Tres pensadores apócrifos (microcuentos)

Filósofo sin espectadores

Era un filósofo que le gustaba discutir en el ágora, pero los demás le habían tomado ojeriza porque los cuestionaba con gran agudeza. Se iban desarmados cuando llegaba a hablar de sus teorías y exponer sus cuestionamientos. Un retórico que era rival y quien era muy amado por los ciudadanos pues usaba muy bien la armonía, la disposición y el tono de su voz en sus discursos, acudió una tarde ante él con la intención de dejarlo en ridículo. El filósofo estaba solo, pero no paraba de hablar.

─Por si no te das cuenta, nadie escucha tus palabras, filosofastro, y tu filosofar es nulo si nadie te escucha ni te controvierte ─le dijo el experto en retórica.

─No me interesa si nadie más me escucha ─replicó el filósofo a lo que agregó: ─ lo importante no es tener un gran público a quién hablar, lo importante es que, si uno habla, el otro lo escuche y lo escuche bien y sepa controvertirlo y yo he aprendido a escucharme y a controvertirme…

El retórico quedó en silencio y se fue después de imaginar respuestas ineficaces. El filósofo se quedó interpelándose a sí mismo en voz alta…

El escéptico

—Nada merece ser creído, ni siquiera mis palabras, más aún nada merece ser pronunciado- dijo un escéptico radical, quien, creyendo que sus palabras habían sido suficientes, desenvainó su daga, sacó su lengua y se la cortó frente a la plaza.

Cuenta la leyenda que el hombre fue muy coherente con su enunciado: no volvió a pronunciar palabra alguna.

Se cayó una idea

Mientras pasaban por una construcción, dos religiosos hindúes discutían a cerca de la naturaleza del universo. Un constructor sobre un andamio que iba a pegar un ladrillo detuvo su trabajo y se puso a escucharlos. Uno de los religiosos decía que la naturaleza del universo era puramente conceptual, que las cosas solo existían porque se les nombraban. El otro alegaba que esa naturaleza del universo era ilusoria; todo lo que percibíamos eran falsas sensaciones y eso daba la creencia de que en realidad existían. Del asombro, al constructor se le cayó el ladrillo que todavía sostenía en la mano e hirió en la cabeza al segundo monje.

El primer monje ayudó a levantar a su compañero. Cuando revisó que en la calva brillante de aquel había una hebra de sangre, le reprochó con voces elevadas al hombre:

─¡Tenga más cuidado!

Entonces el obrero respondió:

─No es nada, pueden continuar en lo suyo, solo imaginaron que se me cayó una idea.

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