La escritura y la vida: 3 libros sobre el sobrevivir y el sentido (1/3)

El hombre en busca de sentido (1946), La trilogía de Auschwitz (1947-1963-1986) y La escritura o la vida (1994). Cuando decidí escribir una reseña sobre estos tres libros, en lo que pensaba era en dejar un testimonio de mi paso por las páginas y darle un lugar en lo real a la experiencia de lo leído y así no permitir que el recuerdo de lo que había experimentado en las páginas se deslizase hacia su natural rincón de olvido y memoria difusa; lo hice porque quería pensar sobre lo que los tres autores: Viktor Frankl, Primo Levi y Jorge Semprún habían, tan inteligente y sensiblemente, abordado en sus memorias sobre los campos de concentración nazi: los Lager.

Lo que sigue no dejará de ser una reseña sobre los libros, pero también será una invitación a pensar lo que estos autores plantean en relación con lo que hoy vivimos. Además, no creo que para hablar de Colombia haya que remontarse a un episodio tan trágico de la humanidad como lo fueron los campos de concentración Lager (después de todo a Colombia le sobra tragedia propia). Si acerco estos tres libros al presente es porque el hilo conductor que los une (muy parecido a lo que hace de Colombia una nación) es la historia de la supervivencia y de la opresión infinita, de la desesperanza y la muerte de los que se atreven a ser mejores de lo que las circunstancias que los rodeaban les permiten, de la búsqueda y la pérdida del sentido, pero también de la muda (o no tan muda) esperanza al final del silencio que pretende sepultar el dolor. Es la historia de la capacidad del ser humano de resistir y, teniendo suerte, de resignificar la vida y volver a mirar al cielo, volver a escuchar los pájaros.

El hombre en busca de sentido (1946)

El primero de los tres libros que abordaré, El hombre en busca de sentido de Viktor Frankl, es una catarsis, pero no pretende ser solo el relato de las memorias del autor. Viktor Frankl, sobreviviente del campo de concentración de Auschwitz, fue un psicólogo austriaco de origen judío que posteriormente a la liberación de los campos de concentración Lager volvió a Viena donde dictó su historia durante nueve días a tres asistentes que mecanografiaron pacientemente su relato hasta que por fin Frankl se detuvo, se apoyó en una silla y lloró, desahogándose de sus recuerdos. A pesar del carácter profundamente íntimo que se intuye a través de esta anécdota sobre la creación del libro, Frankl, desde el comienzo de este, deja claro que el punto no está en su experiencia personal sino en el análisis del ser humano en relación con la tragedia. Frankl logra una separación de sí mismo como persona, de aquello que vivió y de aquello que relata, esto, tal vez, con la intención de hacer de sus recuerdos material de estudio y no solo anécdotas del horror. Lo que logra es una descripción de la vivencia del campo y sus vicisitudes centrada en la reflexión sobre el acto de sobrevivir.

Al iniciar la lectura uno se da cuenta que los recuerdos del autor son abordados con rapidez y no pretenden ser el centro del relato, esto resulta una elección a consciencia por parte de Frankl quien elige pasar por sus recuerdos y los detalles apenas lo necesario para abordar el tema en cuestión: la búsqueda de sentido. Además, creo que resulta interesante el hecho de que al dejar tantos espacios “vacíos” (el libro pronto demuestra su desinterés por los detalles) la sensación de que genera el autor al negarse a entrar en detalles no es la de un libro superficial sino la de un libro que adrede niega el espacio al horror y a la búsqueda de la empatía (el autor no quiere ser consolado) para dárselo todo a las ideas y al pensamiento sobre el espíritu humano y sus movimientos internos en circunstancias tan desesperanzadoras como lo fueron los Lager. El vacío, la falta de detalles en el relato de Frankl, genera incógnita, misterio y espacio para la reflexión. La reflexión central, por su parte, es la del dolor o más bien la del sentido del dolor, o la del sentido a pesar del dolor si se quiere.

Además de la inmensurable suerte que se había que tener para sobrevivir a Auschwitz, Frankl sabe que lo que lo salvó a él y a tantos otros fue la decisión de sobrevivir basada en que encontraron un sentido al acto de seguir con vida, los que sobrevivieron fueron entonces aquellos que poseían lo que él llama “orientación hacia el futuro”. En principio tiene sentido, si se quiere vivir hay que vivir con la certeza de que se vivirá también mañana, de otro modo, carece de propósito el esfuerzo. Pero en los Lager, ¿cómo puede ser bueno para la mente saber que se vivirá otro día? Después de todo, cada día era el infierno del hambre infinita, de la indignidad, del cuerpo reducido a su mínima expresión, del hombre convertido en esclavo, convertido en animal. Aún así, para Frankl, lo único que salvó a los hombres de los Lager fue la decisión de sobrevivir cada día, incluso, si desde la razón, la certeza de que morirían allí pesaba sobre cualquier esperanza.

Frankl, por su parte cuenta, que la curiosidad fue fundamental en su supervivencia. Desde que fue ingresado al campo su curiosidad le permitió alejarse (aunque fuera solo en espíritu) y observar todo lo que le sucedía y sucedía a su alrededor como un espectador que analizaba una obra. Esto, no porque quisiera alejarse de la vida y desentenderse de sus circunstancias (objetivo no solo imposible sino también mortal), sino por el contrario porque quería salvarse de las consecuencias que esas mismas circunstancias traían a los hombres que no cuidaban su espíritu de la influencia a la que el horror, el miedo y el desamparo los arrastraba. El hombre esclavizado, reducido, despojado de todo vestigio de individualidad y autonomía pronto deviene en un animal, de ahí que Frankl diga: “el hombre puede acostumbrarse a todo, tan solo no le pregunten cómo lo hace” no solo porque, en ocasiones, resulta ininteligible responder al cómo se logró sobrevivir sino porque a veces la respuesta hace que se prefiriera no haberlo hecho.

Es por esto por lo que al principio del relato Frankl nos advierte, con pesar, de la sensación que queda flotando en la mente de todos los sobrevivientes: la de que los mejores entre todos ellos no fueron los que sobrevivieron. La bondad no tiene cabida en el terreno del horror. El altruismo, la generosidad y todas las demás formas que tenemos de cuidar de los otros mueren rápidamente en las circunstancias más atroces, no porque el individuo lo decida conscientemente sino porque los verdugos dejan claro que no soportan que los animales se comporten como humanos y cualquier acto de congregación o empatía es fuertemente castigado.

Es en su análisis de estas circunstancias que Frankl crea un esquema de los momentos por los que pasaban todos los internados desde el momento en que ingresaban al campo: primero estaba el shock acompañado de lo que la psiquiatría denomina como “ilusión del indulto” que no es otra cosa que la esperanza completamente infundada de ser perdonados en el ultimo momento como resultado de una coincidencia igual o mayor a la que los llevo a ese punto, o peor, como resultado de un despertar de la consciencia moral de los verdugos. Es la idea de que mágicamente el mundo conspirará a nuestro favor en el momento clave o de que los que gobiernan en el horror despertarán pronto a favor de sus oprimidos. Esta idea pronto se desvanece cuando el ser humano se enfrenta a la realidad cruda de sus circunstancias, en el campo ese momento es el de la primera selección en la que 9 de cada 10 personas eran enviados a la linea de la izquierda y a la noche solo los enviados a la derecha quedaban para preguntar qué había pasado con sus compañeros. Lo siguiente es la apatía, quienes sobreviven hacen de tripas corazón y comienzan a bromear sobre sí mismos, la existencia desnuda arrebata toda posibilidad ulterior de perdida así que la vida deja de ser mucho más que una broma, y la muerte comienza a presentarse como un alivio a la penosa decisión de suicidarse o de seguir aguantando por el mero hecho de aguantar.

Frankl cuenta que en el campo a los hombres se les daba una ración de cigarrillos o estos se ganaban haciendo trabajos extras o como compensaciones especiales. Los cigarrillos por su parte servían de moneda de cambio y rara vez un preso común del Lager se fumaba su ración, en lugar de eso, los cigarrillos eran intercambiados por una ración de pan duro o de sopa aguada. De ninguna manera esa ración extra servía para reducir el hambre, pero en el fondo, este acto se había convertido en un símbolo de vida y de muerte; pues se sabía que el preso al que se viera fumar estaba anunciando la renuncia a la vida, era un símbolo de la perdida de la voluntad de vivir.

Frankl entonces se pregunta cómo puede resolverse esta encrucijada del espíritu, cómo devolver el sentido a la vida cuando la vida misma demuestra de las maneras más terribles que no lo tiene, o peor, que disfruta despojándolo. La respuesta de Frankl fue la de cambiar su postura frente a la vida, renunciando a la idea: “¿qué puedo esperar de la vida?” transformándola en la pregunta ¿qué espera la vida de mí?

El punto está en que la decisión de vivir no se basta a sí misma, vivir por vivir deja de tener sentido cuando la vida se vuelve insufrible. Para sobrevivir el hombre necesita un propósito, necesita olvidarse de sí mismo y desembocar la vida en algo que lo supere. Para algunos son sus seres amados, para otros su obra, para otros el deber de recordar el horror y preservarlo del olvido. “Siempre había ocasiones para elegir” dice Frankl “Cada día, cada hora brindaba la oportunidad de tomar una decisión, una decisión que estipulaba si uno se sometería o no a la presión que amenazaba con arrebatarle el último vestigio de su personalidad: la libertad interior.” Solo cuando confrontamos la vida como un espacio en el que nos encontramos para resolver un deber en relación con otros y no para ser retribuidos, se salva el espíritu del hombre de la animalidad latente a la que lo impulsa el horror.

Voy a detenerme aquí. He hablado sobre el libro de manera superficial abordando apenas unas de sus ideas centrales, queda mucho qué decir sobre este y la invitación a la lectura está hecha. Pero como dije al inicio de este escrito, el impulso que me llevó a darle forma a la idea fue el de pensar lo leído en relación con el presente de mí país, por eso mientras escribía pensaba en los millones de colombianos que viven como internos de un campo de concentración en su propio país, pensaba en todos a los que el gobierno despoja de toda posibilidad de vivir como humanos, a los que reduce a su más básica animalidad a través del hambre o del despojo.

Ahondaré sobre esto en los siguientes dos escritos acompañados de los otros dos libros que mencioné al inicio (La trilogía de Auschwitz y La escritura o la vida). La invitación es que se lea todo cuanto aquí está escrito como si se hablara de los jóvenes de las comunas que a diario se fuman su ultimo cigarrillo, de los campesinos atrapados en la guerra sin fin, del pueblo iluso esperando el indulto inesperado. Quiero que todo se lea en relación con la apatía y el silencio asentado sobre mi pueblo, prisionero de fuerzas que odian y castigan si ven que las personas dejan de ser otra cosa que animales y esclavo. Dejo abierta la posibilidad de que quien lea piense sobre lo leído y vea un reflejo del Lager en la pobreza en la que vive la mitad de la población y que vea que los que se salvan del hambre a costa de aceptar el mundo tal como es tampoco están mejor, que la mayoría está a un paso de renunciar y fumarse sus últimos cigarrillos. Que piense que si en los campos no hubo revueltas fue porque allí hasta la más mínima esperanza había sido aplastada, hay que celebrar que aquí, a pesar de todo, aún quede un poco.

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