La memoria como rebeldía

Eran los tiempos de los emperadores romanos. El senado convocaba un cónclave para determinar el estado de valor que poseía el gobierno de un emperador fallecido. Si las obras del gobernante eran celebradas como dignas, el emperador era elevado a la categoría de un dios. Este procedimiento se conocía como apoteosis. Si ocurría que las obras eran condenadas como ignominiosas, el emperador era desterrado de la memoria de todos, borrado de las imágenes y efigies, eliminado de la faz de la tierra hasta el fin de los tiempos. Al procedimiento se le nombró damnatio memoriae, en español, «condena de la memoria». Esta práctica no fue del todo aceptada dentro del imperio dado que muchos de los gobernantes condenados al damnatio memoriae eran juzgados por razones carentes de fundamento, amañadas y bajo los intereses del sucesor en el poder imperial. 

Era la distopía del Gran Hermano. En 1984, la ficción de George Orwell, todos los miembros del partido que son descubiertos contrariando de acto y pensamiento los preceptos del Gran Hermano, son sometidos a la «vaporización». Esto es una desaparición de todo registro de la existencia de una persona, la eliminación de su presencia en la memoria de quienes la hayan conocido y su desaparición física. Pasan a ser propiedad de la nada y su vida no entrará ni al terreno de la negación porque jamás será nombrada. Una práctica similar a la damnatio memoriae. Hay algo más de la metáfora orwelliana que se inscribe en el problema de la memoria: el Ministerio de la Verdad. Una entidad encargada de tratar a la historia como un gran palimpsesto que se escribe y se reescribe constantemente en función de las necesidades de la institucionalidad, del partido, del Gran Hermano. Una historia de mentiras que todos saben mentiras pero que de igual forma todos saben verdad. La confusión de una historia sin memoria, que persigue fines susceptibles a cualquier manipulación necesaria para el mantenimiento de la institución. Todo esto sustentado en los principios del Doblepensar. Un concepto propio de la novela: “Doblepensar significa el poder, la facultad de sostener dos opiniones contradictorias simultáneamente, dos creencias contrarias albergadas a la vez en la mente. (…) Decir mentiras a la vez que se cree sinceramente en ellas, olvidar todo hecho que no convenga recordar, y luego, cuando vuelva a ser necesario, sacarlo del olvido sólo por el tiempo que convenga, negar la existencia de la realidad objetiva sin dejar ni por un momento de saber que existe esa realidad que se niega… todo esto es indispensable”. 

Tanto el damnatio memoriae como las pretensiones totalitarias del Partido en 1984, tienen su fundamento en la idea de que la verdad no está ligada a una manifestación empírica de la realidad histórica sino a un juicio moral de los acontecimientos: estos son verdaderos en tanto son buenos. Esta idea de la historia acarrea dos problemas: el primero pone en juego el límite entre la historia —como disciplina— y la ficción literaria propiamente dicha, ya que es manipulable según la conveniencia de un narrador implícito que entrega los valores narrativos: el poder hegemónico, en este caso. El segundo problema es que la historia se convierte en un ente legitimador de metarrelatos externos a la historia misma: la política, las religiones y los estados, ya que el pasado se edifica a conveniencia de quien ejerce el poder, entonces la idea de lo bueno, es decir, de la verdad, depende de los intereses pretendidos por las instituciones que legitiman el orden: lo bueno es un dominio restringido al sistema de realidad que impone el poder supremo.

De los dos problemas que se han enunciado el primero inserta la reflexión en el ámbito epistemológico, que fundamenta la historia como ciencia. El segundo propone la cuestión sobre la manera en la cual se puede enfrentar una historia manipulada para el beneficio del poder hegemónico. La conclusión es de dominio general: la memoria, más aún, la memoria histórica es la herramienta más efectiva para remover los cimientos que enarbolan toda una comunidad imaginada. La historia con fundamentos revisionistas, que propone lecturas transversales, que subvierten el orden establecido para ahondar en el entendimiento del presente. Nada nuevo. No obstante, sí es necesario entender el funcionamiento tanto de la historia para el ocultamiento como el de la memoria: ese ejercicio de la historia crítica y revisionista. 

La historia para el ocultamiento o los mecanismos de  la propaganda ideológica

Los ejemplos con los cuales abre este texto no dejan dudas acerca de la manera de cómo opera este nivel de la historia. Tanto las prácticas de los romanos como el totalitarismo de 1984 caracterizan la premisa que sustenta la historia para el ocultamiento. La historia deja de ser un documento que preserva la memoria de la humanidad para convertirse en un documento que justifica las acciones de los poderes hegemónicos. La preocupación que deja la historia para el ocultamiento es que no pretende una revisión crítica de los acontecimientos del pasado para entender el presente, sino que modifican a su amaño los acontecimientos del pasado para sustentar los intereses políticos del poder hegemónico. Es decir: pretenden transformar el pasado para otorgarle rigidez al presente, para cerrarle el paso a toda reflexión que no corresponda con los intereses del poder o que vulnere de cualquier manera su autoridad. Se puede afirmar que Colombia goza de incontables ejemplos de este tipo. El primero corresponde al 5 de diciembre de 1928. El general Cortés Vargas declaró “cuadrilla de malhechores” a los más de 2.000 huelguistas que se manifestaban contra la United Fruit Company. En el acto se abrió fuego contra la multitud y el parte oficial del gobierno fue de 9 muertos y otros más heridos. El propio Cortés Vargas afirmó, años después, que fueron 47 los muertos. El historiador Gabriel Fonnegra recogió testimonios en los que se afirma que fueron 200 y otros testimonios que afirma la cifra de 300. En su artículo “La masacre de las bananeras”,  Reinaldo Spitaletta dice : “El embajador de Estados Unidos en Colombia, Jefferson Caffery, en un reporte al Departamento de Estado sobre lo ocurrido el 5 y 6 de diciembre de 1928, dice que, según la United Fruit Company, el número de huelguistas muertos supera los mil”. Ahora un relato de nuestra historia reciente. Hasta el año pasado la Fiscalía afirmaba que los “Falsos positivos” entre 2002 y 2008 fueron 2.249. Pero la JEP afirmó el 28 de febrero del 2021 que la cifra haciende a 6.402, aunque las Madres de Soacha aseguran que los colombianos y colombianas desaparecidos mediante el sistema de “falsos positivos” podrían alcanzar los 10.000. Se pueden mencionar a los negacionistas del holocausto nazi, la historia oscura de Simón Bolivar arrasando comunidades indígenas, se podría hacer una lista de país a país, de poder a poder. La idea es la misma, se modifica tanto y tantas veces el pasado que termina por volverse un masa informe, difusa, de realidades múltiples que son verdades y falsedades todas: doblepiensa. Lo terrible del asunto es que la memoria de un país, el imaginario colectivo de una nación, termina por ser representativo no del el pueblo sino de un valor abstracto pero que modifica toda ejecución empírica: el poder. En este sentido, el pueblo no consigue tener memoria porque el poder tiene intereses que la cambian a su antojo.

La memoria como salvación

En la novela de Roberto Burgos Cantor, La ceiba de la memoria, Analia Tu-Bari, una de las voces profundas y ensordecedoras que grita desde las páginas, dice: “Mi memoria es un río manso que sé llamar”. El símil de la mujer lleva a pensar en la memoria como un flujo apacible en constante movimiento, que viene de un lugar distante y que acude al llamado, es decir, a la palabra, a la enunciación. La memoria, la historia revisionista, la memoria histórica, operan de manera inversamente proporcional a la historia como ocultamiento. Aquí se pretende encontrar una evidencia empírica del acontecimiento del pasado, fijarlo en una idea más o menos homogénea para conseguir diversas interpretaciones críticas, desde todo punto de vista. La memoria es polifónica y pertenece al pueblo. Mientras que la historia como ocultamiento pretende un recuerdo estático, la memoria propicia un recuerdo dinámico y crítico que se aleja de la institucionalidad para limitar su poder de establecer una realidad. Así el pueblo tiene la potestad de construir sus propias narrativas, desde sus expresiones culturales específicas y con la simbología que les ha sido dada por herencia. Un pueblo se narra desde su memoria y se construye bajo las bases de los símbolos que la preservan. Privar a un pueblo de la mutabilidad de la memoria es privarlo de su condición de sociedad humana, dado que no se puede re-crear ni pensar ni transformar desde el ejercicio de la autoconciencia, que en última instancia es un acto creativo. Dice Svetlana Alexiévich en Los muchachos de zinc: “ (…) eso es a lo que me dedico desesperadamente (libro tras libro) a disminuir la historia hasta que toma una dimensión humana” lo cual se enlaza con aquello que afirma en La guerra no tiene rostro de mujer: “Recordar es, sobre todo, un acto creativo”. La manera como la institucionalidad ejerce su control más efectivo sobre un pueblo ocurre cuando le arrebata su capacidad para recordar, puesto que en ese momento elimina la poiesis  (creación, producción creativa en griego) de la condición de comunidad que posee una nación. Así, todos los procesos que apuntan a la preservación de una memoria dinámica y crítica se consolidan como fenómenos de rebeldía que promueven el pensamiento crítico y la construcción de bienestar social.

Con todo esto, el entendimiento de los mecanismos de los dos fenómenos sí puede dejar una conclusión. El ejercicio de la memoria debe estar desligado de todo aparato institucional, debe realizarse al margen de todo gobierno mas este debe ofrecer las condiciones para una práctica autónoma de la memoria. El proceso debe equipararse con las condiciones que de manera utópica se ofrecen a la democracia. También la memoria es una forma de otorgarle el poder al pueblo, desde allí ejerce su construcción particular de la realidad-empírica-colectiva. No en vano los pueblos que pueden establecer su constitución en términos de memoria histórica poseen una claridad más amplia de su lugar en el mundo y su camino por recorrer. Recuerdo ahora una anécdota narrada en Hiroshima, el relato de John Hersey sobre la tragedia de la ciudad en las horas que siguieron a la caída de la bomba. Años después, el cronista visitó a una de sus personajes, Hatsuyo Nakamura. Era integrante de un grupo de danza y canto folclórico. El cronista la escuchó cantar:

“Pinos verdes, grullas y tortugas

Debéis contar la historia de vuestros tiempos difíciles 

y reír dos veces”

El resto es historia.

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