La leyenda de El Hombre Caimán

Por Daniela Rico

La autora, aprovechando las referencias míticas, legendarias y de la narración oral que siempre habitan al FIT El Gesto Noble, crea su propia versión de una de las leyendas más difundidas de las narraciones culturales colombianas.

Era un hombre aventado y sin escrúpulos. Su nombre era Saúl Montenegro y en el Plato, Magdalena, lo conocían como El groserón. Era de esos tipos molestos, que no lograba acercarse a una mujer de una manera tranquila, sino que utilizaba sus métodos hostigantes que no funcionaban pero que nunca cambiaba.

Cuando les digo que no tenía escrúpulos, es porque en verdad no los tenía. Pero habría que estudiar su crianza y su forma de relacionarse con las mujeres para comprenderlo, no para justificarlo, pero eso sería otro cuento.

Uno de los pasatiempos favoritos de Saúl era espiar a las jovencitas que se bañaban en el caño “Las mujeres” del río Magdalena. Las chicas solían ir a este lugar a conectarse con la naturaleza, a hacer meditaciones, rituales y dejar las malas energías en el río después de un baño de sus cuerpos desnudos. Para acercarse más a las mujeres, sin ser linchado, El groserón decidió buscar al más teso en brujería para que le ayudara a encontrar otra forma de hacerlo y así pasar desapercibido como uno más del paisaje. Efectivamente aprendió a adoptar la forma de un caimán. Para lograrlo necesitaba de un cómplice que pronunciara dos frases en los momentos adecuados: “animal libre”, para transformar su cuerpo en el saurio y “cuerpo en tierra” para retornar al humano. De lo contrario, Saúl no podría controlar su maraña.

Decidió llevarse a un amigo suyo, que era muy callado y no hacía preguntas, para que le ayudara durante el proceso. Así que un día de luna llena, día favorito de las mujeres para ir a hacer su limpia, se dirigió con su lavaperros a el caño “Las mujeres”. Una vez llegaron, el amigo pronunció la frase: “animal libre” y de inmediato Saúl se transformó en caimán. Se dirigió al río donde se encontraban las jovencitas. Al cabo de un rato, Saúl retornó al punto de encuentro con su amigo, y él pronuncio la frase: “cuerpo en tierra”, e inmediatamente Saúl era humano de nuevo. El feliz y el callado terminan su rato y se van al parque a celebrar.

En la siguiente visita, su amigo no lo pudo acompañar, así que al primero que abrió la boca se lo llevó de asistente. En el camino le explicó el cuidadoso procedimiento. Todo empezó muy bien, “Cuerpo libre” dijo el pega’o, y de inmediato Saúl se volvió caimán. Cuando Saúl termino de deleitar el ojo, volvió donde el nuevo para que con sus palabras dirigiera su transformación. Con lo que no contaba El groserón era que este personaje era medio bobo y olvidó la frase que lo haría recuperarse.

–¡Mmmm ¿Cómo era que dijo?!– se preguntaba el ayudante, mirando hacia la copa de los árboles.

–Caimán al cuerpo– gritó. Pero nada ocurrió.

–A la tierra te devuelvo– volvió a decir nervioso pero nada de nada.

Saúl ya estaba desesperado. Para cuando el atontado recordó la frase, ya era muy tarde, solo alcanzo a decir la palabra cuerpo, porque El Caimán le abalanzó y lo calló para siempre. Como el pega’o solo dijo la mitad de la frase, solo logró devolverle la mitad de su forma humana a Saúl.

Saúl deambuló para siempre como mitad hombre, mitad caimán. Causaba terror en las cercanías del río. No hay mujer que lo mire. No hay Pega’o que lo salve.

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