La vigencia trágica de Guadalupe años sin cuenta

La primera pregunta que me suscitó la llegada de una versión de Guadalupe años sin cuenta a El Gesto Noble, tenía que ver con su vigencia: ¿qué nos podría decir hoy, en El Carmen de Viboral, una obra que habla sobre la violencia política que desangró al país a mediados del siglo pasado, las guerrillas liberales de los Llanos Orientales, las intrigas golpistas y el Frente Nacional? Para más señas, este clásico del teatro colombiano fue estrenado en 1975, casi al calor de los acontecimientos, por el Teatro La Candelaria; y remontada hace más de dos décadas por Tramaluna Teatro, el grupo que vimos en esta versión del festival, en el marco de los diálogos de paz de San Vicente del Caguán.

En buena medida la respuesta acerca de la vigencia pudo rastrearse en la recepción del público. A pesar de haber asistido a la función de las once de la noche, en las que suele pesar el sueño, la mayoría de los espectadores estuvimos en vilo y no escatimamos en exclamaciones. En efecto, lo que se estaba representando en escena generaba la reacción activa de la gradería de butacas por su actualidad: el apasionamiento político que lleva al odio y a la violencia, la estigmatización de las reivindicaciones de justicia, la actuación al margen de la ley de las fuerzas del Estado y la acomodación de las élites tradicionales, no eran temas anclados en el tiempo de la obra.

Por el contrario, entre el público, en las conversaciones del intermedio, identificábamos en el universo de la obra las angustias recientes sobre el Paro Nacional, el asesinato de líderes sociales y la precaria implementación del Acuerdo de Paz.

Fotografía: Sergio Ruiz. Centro de Divulgación y Medios. Universidad Nacional de Colombia

Que nos incomodáramos, que fuéramos lanzados a la reflexión sobre los conflictos sociales más actuales, apunta a que de ninguna manera la obra carece hoy de eficacia poética. En el tratamiento del tema histórico, Guadalupe años sin cuenta logra una alta capacidad sugestiva apartándose de la mera representación biográfica de Guadalupe Salcedo; así, mejor indaga sobre la presencia simbólica, sobre el efecto gravitatorio que este personaje –que aparece casi como un fantasma– causa en un contexto social sumido en la precariedad, el descontento y la violencia: allí esta presencia se erige como una suerte de esperanza fatídica.

Y si nos perturbaba ver representados a los personajes que viven dicho contexto, junto con sus angustias, era porque encontrábamos que sus vivencias se aproximaban dolorosamente a las de las personas, de carne y hueso, que hoy padecen similares situaciones de exclusión. En este sentido, la obra reclama un sentido compasivo, empático.

Pero, ¿con qué artefactos escénicos Tramaluna Teatro logra este efecto? Desde el inicio de la función, el escenario se extiende hacia las graderías. Casi sobre los espectadores, se representa una escena judicial donde se indaga sobre el asesinato de Guadalupe Salcedo: la presencia sobrecogedora de los militares, los testigos amedrentados y los funcionarios judiciales que más contribuyen a ocultar los hechos que a esclarecerlos, impone un ambiente de zozobra que atraviesa todos los cuadros escénicos. Sin embargo, esta atmósfera es en todo momento interpelada críticamente por los guiños irónicos (y hasta humorísticos) en los que es posible verificar la impronta de Santiago García y del Teatro La Candelaria.

Estos signos se leen en las marchas de los militares, en el entrenamiento de los guerrilleros, en las intrigas de las élites capitalinas y en las parrandas en los que todos participan, que por lo demás implican una alta exigencia actoral y donde basta una escenografía contenida para hacer creíble el acontecimiento teatral. Sobre este último elemento, vale destacar unos paneles que, sin que apenas sus movimientos sean notados por los espectadores, son convertidos por los actores en manigua, en muros y en puertas; y una vaca de utilería que no solo imprime un ambiente rural, sino que, como las víctimas del campo colombiano, pese a no tener nada que ver con las hostilidades, muere entre el fuego cruzado.

Fotografía: Sergio Ruiz. Centro de Divulgación y Medios. Universidad Nacional de Colombia

Pero si hay un elemento que logra darle coherencia estética a Guadalupe años sin cuenta es la presencia fundamental de la cultura popular. Las músicas llaneras, que fueron además aprendidas por los actores directamente de los músicos populares en las visitas del elenco a la región, cantan las tradiciones orales con las que en esa zona del país se construyó el relato revolucionario de Salcedo y sus hombres. Además, la totalidad de la obra recoge los testimonios, las heridas sociales, el carácter vital de los protagonistas, que fueron abordados tanto por Tramaluna como por La Candelaria. Así, la obra representa una estética obediencial que, según Enrique Dussel, impone en el artista la función de subsumir en su obra los contenidos expresivos y simbólicos, el sentido de la belleza de una comunidad.

Sin embargo, la vigencia de Guadalupe años sin cuenta tiene un componente trágico. Si, como expresa Patricia Ariza, esta es una obra que no se deja enterrar, es porque sigue funcionando como el espejo de una sociedad profundamente excluyente, de una alta conflictividad social, en la que se ejercen los más degradados métodos de dominación y violencia. Ojalá pudiéramos presenciar esta obra sin que nos dijera nada sobre nuestra actualidad, que su función fuera puramente anecdótica.

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