Caldo de chulo

El ave de plumas negras llegó a la cocina de la abuela Tulia un lunes en la mañana. Yacía tieso en el fondo de un costal de fibra, tenía el pescuezo doblado y las patas amarradas con un trozo de cabuya. Ese día, 20 de noviembre de 1995, el almuerzo del abuelo Efrén sería caldo de chulo.

Cuando el médico le dijo que tenía cáncer en los ganglios, el abuelo decidió no someterse a las quimioterapias que le resultaban, además de dolorosas, muy  costosas. El abuelo vivía de la agricultura, que no iba muy bien por la época, en un pueblo a dos horas de la ciudad donde realizaban estos tratamientos especializados. Era un hombre con una vida sencilla no apta para semejantes correrías. Así que prefirió estar en casa con la abuela, en compañía de sus catorce hijos, caminando día por medio hasta la finca hasta que sus fuerzas se lo permitieran.

La noticia tomó por sorpresa a la familia y en tanto se enteraron, cada cual comenzó a llevar remedios a la casa: que unas pastillas que no sé quién traía de la China, que el San Gregorio con el vaso de agua al lado de la cama, también llegó el cuento de la amiga de una vecina que le dio caldo de gallinazo a su hermano y que con eso se curó del cáncer, que eso sí era bendito.

Ester, la hija mayor, le pagó siete pesos a Argemiro, el señor que se encargó de darle de baja al carroñero, trabajo poco usual y nada fácil. Prepararlo, después de muerto, parecía ser más sencillo, igual que con una gallina: desplume, saque tripas, corte las presas y cocine. La abuela Tulia alistó una olla con agua hirviendo para remojar el ave y aflojar sus plumas gruesas, afiló el cuchillo contra una piedra para rajarle la panza y sacarle las tripas de un solo corte, también picó papas criollas, zanahorias, tomates, cebollas y cilantro para sazonar el caldo.

Tulia era una mujer fuerte, asumió la enfermedad del abuelo con la resignación propia de quien acepta la voluntad de Dios. También era una mujer de pocos escrúpulos. A las gallinas las mataba retorciéndoles el pescuezo con las manos, las cucarachas las aplastaba de una palmada en seco y a las ratas las agarraba por la cola y las golpeaba contra el suelo hasta asegurarse de que estuvieran muertas. Aun así, el chulo la puso en apuros. Tuvo que alejarse del cadáver más de una vez porque el olor le provocaba ganas de vomitar. Para arreglar una gallina se tardaba veinte minutos, con el gallinazo fueron dos horas. Entre los cortes de tripas, rellenas de podredumbre, llegaban las náuseas, entonces debía alejarse a tomar aire y limpiarse las lágrimas que le salían por las arcadas.

El plato no se veía mal y olía a una sopa cualquiera. Algunos tíos llegaron para presenciar ese momento. La abuela llevó el caldo humeante hasta la cama donde el abuelo pasaba cada vez más tiempo. Del plato sobresalían trocitos de carne con algunas ramas de cilantro encima.

Mijito, tómese este caldo de palomo, y se sentó al lado del abuelo que ya se acomodaba para recibirlo a cucharadas. Del otro lado de la ventana Ester y otros dos tíos tenían la mirada fija en la cara pálida del abuelo. Cuando la primera cuchara con caldo se acercó a la boca seca del abuelo, los tíos sintieron un revolcón en el estómago y se esforzaron por contener las ganas de vomitar. El abuelo tragó y ellos se miraron con fe y asco, esperaban la reacción del abuelo que, después de tragar, no dijo nada. Recibió la mitad del caldo y ni una palabra, tampoco algún gesto de desagrado. Nada.

Después del almuerzo, la abuela tenía otra misión: enterrar los restos del chulo. Se amarró un trapo en la nariz, agarró las plumas y las tripas y las echó en una bolsa negra que amarró con tres nudos. Entonces las llevó al patio y, al lado del viejo árbol de cidrón, se arrodilló y comenzó a escarbar con las manos. Cuando el hueco tuvo la profundidad suficiente, y de nuevo conteniendo las ganas de vomitar, lanzó la bolsa y le echó tierra encima. Cuando terminó sintió alivio, se lavó las manos y olvidó el olor.

Más tarde se escuchó un alboroto en el patio, la abuela se asomó por la ventana y vio que, sobre la tierra recién movida donde yacían los restos del chulo, se alzaba la figura de un ave negra con las patas tiesas y alas extendidas. El escalofrío que corrió por el cuerpo de la abuela se llevó el alivio que horas antes había sentido  y a su nariz volvió el olor a podredumbre. La abuela lloró. Soltó las lágrimas que había contenido desde que el abuelo enfermó. Lloró en silencio, parada frente a la ventana, mirando el gallinazo que seguía inmóvil.

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