El Clownjuro: del miedo a la risa

Por Felipe Castaño y Juan David Arbeláez

La noche de clown es muy popular en El Gesto Noble y para muchos se convierte en un evento imperdible. La condición inherente al clown de la inocencia infantil, ese retorno al niño interior con su crueldad bonachona hacen de él un ser simpáticamente universal y de sus ocurrencias un deleite para el público.

Pero, y vale la pena advertirlo, el clown no busca hacer reír, su objetivo final no es la risa; él busca retornar a la infancia en cada acción que ejecuta, y su puerta de entrada al mundo de la niñez es el juego, en esa búsqueda le sale al paso la carcajada del público. Nunca se insistirá lo suficiente en ello, una puesta en escena del clown no es más exitosa por el número de risas que saca al público, sino por la simpatía y la ternura que despierta.

El Clownjuro de Agité se desarrolla en una casa embrujada, en la cual un espectro quiere deshacerse a toda costa de los nuevos inquilinos: Cuajada, Pitillo, Ricota y Mazamorra, ellos son la familia Warren y tienen muchas expectativas sobre su nuevo hogar. La inocencia y el terror son dos elementos que en conjunto causan un resultado inesperado. Por un lado, el espectro de Nene, celoso de su propiedad, recurre a lugares del imaginario común del terror, para espantar a los cuatro hermanos. Por otro lado, una monja solitaria quiere hacer de los cuatro inquilinos sus amigos, y por más que lo intenta siempre el resultado termina siendo el contrario. La muñeca, la mano con vida, el televisor, el cementerio, el lago: constituyen esos elementos comunes del “terror comercial” que trastocados por la imaginación del clown logran conectar al público y hacer una velada muy simpática. Vemos cierta crítica a ese cine cliché de terror que en nuestra  infancia nos hizo pasar más de una noche en vela.

Luego de inaugurar con una pijamada la llegada a su nuevo hogar, a cada uno de los personajes se les van presentando situaciones que caricaturizan el miedo, haciéndonos reír a carcajadas. Ante estos eventos se reúnen nuevamente en la sala para contar lo sucedido y piden la ayuda a el vecino — ¡ya sé lo que hay que hacer! — que les orienta sobre la forma de desvelar el misterio que encierra la casa.

Agité se ríe de sí mismo en escena, se ríe de nosotros e interpreta con total frescura una situación tenebrosa: los fantasmas están entre nosotros pero no tenemos por qué temerles, por el contrario, nos reímos de ellos y con ellos. Las equivocaciones o las situaciones que surgen de manera inesperada con el público son materia de experimentación e improvisación en la escena.

Para esta compañía, la risa del público no es un premio, ni les interesa, es sólo una interrupción de todo un disfrute en el escenario, que, por cierto, se expande en el polideportivo. No hay cuarta pared, el público hace parte de toda la acción, incluso en ocasiones toma parte activa en la representación. El vecino se escabulle de manera subrepticia entre la multitud para dar un grito repentino: — ¡ya sé lo que hay que hacer! —,  que detona en otro grito de pánico y risa en una mujer, pero el asustado termina siendo el mismo vecino:—Jueputa hasta yo me asusté— afirma en medio de la obra desprovisto de la voz del personaje.

La casa no puede seguir siendo ocupada por los Warren. El Nene, la voz misteriosa que está presente a lo largo de la obra y la monja fantasmal, que muy a su pesar asusta a los inquilinos con su afán por entablar cercanía, quedan abandonados en la casa lista para ser arrendada.

A lo largo de toda la función hay tres factores que nos parecen protagónicos y milimétricamente manejados conforme avanza la representación: la música, los sonidos incidentales y la dramaturgia de luces. En el primero, el piano prolonga la aprehensión y da dominio al efecto del suspenso que mantiene al público expectante. En el segundo, los efectos de sonido con las llamadas telefónicas a cada uno de los integrantes de los Warren cuando son convocados para la reunión de la pijamada; el toque estridente, cuando se presenta alguna situación terrorífica, la voz de la muñeca poseída que amenaza a actores y público con una verdad certera “Vamos a morir”. Y, por último, las luces, que a pesar de estar ubicadas en un polideportivo, jugaron un papel preponderante, creaban diferentes atmósferas, la combinación de azules intensos con verdes y luego rojos que se matizaban con una bruma estremecedora.

Estos elementos constituyeron un acierto para el diálogo entre terror e inocencia que quisieron plasmar los compañeros de Agité. Aunque al principio se dieron baches entre transiciones de un paso de cuadro a otro, lograron en poco tiempo darle ritmo a la obra, ya que cuando un clown está saliendo, el otro debe estar entrando.

Al final, después de tanto tiempo esperando la noche de clown, creemos que los muchachos de Agité nos regalaron un nuevo encuentro con la risa a través del juego, que tanta falta nos hace en este país. 

Nota. Foto tomada de la página de Facebook de Agité Teatro. Créditos a quien corresponda.

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