Descuarentización

Se habían instaurado, poco a poco, las noches de viernes para jugar cartas. Serrat de fondo, aguardiente y filitas de monedas de 500 en los cuatro puestos de la sala.

Nos daban las tres de mañana tirando ases de pica, llenando y vaciando las copas, sonando también a Piero y Adamo. De pronto, el viejo se emputaba por tener el mejor juego y aún así, perder. Entonces bostezaba y se iba a dormir. Nunca antes de las tres de la mañana.

Esa noche, sin embargo, el viejo no quiso jugar, y aunque intentamos persuadirlo sólo jugó dos tiros. A las 10 de la noche ya estaba con la cobija hasta el cuello, el televisor apagado y las gafas sobre la mesita de noche.

Al día siguiente, muy temprano, escuché ruidos en la cocina y pasos de aquí para allá. Me levanté y vi al viejo frente al espejo. Con mucho cuidado con la peinillita negra arrastraba el pelo, primero para un lado, luego para el otro y al final todo hacia atrás. Llevaba puesto el pantalón y los zapatos de los domingos, la camisa por dentro y bastante loción.

-¿Pa’ dónde va el señor?, le dije, dispuesta a echarle, otra vez, la cantaleta de la importancia del aislamiento.

El viejo no me miró. Se fue. Me quedé parada al lado de la nevera. Entonces vi el calendario de abril. Era su día de pico y cédula.

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