¿Dormirán cómodos los ángeles en la mano de María? (Final)

Primera parte

Segundo diario de la mañana

Anoche vi un perro revolcándose en los restos de un murciélago. Un hombre al que llaman el demonio adivinó la charla que teníamos Mauricio y yo: estaba a más de 10 metros y se nos acercó para decirnos exactamente lo que andábamos buscando. Anoche tuvimos la segunda conversación con María Yarce. Quizás Marco Fidel tenga razón, la sugestión logra desbordar el imperio de los sentidos. El mundo de Jardín ha cambiado para mí. Oigo un rumor que está detrás de las cosas. Oigo un secreto que nadie ha jurado defender. Oigo que la vida tiene pliegues donde yacen escondidos los cantos de los dioses. También de los demonios. ¿A qué he venido? Vi un pueblo trazado en un límite. Parece una ventana desde la cual El Creador y el Demoledor nos espían. ¿Serán el mismo? ¿La misma ficción confinada al miedo de la humanidad? ¿La misma verdad oscurecida por el secreto y la negación? Me asalta la mística. La revelación que puede ser un augurio interior, más que una realidad que muestra una extensión de otros mundos sobre este mundo, puede ser mi pequeña extensión, de humano, explicando lo que no tiene nombre. Vi un joven desmayarse por el poder de la mano derecha de María Yarce. Vi  las romerías apelmazadas en sus puertas como las ánimas en pena suplicando el paraíso. Es domingo. El misterio, como decía Pessoa, es alguien que piense el misterio. Ningún acontecimiento que haya visto es lo suficientemente ensordecedor para aceptar sin miramientos la realidad de las posesiones, las sanadoras de la palabra y sus misterios. Ningún acontecimiento me hace descreer tampoco. Me sobrevive la historia. Lo que debo aceptar es que algo en mí se movió de sitio sin razón alguna. Algo en mí cambió de lugar y dejó un espacio al desconcierto. A la voz dormida que habla desde las montañas, en otras lenguas y desde otros tiempos. 

 Vi las magias que pasan por ciertas, imponerse sobre las alternas: vi al sacerdote Fabio Quiceno mirarme. Sonreírme. Decirme que él mismo ha realizado limpiezas de demonios. Que él ha rezado a poseídos. Que me pase por Andes, donde había sanado a una mujer. Me da su número. Me advierte que no crea en brujas y curanderas porque ellas lo hacen desde el mal y por dinero. Una ráfaga de viento despeina las cimas de su sotana. Se desordenan las hojas de la rifa. Vi que sus manos no dejaron moverse a la torre de billetes que aprisiona con celo. No le cabe el dinero en la bolsa que lleva. Vi a un vendedor de escapularios en el atrio de la iglesia ofrecer el cambio de las cuencas y las manillas, de falsos ídolos, las de los indígenas, por las imágenes sagradas de la iglesia. Dice que esos símbolos los conjuran para la idolatría mientras un sacerdote, entre susurros, reza los escapularios. Vi al vendedor mirarse las piernas cuando le pregunto en qué se diferencia un rezo cristiano de un rezo indígena. Es el dios verdadero, me dice. Hay mucha sangre derramada en nombre del Dios verdadero, le digo. 

Fotografía Mauricio López

María llena eres de gracia

Usted sabrá mirarme con asombro. Me cuenta de cómo el mundo se fue al caño. Su única evidencia es el programa A caso cerrado que sigue desde la pantalla de su celular. Usted no lo sabrá, pero me he preguntado cómo es posible que la curandera que tiene la sagacidad para encontrar cualquier mal puede creer las fechorías de este programa. Usted ha llamado a Amparo Marín. Una mujer que varía entre la amistad y la adoración. No es para menos: usted le ha curado fracturas, dolores, malestares, le ha rezado hasta el café que se toma en las mañanas. Usted me mostrará las hierbas que usa para soldar huesos, también su altar, donde están todos los santos y los frascos llenos de variopintas pócimas. Usted no lo sabrá pero mi preferido es el estante de su extensa licorera. Atiende a los pacientes en una silla que más parece un trono: me muestra el aguardiente rezado que usa para sanar la culebrilla. Usted me explica el procedimiento: reza el aguardiente con las palabras que le enseñó el hombre en el viaje a Bogotá. Encierra el camino de la culebrilla con el aguardiente. Usted me dice que el aguardiente rezado se vuelve lechoso. Usted no lo sabrá pero alcanzó a subir por mi espina dorsal un sudor frío al ver que el aguardiente se volvió lechoso. Es un coctel que no pretendo intentar. Con el aguardiente dibuja círculos en la culebrilla. El hombre se balanceó, como buscando el suelo. Con una cuchara caliente quema las  pústulas que deja la culebrilla. Usted me dirá que a esa enfermedad los ricos la llaman Herpes Zoster y los pobres le dicen culebrilla. Que los ricos van al médico y los pobres donde ella. Que después los ricos no se curan y pobres, ricos, bienaventurados e hijos pródigos terminan donde ella. Usted recomienda una sumatoria de inyecciones y pastillas para acompañar los rezos. Usted no lo sabrá pero justo ahí se me ha desdibujado el milagro.

Fotografía Mauricio López

Su hijo, John Fredy, nos dice que usted puede prever las cosas antes de que pasen. Amparo asiente. Usted tuvo un viaje. El viaje lo hizo con un sacerdote. En medio de las diligencias y los requerimientos, de las tareas y los cansancios, usted alcanzó a ver en sus sueños que un hombre se había ahogado. Estaba prendido de una enramada sobre la orilla del río, cuya corriente poderosa se disputaba el cuerpo con las plantas. El hombre estaba atrapado por uno de sus brazos, al borde de perderse para siempre. Usted volvió del viaje. Fue a la casa parroquial a cortar el cabello de otro sacerdote, y ¿cómo te fue, María?, pues si viera, padre, que muy bien, lo único malo es que soñé mucho con que un muchacho se había ahogado y que estaba pegado de nada de una enredadera. ¿Cómo así, María? porque esta mañana un muchacho se perdió en el río, ¿Cómo es el lugar donde lo vio? Amparo asiente cuando es revelado que el hombre fue hallado en las condiciones exactas en que usted lo había soñado. También soñó el atentado de las Torres Gemelas el 11 de septiembre del 2001. Se lo contó a Rodrigo, su esposo. También a sus hijos. Usted soñó que un hombre tomó un hacha y derribó dos árboles enormes. El hombre era delgado y de barba larga. No fue sorpresa para usted cuando reconoció a Osama Bin Laden en los noticieros de la noche. A usted le gusta insistirme para que tome tinto. A mi me gusta declinarlos, más por la hora  que por disgusto. Usted dice que no tomo tinto porque me da miedo volverme negro.  

Usted sabe que dormir hasta las once del día no es una costumbre sana. Pero tiene una excusa que sabe enfilar hacia mí: una mujer, que hace sanciones y exorcismos la ha regañado. Mija, usted se me está desdoblando mucho por la noche  y eso no es bueno, oigan a esta boba, yo no hago eso, Sí, usted tiene una pijama con flores en el pecho, de pantalón rosado, ¿cierto?, Sí, pues una noche yo estaba haciendo una limpieza y usted fue y me ayudó, me salvó la vida porque esa noche yo perecía. Usted me dirá que hay quienes la han visto deambulando en la noche, haciendo sanciones. Que ha visitado habitaciones, curado culebrillas a distancia, quitado dolores nocturnos y hasta asistido partos. Porque usted dice que si algo ha hecho es ayudar a mujeres que no pueden quedar embarazadas a que por fin lo hagan. Amparo sabe decir que usted tiene muchos hijos. Se refiere a la cantidad de partos que ha propiciado. Usted me enseñará a preparar la yuca para el momento en que los espantos no me dejen dormir, y me ayudará a ponerme el cobre que atrapa las malas energías. Usted le encontrará el remedio al policía de Hispania. El que asegura que todas las noches lo masturban. Una mujer que le aprieta los testículos y lo ahorca. Usted ha visto las marcas. El policía del desespero cambió los turnos. Buscaba trabajar en las noches y dormir de día para preservar de las manos de la bruja al pobre príapo deslenguado. Usted dice que no surtió efecto. La caricia de la luna no temía del sol. Usted le pidió las chanclas al policía, unos calzoncillos negros y un limón. Usted no me da detalles de la ceremonia. El policía comenzó a dormir bien. Sus noches se hicieron plácidas hasta que un día, dice usted, quien le estaba haciendo el mal pues busco el trasero de ese pobre hombre, y lo violó, jí, pues entonces le dije que se me acostara con una mujer, y dígale a esa mujer que se recueste muy donde usted está cubriéndole la nalga, porque ese ser no la viola a ella y tampoco va a encontrar cómo violarlo a usted, y ahí está el tipo durmiendo de lo delicioso del mundo. Usted me dirá que lleva veinte días tratando al policía. Usted me ha tomado confianza. Me enseña cómo mezcla el carbón y la leche para tratar la culebrilla, John Fredy le insiste en que me diga mis designios en el amor, ehh, papi, espérese a ver, es que yo no puedo mamar y silbar por más bruja que sea.

Usted me contará de los políticos que han llegado pidiendo su rezo para alcanzar la cima en las urnas, de los sacerdotes que no encuentran sosiego en su fe y necesitan de su mano. Del psicólogo que, usted cree más loco que cualquiera y que ahora puede dejar descansar su mente gracias a sus trabajos. Usted no dejará pasar mi pregunta por el Cristo Negro. Una noche su hijo y un amigo corrieron por el monte. Entre los surcos de una quebrada lograron descifrar una figura que identificaron inmediatamente. Solo se alzaba su mano sobre la corriente de las aguas. Los dos hombres intentaron arrebatarle el Cristo al río pero la figura se aferraba entre las aguas y la tierra. Intentaron con un machete, intentaron remover la tierra de los alrededores. El Cristo no cedía. Temerosos acudieron a María. Usted tomó el camino hasta encontrase con el Cristo, lo rezó mientras John Fredy tiraba de él. Cuando el Cristo pudo ser retirado, ligero y sin sobresaltos, notaron que tenía solo dos de sus dedos extendidos. Era 1998 y en el pueblo comenzó el rumor de que María Yarce había dicho que el mundo se acabaría en dos años, como lo señalaba el Cristo. Justo en la noche que comenzaba el nuevo milenio se acabaría el mundo. Usted no desmintió ni afirmó los rumores, pero dejó el Cristo afuera de su casa quince días mientras un sacerdote católico lo bendijo. Quédese con él, déjelo acá, de pronto ese Cristo es el que ha protegido a Jardín de muchas cosas que  han podido pasar y no pasaron. Si cambia de color, si se agranda, si cambia de forma, lo llevamos a Jericó o hacemos que el obispo venga. Usted dice que el Cristo está más negrito y lo pone sobre mis piernas. Puede ser que usted ha notado mi espíritu intranquilo y poco conciliador, le ha impuesto a mis muslos el salvador de Jardín, para que no tenga yo que recurrir a los estratagemas del Sargento Santo Tomás. Que vea en la historia lo que tiene de buena historia, que entienda el poder sanador de la palabra como he creído en el poder sanador de la poesía. Usted me toma de la mano, ahora no importa si sos creyente o no, gordo, lo importante es que cambiaste, caguetas.

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