Tres poemas de Yenny León

Druida de humo

Audio: poema en la voz de la autora.

I

Marosa alimentaba su escritura con árboles arrepentidos. Ella entreabrió la noche con manos secretas que alargaban los lirios. La gloria del amor se le presentaba sinuosa, como la muerte tras la última resurrección.

El cuerpo enorme siempre fue una carga. Mas encontró en los huertos, verdaderos hijos de la tierra, regazos fértiles para protegerse en su osario diminuto y alimentar al destino.

II

Por la lluvia no olvido la forma del horizonte.

De los gritos de mamá surge una hiedra que desciende sobre los míos.

A través tuyo, marchito mi lengua en la esquina de un continente macabro.

No me acostumbro a la medianoche y su rumor de cipreses encendidos, ese que cae de lleno sobre el agua debido a su frío paso por el mundo.

Creo la cueva que mira al jardín cuando vuelco hacia los árboles mis pies de cerro. La colina guarda los moldes intactos de mis formas mientras mezo a las cabras en su despertar para evitar la caída de las hojas.

III

Guárdate aquí, Marosa, ante la tierra leve y la invasión del cielo.

Tatúa tu nombre en la corteza del sueño y hechiza tu dolor para que te abandone como flor que se pierde entre la hierba.

Juzga a quien golpea el cristal del viento y arrópalo con inocencia.

Asciende como un canto radiante y cobíjame dulcemente con el pequeño grito de la entraña para no olvidar nunca el llamado del jardín natal.

Imagen: Yuliana Miranda

Jardín

Audio: poema en la voz de la autora.

Como si tuviera
un reino de fábulas dormidas
un azar multiplicado en su punta
la hoja desperdicia
sus caras al viento.

su pequeño vientre repite el crujido
de un madero a medio hacer
balbuceos del cedro
la voz del jardín que se pierde, extraña,
construyendo la vida
error
tras
error

Mujer sentada con su rodilla flexionada

Audio: poema en la voz de la autora.

Primero, entiende que estás a leguas de una mujer tirada en el
piso a la que nadie le celebra la vida y tiene un ciempiés
enredado en su oído izquierdo.

Segundo, busca piedrecillas para tirar al lago y no las
encuentres jamás.

Tercero, siéntate en ninguna señal, dobla tu rodilla izquierda,
trata de ver dentro de tus ojos y date cuenta de que, como los
niños, no evitas tu soledad, la transpiras.

Cuarto, siente tu cabello castaño, un caracol que retrocede
sobre sí mismo. Recuesta tu cabeza sobre tu rodilla izquierda.

Quinto, tu blusa verde transpira bosque y ondea hierba sobre
la intemperie a la vez que tus medias de oscuro arcángel
enmascaran los pliegues de otras horas.

Sexto, abraza con ambas manos tu pierna izquierda
doblegada. La mano izquierda debe quedar sobre la mano
derecha erigiendo un gesto fantasmal de anfiteatro que se
extiende hasta los pies, difuminándolos.

Séptimo, el blanco es el error, está instalado en el espacio y
con su hielo ya no es materia de castillos de papel.
Permaneces entonces en la casa blanca que bebe del cielo
inagotable. Lentamente te fundes con ella.

Ya no queda ni el vocablo ni la muerte y quiebras así la
incomprensible maquinaria del mundo.

Imagen: Yuliana Miranda

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