El espíritu y la máscara

Es la hora del show de Mela. La familia detiene su afán y festejo porque es la hora del show de Mela. Está en el centro del ámbito: viste las faldas de oleaje flamenco, la flor coposa para hinchar el cabello. Las castañuelas en las manos. La mirada en contrapunto con el cielo y la sonrisa no en la boca, la sonrisa en los pasos, la sonrisa en los pasos. Es la hora del show de Mela. Retiene la mirada de todos porque baila como si fuera la sombra de Lola Flores, la diva española que en otro tiempo llamaron La Faraona. Te detienes a observarla. La vez bailar, la vez deshojarse en los golpes de la música. Le vez el paso certero y escuchas el suelo que brama. Tú estás suspendida, aletargada.  Apenada. Dices: “Mi mamá parece un payaso, tan aburridora”, pero la mirada de tu madre sigue en contrapunto con el cielo y la sonrisa no en la boca, la sonrisa en los pasos, la sonrisa en los pasos.

Si en el firmamento

Poder yo tuviera

Esta noche negra

Lo mismo que un pozo

Con un cuchillito

De luna lunera

Cortara los hierros

De tu calabozo

Entre estos versos de La Faraona habrá bailado alguna vez tu madre, querida Chava. Es lunes, 19 de julio. No hemos tenido poder sobre el firmamento pero la luna pasa con su costado afilado en el borde del atardecer. 6:00 pm. La noche no será negra: en pocas horas subirás las escalas hacia el segundo piso del Instituto de Cultura de El Carmen de Viboral. Te espera el festín. El Agasajo. Te esperarán porque hoy serás una de las homenajeadas por El Festival de Teatro. “Mi vida y la de Matacandelas no pueden separarse”, me dices. Esta noche no habrá pozo pero sí proscenio. No habrá lugar para la pena, María Isabel. Mientras conversamos miro tu falda de arabescos violetas. El cabello oscuro y compacto que se detiene antes del nacimiento del cuello. Los párpados pesados y los ojos del color de la arena en los desiertos. La metáfora no exagera: los ojos del color de la arena y los párpados con la cadencia de las dunas. Cuando mueve los brazos, me parece estar viendo el oleaje de la falda de su madre cuando bailaba como Lola Flores.

Naciste en Envigado. Crees que la voz del arte te viene de tu madre, de sus bailes. De sus apariciones en pequeñas zarzuelas que hacía con tu padre para la iglesia. Cuentas con facilidad, y la boca se te engloba como un ánfora, que llegaste al teatro por una serie de sucesos afortunados. Primero, tu encuentro con el centro literario del colegio. Luego, la tentativa de montar con ellos Farsa de la ignorancia y la tolerancia en una ciudad de provincia lejana y fanática que bien  puede ser esta, de Gustavo Andrade Rivera. El título se me antojó una broma bastante sabida, casi ostentosa (al mejor estilo de Cervantes o el Shakespeare de Como gustéis) aun cuando solo he conocido del autor Rémington 22 , en la cual hay que esquivar la hoz de la muerte en cada línea. Necesitaban un espacio más grande para el montaje de  la obra y tantearon en la Casa de la Cultura. Ocurrió el giro en el drama: Conociste un grupo de personas “vi esa gente tan alegre, tan tan, generosa, tan… activa que yo me quedé impactada. Entonces ellos vieron el cuadro que teníamos y Cristóbal me invitó a hacer parte de Matacandelas”. 

Cristóbal Peláez había traído un montaje titulado Qué cuento es vuestro cuento cuyo fondo dramatúrgico estaba sembrado en pasajes de Jacques Prévert, León de Greiff, León Felipe y García Márquez. “El sol brilla para todo el mundo, no brilla en las prisiones, no brilla para los que trabajan en las minas, los que descaman el pescado./ Los que comen carne podrida./ Los que fabrican horquillas para el pelo”. Recuerdas el inicio del texto de Prévert mientras vas tejiendo el acento de los versos con las manos. Si alguien te viera, te podría creer más una directora de orquesta que una actriz. En el fondo eres ambas: música y acción… Y texto. Justo ahora, mientras escribo una pequeña estela tuya, en palabras, para que no la espante el viento, decido hacerte coro en la declamación del texto de Prévert. Continúa: “Los que soplan las botellas que otros beberán./ Los que pasan las vacaciones en las fábricas./ Los que ordeñan las vacas y no beben la leche./ Los que no son anestesiados en el consultorio del dentista./Los que fabrican en los sótanos las lapiceras con las que otros escribirán al aire libre que todo marcha a las mil maravillas”. 

Vuelvo a ti, Chava. Me hablas de tu acercamiento a la poesía de la mano de Cristóbal Peláez. Entonas una imagen que me pareció conmovedora. No te lo digo: “Aprendí a escuchar a la poesía y su corazón”, dijiste. Imaginar un corazón latiendo al fondo de la poesía me hace pensar en la palabra como un hecho sagrado que palpita en el fondo de toda humanidad. Como un hecho sanador. Tampoco te lo digo. 

“Después de ver esa obra de ellos quedé tan impactada, el impacto fue brutal, me quedé pensando en esos textos… no sé cuántas semanas… entonces empecé en el teatro” Tenías 17 años. Entonces iniciaste la celebración del cuerpo como instrumento para el arte, comenzaste a usar la voz para que la poesía saliera de los textos y recorriera las pieles, aprendiste el oficio de la actuación y la música para transportar a los espectadores del asiento del teatro hasta la vastedad de los mundos posibles. Tuviste que superar la vergüenza y el ocultamiento de la voz cuando Cristóbal te exigía potencia. Dices que eres una actriz dramática, que no te gusta la comedia, que te gustan los personajes de profundidad filosófica. Aún así, querida Chava, entregas amor y devoción con tu corporalidad de artista. Me digo: Chava ama con su boca cuando canta, con sus manos cuando frota el violín. Y con el cuerpo, cuando las palabras de los maestros se desbordan en la escena.

✥✥✥

Informe para la declaración de un grito y un espanto. La aquí mencionada, María Isabel García, actriz y música de la Corporación Teatral Matacandelas informó en pleno uso de sus facultades, en una entrevista ofrecida a María Camila López Isaza que: “Los roqueros en esa época eran el símbolo más importante. La rebeldía eran ellos. Yo me mantenía en un bar de Envigado donde ponían rock […] se llamaba El Palomar, pero ya no existe. Y yo me iba pa’llá. Inclusive meseriaba, pero no [porque] me pagaban, sino por ayudarle al señor —porque eso se llenaba— y por estar ahí. Entonces me daba cerveza, y yo por una cerveza meseriaba. Y por la música, que era puro rock. Pero el problema del rock es que no llega sino hasta la borrachera”. De igual manera, al perito de la presente rendición, Julián Acosta Gómez, autodidacta en conceptos de las revelaciones etílicas, bares y otros entes pedagógicos, García ha declarado que era metalera. Que escuchaba Motörhead, Plasmatics, Metálica y Kittie seguramente en sus horas laborables autorremuneradas con cerveza. Informa al mencionado Acosta Gómez, autodidacta en escuchar y fisgonear,  que antes de subirse a una presentación para ella el espacio del camerino es un momento de concentración. De inspiración. Para cumplir con el requerimiento, disposición y/u obligación del buen actor, se disponía a removerse las fibras del alma escuchando metal. Argülle lo siguiente: “A mí no me gusta subirme al escenario y decir solo texto, me gusta tener algo qué decir y salir con emoción. Calentaba con Metal”. Dice, afirma, ratifica que: en aquellos tiempos, y cuando montaba obras como Medea u O Marineiro quedaba, ella, cargada de melancolía. Que en las noches no conseguía dormir. Que la despertaba una presencia extraña que la acechaba. Que no la dejaba descansar y que solo conseguía dormir cuando lo hacía en la cama de su señora madre, que para el presente informe será reconocida como La danzadora. Continúa María Isabel afirmando que no dice que es depresión el estado de esos momentos porque cuando conoció la depresión, en la menopausia, supo que esta era un estado en el cual las razones para levantarse y salir de la cama escasean. El caso del Metal, y de las obras de atmósfera oscura, era diferente. La susodicha manifiesta un peso, una carga, un espíritu maligno que la perseguía. Como para cualquier oficina federal o nacional queda prohibida la acción contra espíritus, La danzadora le otorgó en préstamo a García el libro Rompiendo las cadenas de Neil Anderson. Si María Isabel García, llamada La Chava, encontró alguna solución a la persecución espiritual, lo dictaminará con su relato Julián Acosta Gómez, autodidacta en embrollar personajes y fragmentar historias. 

Foto tomada de matacandelas.com. Entrevista de María Isabel García. Créditos a quien corresponda.

✥✥✥

No dormías. Dices que esa percepción te viene de mucho tiempo atrás. Que en las primeras ocasiones que visitaste el Festival de Teatro El Gesto Noble, cuando te alojaban en la Villa Campesina, las noches se poblaban de otros que no eran los propios. “A todos los miembros del grupo nos pasó algo, nos movían, nos despertaban, nos asustaban”. No dormías. Entonces tu madre, Cristiana evangélica, te prestó el libro. Encontraste a Jesús, el rompedor de cadenas. “El único que tiene potestad en contra de esos seres es Jesús. Entonces yo le entregué mi vida. Él le dice a uno que lo quiere liberar pero uno debe dejarlo entrar. Yo le decía ¡cómo es eso, qué hay que hacer, meto! Jesús, sentado a la diestra, pone cosas en tu corazón. Cuando eso pasa viene el cambio, ya eres otra persona. Si peleo con alguien del grupo, Él me regaña: me dice que ya estoy en otra onda. Entonces siempre pido perdón. Ya puedo actuar cualquier cosa tranquila. El personaje allá y yo aquí. Que mi infancia fue muy dura, porque mi papá murió cuando tenía yo 8 años, nooo mááás. Que me voy a sentir melancólica, nooo mááás. Uno es un ser nuevo, atrás el pasado. Jesús nos pone en el camino del Reino”. 

El espacio destinado a los estertores del Metal, a las voces guturales, a las guitarras voluptuosas, fue  tomado por el soplo de fuego del Espíritu Santo. El camerino, para ti, es un lugar del misterio sagrado. Sabes que no puedes entrar en escena con el alma despoblada de emoción. En tu silencio, con la presencia de los personajes ya mirándote sobre el hombro, pides al Espíritu que te entregue los medios para generar el vínculo con los espectadores. Pienso en todas las formas del arte sacro, pero más todavía en el arte como experiencia sagrada. Como si cada expresión del artista viniera de un reino que solo es revelado para mostrar la profundidad del mundo y sus matices. Entonces la mirada del artista y del espectador confluyen en un acto sagrado, de revelación. De un tejido con hilos de luz, como llamaron los griegos a la revelación poética. Comprendo que en ti confluye la sacralidad artística y la sacralidad divina. No las puedes dividir por que el arte, para ti, es la expresión de la divinidad, entonces la máscara del personaje viene solo y para siempre en el soplo del Espíritu, sin él no conseguirás extender el eslabón que te hace vibrar sobre la presencia de un espectador. Para que una función sea el viaje que requieres solo puedes conectar con la motivación divina. 

Recuerdas una función reciente de O Marineiro. Me cuentas que en Teatro Matacandelas apareció un pájaro ciego. Lo cuidan en sus necesidades y, de alguna manera, los ojos que se le han oscurecido, se abrieron como llamas en los corazones de todos. No sabe comer solo. No sabe volar. El pájaro ciego. Ustedes lo llamaron Maeterlínck (Júbilo de la ironía y la repercusión poética). Tú también te has dejado tomar por sus ojos neblinosos. Entonces en tus diálogos con el Espíritu Santo, supiste que debías dedicar la función completa a él. Lloraste toda la función, como la muerte plañidera que se abre en la obra: revelación sagrada, el arte y lo divino como aperturas místicas. 

Pronto tendrás que subir los escalones para afrontar la ovación. ¿Qué conversación sostendrás con el Espíritu Santo antes?, me pregunto. Te alejas. Caminas mientras el oleaje de tu falda parece trasladarse a las noches del show de Mela. También habitas la carne de una danzadora. Pienso en tu compromiso, sin final ni derrumbe, con el Galileo. Entonces recuerdo otra canción de Lola Flores: “A tu vera/A tu vera, siempre a la verita tuya/Siempre a la verita tuya/Hasta que de amor me muera”.

El Carmen de Viboral, julio del 2021.

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