Eugenio y la mapaná

Tú le das con el hacha y se muere:
¡dale ya!
¡No le des con el pie, que te muerde,
no le des con el pie, que se va!


Nicolás Guillén.

Eugenio pasó toda la noche en la cantina, revolcándose en la marea del licor: el día anterior había cumplido sesenta y cuatro años. Primero escuchó el desagüe de la quebrada que se hacía más fuerte a medida que se acercaba la salida del sol, y luego no escuchó nada porque un vértigo agobió su cabeza y tuvo que recostarla otra vez sobre las tablas sin pulir de la mesa. Para aliviarse escupió un buche de saliva espesa y todavía endulzada por la tapetusa, pero no logró desprenderse del malestar que le había dejado el mal sueño.

Antes de llevarse la mano a su cara y despertar completamente, Eugenio palpó el machete enfundado sobre su costado derecho.

–¡Soy yo!

La mañana se armó de golpe cuando escuchó su propia voz. Desde la noche anterior le llegaron los ruidos de la fiesta y los calores del cañón como las piezas de un rompecabezas que volvía a armarse. Al igual que en los últimos cumpleaños, Eugenio buscó pero no encontró a su mujer ni a su hija en los recuerdos del jolgorio. Las dos mujeres vivían cerca, apenas a veinte minutos de camino hacia el río Melcocho, pero hacía tiempo un funcionario le había prohibido visitarlas y le había ordenado que firmara un envuelto de papeles que Eugenio no pudo leer. Como tampoco sabía escribir su nombre, el funcionario firmó por él.

Ese trámite había sido el inicio de su soledad. La sensación que ahora tenía, incorporándose de golpe y dejando atrás la cantina el día de su cumpleaños, era el inicio de su vejez. Pero Eugenio todavía no se había percatado, o no lo podía decir con estas mismas palabras porque sobre todo tenía un afán muy grande de llegar al cultivo que, en estos días lluviosos, se habría llenado de malezas y fango.

Sesenta y cuatro años no habían sido suficientes para blanquearle el pelo ni para restarle fuerza a su brazo. Al dar el primer golpe de machete de la jornada sentía que podría abrir a pulso el monte entero. “Voy a vivir cien años –había dicho durante la fiesta–. Como Mamá Tulia, mi abuela”. Y eso mismo se lo siguió diciendo hasta que llegó a la pequeña cima de su arado, desde donde se veía la casa de las mujeres. Eugenio se tambaleó tratando de fijar su vista todavía enrarecida por el licor sobre el techo de zinc y las tablas azules que la formaban.

***

Eugenio se había dispuesto a iniciar su trabajo cuando, de sorpresa, un sonido de fierro retorcido se le acercó desde una enramada, dibujando una onda en los hierbajos a ras del suelo. El hombre se apartó de un brinco y desenfundó el machete, listo para matar a la serpiente de un tajo. Pero el movimiento, casi en el instante mismo en que inició, había cesado. Ya no era fácil reconocer el lugar preciso de la aparición porque el susto lo había hecho recular varios pasos. No había visto a la serpiente, sin embargo desde pequeño reconocía sus ondulaciones, las distinguía a todas, sabía sus nombres, y esta vez un miedo le subió como un rayo amargo por debajo de la piel.

La serpiente hizo por fin un nuevo desplazamiento, muy corto, y se enroscó luego sobre su propio cuerpo. Ahora Eugenio la podía ver entre el hierbajo con toda claridad, como una soga de un color marrón desleído, casi gris, sobre la que se atravesaban sucesivas manchas en forma de equis. Desde allí una cabeza aplanada, de un amarillo sucio y ligeramente erguida, lo miró de soslayo, como sin interés. Ya no le cabía a Eugenio ninguna duda: era una víbora mapaná, o una talla equis, como él le decía, y no podía darle ninguna oportunidad de atacarlo. Él, a su vez, tenía una única oportunidad.

Eugenio se paró lo más firme que pudo e intentó despejar su cabeza de los tragos de la noche anterior con un único parpadeo fuerte. Al fin y al cabo, a los borrachos nos cuida el diablo –pensó, con algo de sorna. Y luego de alzar el machete detrás de su cabeza, dio dos pasos adelante y lanzó un golpe con una fuerza descomunal.

La hoja del machete pasó rasante sobre el suelo, silbando, sin llegar a importunar a la serpiente. El golpe había fallado. Esta vez tuvo muy mala suerte: el impulso se llevó su cuerpo por delante y Eugenio se fue de bruces sobre la serpiente, las malezas y el fango. Apenas acató a cerrar los ojos mientras sentía, en el hombro izquierdo, los punzones agudos de la mordida, y solo los volvió a abrir cuando escuchó que el reptar pavoroso del animal se había perdido en la manigua.

Derrotado, rodó hasta ponerse de espaldas. Arriba brillaba el sol claro pero sin violencia de las primeras horas de la mañana.

Acuarela y collage digital. Por: Yuliana Miranda

***

Salvo por el dolor que se le iba comiendo todo el brazo, Eugenio se sentía a gusto allí acostado. La humedad del suelo le refrescaba la nuca y le aliviaba los rigores de la resaca. Además, desde allí podía escuchar todos los sonidos del cañón, que saltaban de cerro a cerro en un coro de ecos que, aunque a veces se debilitaba, nunca se callaba.

Fue al rato cuando se le ocurrió que estaría bien irse a morir a la casa donde había vivido siempre, a la casa que él mismo, recién casado, había levantado, y de donde lo habían sacado después de que fueran al pueblo, para denunciarlo, aquellas ingratas mujeres. Sí, él podía muy bien ir a morirse allí, a ver si también así eran capaces de echarlo.  

Eugenio se levantó y caminó. Dejó el machete tirado en el arado. Ni siquiera se miró la camisa, que ya empezaba a pintarse de sangre. De cualquier manera, no sentía una pesadez diferente a la que le habían dejado los tragos: sesenta y cuatro años no habían sido suficientes para blanquearle el pelo ni para restarle la fuerza de su brazo, aún podría abrir a pulso el monte entero. A pesar de eso, esta vez, tenía la certeza de que se iba a morir.

Cuando por fin atravesó la verja de la casa azul, que era más bien un enredo de palos irregulares y alambre de púa, lo que sentía Eugenio era un insoportable desasosiego. El hombre no conocía, o por lo menos nunca decía, esta palabra. Él decía otra, que ya no recuerdo.

La última vez que había desenredado esta verja se había lanzado contra su mujer para darle planazos, es decir, para pegarle no con el filo sino con la hoja del machete. Y le había pegado porque ésta, a su vez, se había interpuesto entre él y su hija, a quien Eugenio todavía borracho estaba moliendo a golpes por haber dejado escapar de la empalizada a las gallinas. Eugenio, como muchas otras veces, había pasado la noche anterior en la cantina: desde joven era peleón y bebedor, y en las borracheras buscaba siempre con quién desquitar sus miserias. 

¿Hace cuántos años había ocurrido esa golpiza? Su mujer ya era una mujer mayor. Su hija había parido a una hija. Pero a Eugenio todavía la escocía cada golpe como veneno, como el veneno que, ahora, él muy bien lo sabía, le iría pudriendo por dentro poco a poco, desde el hombro izquierdo hasta el corazón. ¿Con quién tenía qué desquitar ahora su miseria si no consigo?

Al cerrar otra vez la verja, tras renunciar a imponerles a las mujeres la carga injusta de su muerte, Eugenio continuó por el camino hacia el río. O al menos eso intentó, porque unos pocos pasos más adelante le sobrevino un mareo. Abrió los ojos para ver y no vio. Solo escuchó que algo muy pesado daba un golpe seco sobre el suelo. 

***

Cuando despertó, Eugenio se encontraba en medio de un gran alboroto. Varios hombres de la vereda habían improvisado una camilla para llevarlo desde el monte hasta el puesto de salud, atando una hamaca a un palo de madera lo suficientemente largo para que dos hombres, ubicado cada uno en un extremo, se pudieran echar el peso al hombro. Bamboleándose de un lado al otro, Eugenio, medio inconsciente, era el centro de la procesión. Adelante iban varios niños jugando, muertos de risa, mientras los hombres que cargaban a Eugenio se tropezaban tratando de apurar el paso. Al final, exhausto, venía un sobrino suyo, el que lo había encontrado en el suelo, con el que se había emborrachado en el jolgorio de la noche anterior, y al que le parecía que su tío era hombre muerto.

No era muy distinta la sensación que experimentaba Eugenio a la de una borrachera desmesurada. El sol del mediodía se filtraba por entre el tejido de la hamaca, le hería los ojos y le producía un vértigo que lo hacía sentir como en el mareo del licor. La única diferencia era que ahora, en vez de sangre, le corría por las venas algo como plomo fundido, y los desmayos eran lo único que lo aliviaban del dolor.

***

Eugenio no sabía cuánto tiempo había permanecido en el puesto de salud de la vereda: una casita de ladrillos con dos habitaciones, una cocineta y un corredor. Una de las habitaciones estaba dispuesta para que allí pernoctara, durante los días de servicio, una enfermera. En la otra habitación estaban la camilla y los pocos elementos de dotación. El corredor mantenía el aire enrarecido por la lejía, como lo tuvo por el olor a sangre durante los años de la guerra.

Al fondo, en la cocineta, se escuchaba un rumor de frascos de vidrio. Eugenio quiso atisbar lo que estaban haciendo, pero no logró girar su cuerpo. Un sopor intenso le pegaba con fuerza la cabeza a la almohadilla y le hacía difícil respirar, escuchaba como si el mundo estuviera sumergido en el río. ¿Qué más se podía hacer por Eugenio? En el puesto de salud no tenían suero antiofídico, apenas si podían darle algo para calmarle el dolor.

El corrillo de hombres que había traído al moribundo deliberaba afuera, en voz baja. No había tiempo para que trajeran el antídoto desde el hospital de Cocorná, ni para sacar a Eugenio, a lomo de mulas, del cañón. Entonces, concluyeron que no había otro recurso que enviar a uno de los niños a que trajera caña de azúcar del trapiche donde procesaban la panela: los viejos, y el mismo Eugenio, decían que si se ponían una caña caliente sobre la mordida, esta absorbería el veneno. Claro, todos ellos eran jóvenes y no habían tenido ocasión de comprobar la efectividad del remedio.

Fue el sobrino de Eugenio el que se animó a entrar en el puesto de salud para llevarle al moribundo la caña calentada en un fogón de la escuela. Se la quiso entregar a la enfermera, porque, para que funcionara, debía ser aplicada por una mujer que no estuviera embarazada. La enfermera se quedó de una pieza, sin saber qué responder.

–Déjeme tranquilo, que no quiero–. Eugenio habló por primera vez desde que lo encontraron desvanecido en el suelo.

–Pero tío, lo va a matar el veneno.

Eugenio se giró con la dificultad que se mueve una gran piedra, hasta darles la espalda y recostarse sobre el hombro en el que lo había mordido la serpiente, hinchado, ya pintado casi todo el brazo de negro. No sé si lloraba.

–Mejor que me mate el veneno.

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