Breve antología del microrelato teatral

Selección por Mauricio López.

Hamlet, Sławomir Mrożek

Me llamó el director y dijo:

—Le felicito, hemos decidido confiarle el papel de Hamlet.

Como todo actor, siempre había soñado en hacer ese papel. De modo que no cabía en mí de felicidad. Le di las gracias con efusión, prometiendo hacer lo posible para cumplir con el gran cometido que se me confiaba.

Los ensayos estaban a punto de comenzar, cuando el director volvió a llamarme. Parecía un poco turbado.

—Hay novedades. El equipo considera que el hecho de confiarle el papel de Hamlet significa favorecer a un individuo.

—¿Quiere decir que el papel de Hamlet lo hará otro?

—No, eso también significaría favorecer a un individuo. Pero hemos dado con la solución. El papel de Hamlet lo harán usted y ocho actores más. Por suerte, no tengo en el equipo más que a nueve que puedan parecerse a Hamlet.

—Comprendo, es decir, que yo y ocho más nos turnaremos.

—No, lo haréis todos a la vez.

—¿Cómo, todos a la vez…? ¿No querrá decir en la misma función?

—Sí, en la misma, cada noche.

—Pero, ¡eso es imposible! ¿Nueve Hamlets en un Hamlet?

—Sí.

—¡Ah!, es decir, uno sale, entra el segundo, sale éste, entra el tercero, etcétera.

—No, porque entonces surge el problema del orden de aparición y de la violación de la igualdad de derechos. Nadie debería ser ni el primero, ni el segundo, ni el noveno. Usted olvida que todos deben tener las mismas oportunidades.

—Entonces, ¿cómo?

—A coro.

Me dejé caer sobre la silla. El director se levantó, salió de detrás del escritorio y me puso una mano en el hombro.

—¡Anímese! Desde el punto de vista social seremos correctos y desde el punto de vista artístico puede ser un gran éxito. Ya tenemos al director de escena encargado de la función, será un experimento muy interesante, vanguardista. La división de Hamlet en nueve personalidades, ¿comprende?

—Comprendo. Psicología profunda.

—Eso es, lo ha expresado perfectamente.

Luego se inclinó y añadió más bajo:

—Y entre nosotros, nadie le prohibirá hablar más alto que los demás.

Empezaron los ensayos. Estábamos un poco apretados en el camerino y en el escenario también tropezábamos los unos con los otros, pero en cambio se creó un fuerte sentimiento de colectividad.

Llegó el día del estreno. El primer acto estuvo pasable, pero cuando llegamos a la escena del cementerio faltó para mí una calavera de Yorick, pues el encargado del atrezzo se había equivocado y había preparado sólo ocho piezas. Por lo tanto, quise quitarle la calavera al colega de la izquierda, pero él no la quería soltar y caímos juntos a la tumba. Mientras tanto, los de arriba también empezaron a pegarse porque nuestra calavera se había quedado allí, de modo que seguía habiendo ocho calaveras, pero ellos eran siete y cada uno quería tener dos.

Hubo nueve casos de contusiones, cinco lesiones en la cara y tres heridas de arma blanca. ¿Quién dijo que Hamlet era la tragedia de un individuo?

Sueño de Federico García Lorca, poeta y antifascista, Antonio Tabucchi

Una noche de agosto de 1936, en su casa de Granada, Federico García Lorca, poeta y antifascista, tuvo un sueño. Soñó que se encontraba en el escenario de su teatro ambulante y que, acompañándose con el piano, estaba cantando canciones gitanas. Iba vestido de frac, pero en la cabeza llevaba un sombrero de ala ancha. El público estaba formado por viejas vestidas de negro, con mantones sobre los hombros, que lo escuchaban absortas. Una voz, desde la sala, le pidió una canción y Federico García Lorca comenzó a interpretarla. Era una canción que hablaba de duelos y naranjales, de pasiones y de muerte. Cuando acabó de cantar, Federico García Lorca se puso en pie y saludó a su público. Bajó el telón y sólo entonces se dio cuenta de que detrás del piano no había bastidores, sino que el teatro se abría hacia un campo desierto. Era de noche y había luna. Federico García Lorca miró entre los cortinajes del telón y vio que el teatro se había quedado vacío como por encanto, la sala estaba completamente desierta y las luces se estaban apagando. En aquel momento oyó un aullido y descubrió detrás de él un pequeño perro negro que parecía estar esperándolo. Federico García Lorca sintió que debía seguirlo y dio un paso. El perro, como ante una señal convenida, empezó a trotar lentamente abriendo camino. ¿Adónde me llevas, pequeño perro negro?, preguntó Federico García Lorca. El perro aulló lastimosamente y Federico García Lorca sintió un escalofrío. Se dio la vuelta y miró hacia atrás, y vio que las paredes de tela y madera de su teatro habían desaparecido. Sólo quedaba una platea desierta bajo la luna mientras el piano, como si lo rozaran dedos invisibles, continuaba tocando por sí solo una vieja melodía. El campo estaba cortado por un muro: un largo e inútil muro blanco tras el cual se veía más campo. El perro se detuvo y aulló nuevamente, y también Federico García Lorca se detuvo. Entonces de detrás del muro surgieron unos soldados que lo rodearon riéndose. Iban vestidos de oscuro y llevaban tricornios en la cabeza. Sostenían el fusil en una mano y en la otra una botella de vino. Su jefe era un enano monstruoso, con la cabeza llena de protuberancias. Tú eres un traidor, dijo el enano, y nosotros somos tus verdugos. Federico García Lorca le escupió en la cara mientras los soldados lo sujetaban. El enano rio de un modo obsceno y gritó a los soldados que le quitaran los pantalones. Tú eres una mujer, dijo, y las mujeres no deben llevar pantalones, deben permanecer encerradas entre las paredes de casa y cubrirse la cabeza con una mantilla. A un gesto del enano los soldados lo ataron, le quitaron los pantalones y le cubrieron la cabeza con un chal. Asquerosa mujer que te vistes de hombre, dijo el enano, ha llegado la hora de que reces a la Santa Virgen. Federico García Lorca le escupió a la cara y el enano se secó riendo. Después sacó del bolsillo la pistola y le introdujo el cañón en la boca. Por los campos se oía la melodía del piano. El perro aulló. Federico García Lorca oyó el estampido y despertó con sobresalto en su cama. Estaban golpeando la puerta de su casa de Granada con las culatas de los fusiles.

Imposible, Thomas Bernhard

Un autor teatral, cuyas obras se representaban en todos los grandes escenarios, se fijó como norma no asistir a ninguna de esas representaciones y, durante años, él, que con los años tenía cada vez mayor éxito, pudo atenerse a esa norma. Rechazaba sistemáticamente todas las invitaciones de los directores de teatro para ver sus escenificaciones, y no respondía siquiera a la mayoría de esos ruegos. Por lo demás, nada odiaba más que a los directores teatrales. Un día quebrantó su norma y fue a Düsseldorf, donde, en el Schauspielhaus de allí, que pasaba entonces por uno de los primeros escenarios, lo que, como es natural, no quiere decir que el Schauspielhaus de Düsseldorf fuera efectivamente uno de los primeros teatros de Alemania, vio su última obra, que se representaba allí; como es natural no el estreno, sino la tercera o la cuarta representación. Después de ver lo que habían hecho con su obra los actores de Düsseldorf, interpuso una demanda ante el tribunal competente de Düsseldorf que, antes de que llegara a verse en juicio esa demanda, lo llevó al famoso manicomio de Bethel, en la cercana Bielefeld. Demandó al director del teatro de Düsseldorf para que le restituyera su obra, lo que quería decir simplemente que pidió que todos los que habían participado en la obra de la forma que fuera le restituyeran y devolvieran lo que los había puesto en relación con la obra, por mínimo que fuera. Por supuesto, exigió también que los espectadores, cerca de cinco mil, que entretanto habían visto su obra, le devolvieran lo visto.

El dolor de Polus, Aulo Gelio (S. II)

En Grecia había un actor, llamado Polus, que superaba a sus rivales por la pureza de su voz y por la gracia de sus gestos. Interpretaba las mejores tragedias con suma habilidad. Un buen día, Polus perdió a un hijo que adoraba y abandonó la profesión. Tras un duelo muy largo, volvió a actuar en Electra, de Sofocles. En la obra, delante de los atenienses, debía cargar una urna que supuestamente contenía las cenizas de Orestes, su hermano asesinado, y llorar de forma desconsolada. Polus apareció entonces en escena, vestido con la ropa lúgubre de Electra, sólo que en sus manos llevaba no las supuestas cenizas de Orestes sino la urna con los verdaderos restos de su hijo. Apretando la urna contra el pecho, brindó al público gritos reales y no simulados. Todos creyeron que el actor representaba un papel, pero era su propio dolor lo que encarnaba.

El que se odia a sí mismo, Elias Canetti

Un personaje que pronuncia un discurso furibundo contra sí mismo. No hay nada malo, no hay nada vulgar que el que se odia a sí mismo no se atribuya. Con ello suscita el amor unánime de todos. El que haya oído su discurso correrá en pos de este hombre y sucumbirá a él. Pero éste, lo único que hace es seguir despotricando cada vez más para defenderse del que le persigue. Empieza a ser como sus afirmaciones. Sus autoacusaciones se hacen verdaderas; su éxito crece. Es tan peligroso como atractivo. Su éxito le corta la respiración; ya no sabe qué hacer. En su desesperación llega un momento en que se olvida de sí mismo y deja escapar algunas buenas palabras sobre su persona. En este mismo momento le abandonan todos y está salvado.

La trama, Jorge Luis Borges

Para que su horror sea perfecto, César, acosado al pie de la estatua por los impacientes puñales de sus amigos, descubre entre las caras y los aceros la de Marco Bruto, su protegido, acaso su hijo, y ya no se defiende y exclama: ¡Tú también, hijo mío! Shakespeare y Quevedo recogen el patético grito.

Al destino le agradan las repeticiones, las variantes, las simetrías; diecinueve siglos después, en el sur de la provincia de Buenos Aires, un gaucho es agredido por otros gauchos y, al caer, reconoce a un ahijado suyo y le dice con mansa reconvención y lenta sorpresa (estas palabras hay que oírlas, no leerlas): ¡Pero, che! Lo matan y no sabe que muere para que se repita una escena.

En serio, Thomas Bernhard

Un actor cómico, que durante decenios vivió sólo de ser cómico y que había llenado siempre, hasta la última butaca, todas las salas en que había actuado, fue de pronto, para un grupo de excursionistas bávaros que lo descubrieron en el saliente que domina el llamado Abrevadero de Salzburgo, la sensación largo tiempo esperada. El actor cómico aseguró ante el grupo de excursionistas que, tal como estaba, con pantalones de cuero y un sombrero tirolés en la cabeza, se precipitaría al vacío, lo que hizo que el grupo de excursionistas, como de costumbre, se riera a carcajadas. El actor cómico, sin embargo, dijo al parecer que hablaba en serio, y real e instantáneamente se precipitó en el vacío.

La marioneta, Edmundo Valadés

El marionetista, ebrio, se tambalea mal sostenido por invisibles y precarios hilos. Sus ojos, en agonía alucinada, no atinan la esperanza de un soporte. Empujado o atraído por un caos de círculos y esguinces, trastabillea sobre el desorden de su camerino, eslabona angustias de inestabilidad, oscila hacia el vértigo de una inevitable caída. Y en última y frustrada resistencia, se despeña al fin como muñeco absurdo.

La marioneta —un payaso en cuyo rostro de madera asoma, tras el guiño sonriente, una nostalgia infinita—ha observado el drama de quien le da transitoria y ajena locomoción. Sus ojos parecen concebir lágrimas concretas, incapaz de ceder al marionetista la trama de los hilos con los cuales él adquiere movimiento.

Fin de toda discusión teológica sobre Judas, Marco Denevi

Judas es un recurso dramático exigido por la mecánica de la Pasión, un personaje ideado por Dios para que asuma el papel individual del traidor. Lo representa un hombre en calidad de actor. Apenas la Pasión concluye, el hombre deja de ser Judas. Nunca sabremos su verdadero nombre. Su identidad humana jamás nos será revelada. Él mismo ya ha olvidado que una vez encarnó a Judas. Y lo que huelga de la higuera es el disfraz que usó sobre el escenario.

Mr. Nonsense: A Life of Edward Lear, Emery Kelen

Érase una vez un hombre triste que fue a ver al médico para que le curase de su melancolía. El médico lo reconoció a fondo y le dijo: «No he podido encontrarle nada mal, pero voy a darle un consejo. Hay un circo en la ciudad; vaya esta misma noche. Verá un payaso que es tan divertido que no podrá parar de reírse en una semana».

«Doctor» —dijo el paciente triste—, «ese payaso soy yo».

Diapsálmata, Søren Kierkegaard

Una vez sucedió que en un teatro se declaró un incendio entre bastidores. El payaso salió al proscenio para dar la noticia al público. Pero este creyó que se trataba de un chiste y aplaudió con ganas. El payaso repitió la noticia y los aplausos eran todavía más jubilosos. Así creo yo que perecerá el mundo, en medio del júbilo general del respetable que pensará que se trata de un chiste.

De todo un poco, Antón Chéjov

Un dramaturgo moscovita sufrió un fracaso estrepitoso en el estreno de una obra. Paseando por el foyer y mirando torvamente a su alrededor, el autor encontró a un amigo y le preguntó:

—¿Qué opina usted de mi obra?

—Opino —respondió el amigo—, que usted se sentiría ahora mucho más a gusto si fuera mía.

La provincia del hombre, Elias Canetti

Todos los consejos que él ha dado y todos los aconsejados en persona salen a escena. Actúan como él les había aconsejado, pero unos con otros, una comunidad viviente. Al final, al verlos a todos juntos, se da cuenta de lo que él quería.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s