Uribismo, terror y barbarie

Uribismo, terror y barbarie

  1. Dimensionando la barbarie en Colombia

La política colombiana ha estado orientada durante décadas al favorecimiento de una clase social, de por sí privilegiada, a través de la explotación del pueblo. ¿Y cómo es posible que un pueblo acepte condiciones sociales y políticas que regulan su vida diaria en perjuicio de la mayoría y en beneficio de minorías? Si descartamos que haya habido una aceptación voluntaria y consciente (lo cual sería un acto de estupidez poco probable tratándose de todo un pueblo), quedan dos opciones: o la ignorancia política de las masas les ha impedido reconocer la profunda injusticia con la que es gobernada, o no ha habido nunca un consentimiento realmente voluntario (que al fin y al cabo debería pasar por una conciencia informada). 

No hace falta ir demasiado lejos para entender que el pueblo colombiano ha sido forzado para aceptar tales condiciones indignas de vida por vía de la mano dura. 20 años de uribismo son 20 años de políticas que aumentaron la privatización de empresas públicas, que atrajeron más y más inversión extranjera y enriquecieron grandes empresas, que intensificaron la destrucción ambiental para la extracción de recursos naturales, que favorecieron y favorecen aún el despojo violento de tierras, que deterioraron los derechos laborales y sociales, que aumentaron los impuestos y que aumentaron las exenciones tributarias a los grandes empresarios del país. 20 años de políticas que han aumentado la explotación y el despojo del pueblo, de sus derechos y condiciones de vida, han sido 20 años caracterizados por altísimosniveles de violencia estatal y paraestatal para imponer condiciones de vida desfavorables a la gran mayoría.

La correlación entre lo uno y lo otro no es fortuita. El nivel de desigualdad en Colombia (el más alto de América Latina y uno de los más altos de todo el mundo) tiene niveles correlativos de violencia, de modo que nuestro país posee vergonzosa y lamentablemente el mayor número de asesinatos de líderes sociales en todo el mundo, de defensores de derechos humanos en todo el mundo, de defensores medioambientales en todo el mundo, y también el mayor número de desplazados de todo el mundo (al día de hoy se aproximan a los 8 millones, o sea el 16% de la población del país). Aunque existe una conexión sistemática entre neoliberalismo y violencia estatal, dicha conexión alcanzó proporciones inigualables en América Latina desde que fue elegido como presidente Álvaro Uribe Vélez. Todos sabemos que el gobierno uribista se ha caracterizado por un ejercicio constante de la represión estatal. Sin embargo, probablemente la mayoría de los colombianos (y de la comunidad internacional) ignoran la escalofriante verdad: el autoritarismo uribista ha perpetrado una de las peores barbaries en la historia de la democracia en América Latina, peor aún que las dictaduras latinoamericanas abiertamente declaradas como tales, y la peor barbarie en curso.[1] Veamos.

Paraguay: “Según la Comisión Verdad y Justicia de Paraguay, durante el régimen de Strossner se asesinaron unas 4.000 personas, 20.000 fueron torturadas y desaparecieron cerca de 420 activistas, comunistas y sindicalistas”[2]. Se trata de una dictadura oficialmente declarada que duró cerca de 35 años. ¡Tras cuatro semanas de paro nacional en Colombia hay más de la mitad de desaparecidos bajo el gobierno uribista de Duque que en 35 años de dictadura paraguaya![3] Esto, teniendo en cuenta que se llegaron a reportar más de 700 desapariciones, que muchas de ellas no son reportadas por temor a la persecución o al señalamiento por parte de las mismas autoridades (que han mostrado poca disposición y lentitud para el tratamiento de estos casos) y que incluso en cabeza del Fiscal Barbosa se expresa una negación oficial de las desapariciones, tal y como Duque niega que haya un abuso sistemático de la fuerza por parte de la policía y el Esmad.  

Chile: “Por un período de 17 años, Pinochet se ancló en una administración que utilizó la violencia como su primer arma de coerción. Las cifras oficiales indican que la dictadura de Pinochet dejó más de 3.200 muertos, entre los que se cuentan 1.192 individuos desaparecidos. El régimen militar además torturó a más de 38.000 personas”[4]. ¡En 8 años de gobierno supuestamente democrático de Álvaro Uribe Vélez hubo más del doble de crímenes de Estado que en la dictadura chilena! La JEP ha reconocido por ahora 6.402, aunque es probable que sean más y la cuenta sigue creciendo bajo el indirecto gobierno de Duque.

Argentina: Una de las peores dictaduras latinoamericanas cuenta con cifras que se estiman entre los 7000 asesinados aproximadamente y entre 10 y 20 mil desaparecidos aproximadamente en 7 años de dictadura. “El expresidente cuyo mandato registra más número de personas desaparecidas es Álvaro Uribe, dado que fue el primero en reelegirse. En total son 24.072 registros: 17.856 desaparecidos en su primer gobierno y 6.216 en el segundo”[5]. Otros estiman incluso más de 30 mil desaparecidos[6]. Cabe anotar, no obstante, que no todas estas cifras corresponden exclusivamente a la acción del Estado, sino también de otros actores en el marco del conflicto armado en el país.

Brasil: Con una dictadura que duró 21 años se cuentan asesinatos que rondan los 450. Saquen sus propias conclusiones.

2.  La política del terror y la representación del conflicto social

En una de las arengas más populares de las movilizaciones sociales se grita: “Uribe, fascista, usted es el terrorista”. En este contexto específico es problemático usar indistintamente el concepto de terrorista para referirse a los crímenes de Estado cometido bajo el mandato de Uribe, especialmente si se tiene en cuenta que las ejecuciones extrajudiciales intentaron ser ocultadas a la opinión pública (a pesar de tener claros incentivos institucionales para la comisión de dichos actos por parte de la fuerza pública). Y a pesar de que el término terrorista denota un “uso sistemático del terror para gobernar”, que ha sido y sigue siendo el principal modus operandi del gobierno uribista (incluido el actual), preferimos usar aquí la expresión “política del terror” para designar la dimensión simbólica del discurso[7] uribista.

No obstante, esto no resta gravedad alguna a la magnitud de los crímenes de lesa humanidad y en general a las múltiples violaciones a los derechos humanos (asesinatos, desapariciones, desplazamientos forzados, persecuciones, etc.) cometidos bajo sus dos periodos de gobierno. Y sigue dando órdenes de matar: “Apoyemos el derecho de soldados y policías de utilizar sus armas para defender su integridad y para defender a las personas y bienes de la acción criminal del terrorismo vandálico”. Luego de este tweet que publicó el expresidente se dio un escalonamiento de la violencia estatal en el marco de este mes de protestas. Y sigue reiterando su crítica a la falta de “autoridad” por parte de Duque, presionándolo a la adopción de una respuesta militar, no política (o negociada), al Paro Nacional.

Habíamos dicho más arriba que el pueblo colombiano ha sido forzado a aceptar tales condiciones indignas de vida por la vía de mano dura. Pero la violencia directa nunca basta. Ella debe ser legitimada y para ello ha estado la “ideología dura”, la estrategia discursiva del uribismo: reducir la oposición política y la crítica social a los significantes de comunismo y terrorismo. Esto no es nada nuevo. Los análisis teóricos ya habían mostrado hace tiempo que la estrategia discursiva del uribismo consiste en crear una lógica del amigo y el enemigo, de modo que todo lo que suena a izquierda o a una postura que critica el orden social es asimilado directamente con perspectivas “extremistas”, que quieren “desestabilizar” el orden social, que están conspirando para implementar el “castrochavismo”, que nos vamos a volver “como Venezuela y Cuba”, etc. Lo importante aquí es señalar las consecuencias de esta estrategia discursiva, tanto por su actualidad como las oportunidades que pueden abrirse para el país con su crisis coyuntural (porque nada asegura que no puedan re-capitalizar el descontento social, pero plausiblemente estemos llegando a un punto de no retorno en ese sentido).

La representación uribista del conflicto social lleva a interpretar los problemas del orden social y político colombiano como una lucha entre las buenas fuerzas del orden democrático y las malas fuerzas comunistas que quieren acabar con la democracia del país, ocultando de esa manera que el uribismo ha sido y sigue siendo el mayor atentado contra la democracia colombiana. Esta es la base para toda una política mediática del terror que los medios de comunicación tradicionales han ayudado a infundir en la población. Con esa estrategia mediática Uribe subió al poder, repitió mandato, puso a Santos, intentó subir a Oscar Iván Zuluaga contra Santos, con esa misma estrategia subió a Duque al poder y con esa misma estrategia están reaccionando a la protesta social. Se trata de una estrategia para difundir deliberada y sistemáticamente el miedo a la población a partir de la exageración y deformación de problemas que existieron o que existen (y por eso pueden hacerse creíbles). Primero fue la amenaza de las guerrillas, que en efecto hicieron mucho daño al país pero que hace décadas dejaron de representar un peligro militar real para el Estado. Posteriormente el miedo a partir de la absurda idea de que “le están entregando el país a las Farc”. Luego la amenaza del castrochavismo para volver a retomar la presidencia en cuerpo de otro. Y, por supuesto, la más actual amenaza para “desestabilizar la región” por parte de Maduro, el “vandalismo terrorista” de las marchas, la “infiltración de las protestas por grupos armados” o incluso hasta por el gobierno ruso. De esta manera el uribismo ha utilizado durante 20 años consecutivos el miedo como su principal política discursiva para manipular psicológicamente a la población.

Pero existen otras dos consecuencias importantísimas que se derivan de la política mediática del terror uribista, que en este caso no se refieren sólo a infundir el miedo como emoción, sino a crear una asociación cognitiva o un contenido específico ligado a ese miedo que impone en la población una forma de percibir (mental y emocionalmente) los problemas que viven. Veamos un ejemplo evidente de manipulación mediática:

Una protesta en Venezuela es presentada heroicamente como el intento legítimo de un pueblo de “sacudirse el yugo de la dictadura” en la que vive (y no sobra decirlo, el gobierno de Maduro es una dictadura inaceptable), mientras que la protesta social en Colombia es identificada con el “terrorismo urbano que se camufla en la protesta legítima” y que tiene a “la democracia y a las instituciones” en “peligro” en medio de “la peor crisis social y económica” de la historia reciente del país.  

De esto se derivan graves consecuencias para la cultura democrática y para la sociedad en general. En primer lugar, la política del terror uribista es una estrategia mediática que produce una moralización del conflicto sociopolítico al promover la distinción entre “nosotros los buenos”, “la gente de bien”, y ellos, los malos, lo cual alimenta la idea de una superioridad ética de quienes están del lado del “orden democrático” y como contraparte se genera una degradación moral del otro, del opositor, de quien cuestiona el orden social. Las consecuencias directas de esto son ante todo la criminalización de la protesta social y de todas las posturas de izquierda, pero también el empobrecimiento de la cultura democrática en general, en tanto conlleva una represión del pensamiento crítico y tiende a imponer una única verdad o un único bien con el cual identificarse. Por eso el uribismo es per se antidemocrático, pues al radicalizar la diferenciaentre el amigo y el enemigo lo que hace es reducir las diferencias políticas y la posibilidad misma de disentir, que es la base de toda democracia.

Y por eso el uribismo es antidemocrático en otro sentido más violento aún: la degradación moral de quien deja de ser visto como un opositor y pasa a ser visto como “terrorista” o “vándalo” va de la mano con su persecución y eliminación. Por eso es inherente al uribismo la movilización y legitimación de la violencia estatal y paraestatal contra los manifestantes(como ha sucedido durante las protestas e incluso contra la Minga)y en general contra quienes cuestionan el orden social. “Las protestas están infiltradas” o esos son “vándalos” tiene el mismo efecto de la famosa frase “Esos muchachos no estaban recogiendo café”. Al calificarlos de vándalos o terroristas se están declarando como objetivo militar a quienes dejan de ser vistos como ciudadanos, se convierten en enemigos públicos y se legitima su muerte. “Si la autoridad, serena, firme y con criterio social implica una masacre es porque del otro lado hay violencia y terror más que protesta”. El uribismo es inherentemente fascista.

En consecuencia, la criminalización de la protesta y la crítica trae consigo una moralización del conflicto social, es decir, una división de bandos buenos y malos que le quita legitimidad a las demandas de las movilizaciones y protestas sociales. Por este motivo no son reconocidas de entrada como reivindicaciones válidas que el Estado debería reconocer y garantizar, y sólo las reconoce como tales por medio de la presión popular y las vías de hecho, pues por vías parlamentarias no lo hacen. Ni que viviéramos en una democracia…

Con ello se refuerza el círculo de reproducción de desigualdad, exclusión política y violencia que ha caracterizado a la historia nacional como producto del cierre del sistema político. Se trata de una dinámica maldita a la que condena el gobierno porque no acoge las necesidades de la población, que además de quedar con sus necesidades insatisfechas tiene más razones para desconfiar del Estado. Así es como el gobierno reduce el margen de negociación y, por ende, la posibilidad de que las reclamaciones sociales formen parte de la agenda política. De esta manera el uribismo (incluyendo aquí a Santos) reproduce la desigualdad estructural de la sociedad al tiempo que cierra las puertas de la institucionalidad a las diversas reivindicaciones sociales que quedan insatisfechas. Por eso los diálogos de Duque con el Comité del Paro Nacional no han funcionado hasta ahora (además de que dicho Comité no representa muchos de los sectores sociales), por eso hay una pronunciada crisis en el sistema político colombiano: porque prioriza sistemática y coercitivamente el infame privilegio de las élites que se enriquecen mientras aumenta la pobreza y la extrema pobreza en el país. Dentro de una balanza de antemano decidida, ofrece un insultante margen de negociación política en el que no se siente representada la mayoría del país y mientras tanto, Duque sigue concentrando poderes y reprimiendo a un pueblo que ya no lo soporta.

En este punto específico tampoco presenta novedad alguna este ensayo por decir lo que ya ha estado en boca de muchos: que Uribe y el uribismo quieren preservar la guerra, porque ello le permite sostener su política mediática del terror, porque esa propaganda no se traga sola, porque la propaganda de la guerra no se admite si no se llegase a percibir “realmente” el riesgo de la guerra, pues sin ello sólo sería lo que es, un disparate, y no un miedo que permite la obediencia ciega. El problema es que el dispositivo simbólico del uribismo moldea o ha moldeado (en mayor o menor grado) la realidad de esa percepción. El asunto es que no lo hace sólo a través de la propaganda mediática o virtual, es decir, a través de la proyección de imágenes y pensamientos acerca de la guerra, sino a través de la precarización de las condiciones materiales de vida y del recrudecimiento de las tensiones sociales que producen la guerra.

Por esto el autoritarismo uribista ha sido más totalitario, simbólicamente hablando,que las demás dictaduras latinoamericanas, pues para funcionar requiere un mayor grado de manipulación de la conciencia y de las emociones. En las dictaduras lo que reina es la imposición bruta de la violencia. En nuestra “democracia” la violencia se tiene que racionalizar más, pues de lo contrario el pueblo la vería como ilegítima (dictadura). El autoritarismo uribista es un teatro mediático de autolegitimación de la violencia estatal: el problema son los terroristas, son los vándalos…

No deja de ser una ironía orwelliana que Uribe se haya hecho autodenominar “el Gran Colombiano”. En la Rebelión en la Granja, una vez llegaron los cerdos al poder, decretaron: “Todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros”.  ¿Y quiénes son esos otros que son más iguales? Aquí yace precisamente la eficacia del discurso uribista: que ha logrado hacer creer al pueblo (al pueblo violentado, al pueblo despojado, al pueblo “de colombianos de bien”) que ellos son “los más iguales”. ¡El pueblo no hace parte de los privilegiados! ¡Los privilegios dependen de la explotación del pueblo!

Y este es el engaño máximo del uribismo[8]: hacer creer que Uribe los representa. Pero básicamente todos los presidentes, desde César Gaviria en el 90 hasta Iván Duque en el 2021[9], ni siquiera se representan a sí mismos, o dicho de mejor manera, no sólo representan sus intereses individuales, sino los intereses de “quienes los subieron”. ¿Y quiénes los subieron? La respuesta inmediata, apegada a los formalismos del análisis político, diría que el pueblo los eligió a través del mecanismo popular del voto. Y no deja de ser cierto esto, como tampoco deja de ser cierto que la opinión pública ha sido manipulada por élites muy específicas que “ponen a los presidentes”, quienes finalmente le devuelven el “favor”. Incluso en la conciencia popular ya está que Sarmiento Angulo está detrás de Duque e incluso de Uribe. Y es cierto, como también hay otros y que tienen reuniones con los gobernantes en recintos privados, en espacios que no son democráticos y en los que se gestan las decisiones políticas duras que se toman en el país y que afectan a la mayoría de la población. Las discusiones de intereses que toman los cerdos, en afortunada coincidencia con la representación porcina de Duque y los animales de la novela de Orwell, no las toman hablando con los que son menos iguales.


[1] Esta comparación histórica entre las cifras de víctimas bajo el gobierno de Álvaro Uribe Vélez y las dictaduras latinoamericanas debe permitirnos dimensionar la magnitud de la barbarie que vivimos en Colombia en los últimos 20 años (y que en este momento sigue cobrando más víctimas bajo el gobierno uribista de Duque), y de paso busca contribuir a des-normalizar los niveles brutales y anómalos de violencia en los que lamentablemente nos acostumbramos a vivir.

Quepa una aclaración. Existe una amplia discusión académica y social acerca del número exacto de víctimas en cada uno de los países que serán mencionados a continuación, incluido Colombia. Pero aún declarando un margen de error que puede bien haber en la comparación, eso no reduce en absoluto la magnitud de la barbarie cometida por el gobierno uribista. Primero, porque se toman como referencia únicamente los dos periodos de gobierno de Álvaro Uribe Vélez, lo que a todas luces indica sin lugar a dudas que fue más intensa la barbarie cometida por él en 8 años que las dictaduras que duraron incluso un par de décadas. Segundo, porque esa barbarie tiene otro grado de monstruosidad que yace en el nivel sistemático de ocultamiento de la verdad histórica y de manipulación ideológica a la que ha tratado de someter al país, por tratarse de un genocidio cometido bajo un régimen que aún se hacía y se hace llamar democrático. Y tercero, por si aún las mentes tozudas buscan argucias para desmentir lo que ya es un acontecimiento histórico imborrable, sobra señalar lo obvio: que, tras la frustración de una segunda reelección, hemos sido gobernados por “el que dijo Uribe” y, por ende, por la maquinaria política y económica que hay tras de él. Si bien no se le pueden adjudicar con el mismo grado de responsabilidad las víctimas que dejó el gobierno de Santos (quien se distanció afortunadamente de la política de guerra de Uribe), sí están relacionadas con la continuidad de política neoliberales, así como con la cultura de la violencia y las infraestructuras y dinámicas de grupos armados fortalecidos directamente bajo el gobierno de Uribe. Y es aún más evidente el poder que tiene Uribe sobre Duque, quien en repetidas ocasiones lo ha llamado “presidente” y que para nadie es un secreto que sigue sus órdenes. ¿Hará falta decir que el rey está desnudo?

[2] Tomado de: https://www.eltiempo.com/mundo/latinoamerica/cuales-han-sido-las-dictaduras-de-america-latina-337448

[3] Tomado de https://lasillavacia.com/no-todos-los-desaparecidos-paro-estan-siendo-buscados-81850

[4]  Ibíd.

[5] Tomado de: https://lluviadeorion.com/2019/09/pastrana-y-uribe-los-gobiernos-con-mas-desapariciones-forzadas-durante-el-conflicto/

[6] Tomado de: https://www.publico.es/internacional/uribe-deja-colombia-32-000.html

[7] Para evitar una simplificación, hay que tener en cuenta que por discurso uribista no se refiere sólo al producto de la labor singular de Álvaro Uribe Vélez, sino de todo el universo simbólico (del cual es protagonista) que atravesó las prédicas en las iglesias, los medios masivos de comunicación, campañas electorales, campañas publicitarias, los hogares, etc. A través del discurso se moldeó la comprensión de los problemas, de las causas y consecuencias de los problemas que viven las personas. Por eso tenemos que salir de la interpretación uribista de problema, que reproduce ella misma un sesgo epistemológico y político: que la fuente de los problemas del país es la izquierda y sobre todo las facciones armadas que se han querido tomar políticamente el país, aquellas que nunca lo hicieron y de las cuales algunas de las fuerzas más representativas, como lo fueron las FARC, abandonaron pública y formalmente esa pretensión al firmar un acuerdo de paz que el gobierno uribista ha tratado de destrozar.

[8]  Que para muchos nunca fue un engaño y por eso la actual crisis política colombiana tiene un ligero matiz de ruptura o tensión generacional: porque los jóvenes que tuvieron y hemos tenido más acceso a la educación y en general a las redes sociales y a otros medios de información no creyeron o dejaron de creer en el discurso uribista (que engloba toda la posición del gobierno de Duque en el presente), y perciben el engaño que pesó y hasta cierto punto pesa sobre sus propios padres.

[9] Por ceñirnos a un espacio de tiempo más corto, que bien podría llevarse mucho más atrás pero reconstruyendo la imagen de la época en que vivían, cosa que no puede hacerse en este ensayo.

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