena montaraz. Tuvo diferentes empleos en el parque como vendedor. Era locuaz y conocido. El guajiro, luego de casarse estuvo esperando por diez años conseguir embarazarse con su esposa. Los tratamientos médicos fracasaron en su totalidad, no hubo rezo ni promesa, ni médico que llenara el vientre de la esposa de Gerardo. En la vereda La Selva hay un cerro que, según las historias, había servido para desaparecer a los muertos del grupo La Escopeta, un ala paramilitar que operaba en el suroeste antioqueño. Entonces Gerardo, tentado por la historia oscura que abrazaba al cerro, se empecinó en levantar una cruz gigante de madera como ofrenda al Dios del cielo y la tierra, al que pidió la sangre de Isaac, el Guajiro le entregaba el recuerdo de  cuando Él entregó a su propio hijo.  El amor de Dios, según los católicos, es espera y sacrificio. La cruz de madera debía ser cambiada continuamente debido a la fragilidad del material frente a los embates de la lluvia, el sol y los vientos. De modo que Gerardo, con rifas y súplicas consiguió los medios para levantar una imponente cruz de 18 metros de altura, de metal y con bombillas, cuyas cercanías están mediadas por otras catorce más pequeñas que son las estaciones para el viacrucis. Finalizaba el año 1995 y principiaba 1996, el año del nacimiento de Marco Fidel. Periodista y comunicador. Lo han celebrado como al milagro viviente de Jardín, el niño que nació de la cruz. Por eso, cada 3 de mayo, día de la Santa Cruz, los fieles suben hasta el santuario de la cruz, algunos arrodillados, otros azotándose, otros rezando, hasta una vez un hombre arrastró una cruz gigante de cemento hasta el cerro. “El milagro” siempre se ríe cuando termina una historia.

Son las  5:30 pm. María nos ha citado a las 6:00 pm. Caminamos a casa de ella con la cruz de La Selva ya iluminada. El Gólgota del Guajiro nos vigila en la lejanía. María Yarce ya debe tener el café caliente.

Querido lector: si desea seguir conociendo desde adentro la historia de María Yarce, sus historias increíbles, lo invitamos a que visite Opinión a la plaza el domingo 17 de enero con la parte final de esta crónica: ¿Dormirán cómodos los ángeles en la mano de María? Los esperamos.

Un comentario sobre “¿Dormirán cómodos los ángeles en la mano de María? (Primera parte)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s