“Las cosas tienen vida propia, todo es cuestión de despertarles el ánima”

Por Juan David Arbeláez

Un solo de saxofón atraviesa la penumbra del teatro. Entre partituras, cavilando una nueva obra musical se encuentra el compañero del gato que será protagonista de la obra que presenciamos. Al compás de mi gato cuenta una pequeña historia de las travesuras y peripecias de un gato travieso y de un músico que lo cuida, lo acompaña y lo busca con ahínco cuando se pierde por sus travesuras.

Se nota que Jorge Libreros y Natalia Duque conocen bien a los mininos, han estudiado sus movimientos, entre ellos dos con una coreografía desenfadada, pero con una precisión de relojero le imprimen vida al felino protagonista de la obra, un gato travieso que no tiene ningún reparo en atravesar la ventana de su casa y salir a la platea a juguetear con el público.

Jabrú siempre exige de grandes y pequeños el uso de la imaginación. No subestiman al público en absoluto, ni a grandes ni pequeños. Desde esta premisa, nos hacen cómplices nocturnos de los sueños del gato y a través de una pequeña ventana, con una música psicodélica recorremos la ciudad de noche, sus edificios, sus tejados; las estrellas.

Natalia y Jorge saben convertir cualquier objeto en un potencial actor: hace años tuve la oportunidad de recibir algunas de sus enseñanzas en la Universidad Nacional y con un simple trapo y unos nudos podíamos hacer que una tela y unos amarres cobraran vida. Con tres compañeros ejecutábamos movimientos en sus cabezas, sus manos y sus pies.

Así mismo en Al compás de mi gato, una linterna se transforma en una motocicleta que recorre el teatro, piloteada por el angustiado compañero del gato travieso. Jorge con un pito hace las veces de motor, pero luego maúlla, y luego hace de saxofón y tremendas tonadas puede ejecutar con este pequeño instrumento, pero luego es la voz angustiada del humano que busca a su pequeño emperador, el gato. 

Como es habitual en Jabrú, se prescinde del lenguaje articulado para experimentar con un lenguaje universal, el de los gestos, los sonidos, los colores, la música. Ellos en el escenario no tienen límites ni banderas ni lenguajes que los limiten. En El Carmen de Viboral o en Praga, el público sentirá la misma alegría cuando el angustiado humano encuentre a su gato travieso en el estuche de la guitarra.

Nota. La imagen ha sido tomada de jabrutiteres.com. Créditos a quien corresponda.

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