Yo soy el espacio donde habito: reseña crítica de la exposición de El Gesto Noble

Juan David Arbeláez

Una puerta, raída por el tiempo, es el umbral para ingresar a los espacios de la memoria que se atreve a hilvanar Cristina López con su instalación Yo soy el espacio donde estoy. Ella teje una urdimbre en la cual pasado y presente se encuentran. El espacio del encuentro lo sentí como una casa, nuestro primer rincón del mundo. Luego de cruzar esa puerta nos encontramos con fragmentos coloridos y resquebrajados de la cerámica y sus colores contenidos en un plano inferior y horizontal, alrededor del cual, a manera de habitaciones, se van integrando diferentes instalaciones.

Después de atravesar el umbral al lado izquierdo de ese patio de fragmentos rotos de cerámica, se encuentra un guacal en cuyo interior se pueden ver pedazos de piezas sin pintar, pocillos y tazas que comparten su existencia con pedazos de gritos, bocas, gestos estáticos que evocan esa sentencia mítica del barro como esencia de nuestra humanidad. Antes de la llegada de algunos dispositivos de almacenamiento era común el uso de guacales con madera basta para la venta de hortalizas u objetos de la incipiente industria nacional de la que El Carmen fue un noble protagonista. En un costado de esta instalación hay una frase que reza: “En los cajones la memoria y en los templos el pregón” …. ¿Pregón? ¿Acaso en este guacal se encuentran materializados los gritos del vendedor?

Archivo personal del autor

En el costado izquierdo se encuentra Don Julio sentado, meciéndose con la tranquilidad de quien no tiene el espíritu vertiginoso de estos años. Su presencia, meciéndose de manera estática en una silla arrulla al tiempo y lo dilata.

Justo detrás del muro que de un costado resguarda la imagen en movimiento de don Julio, se encuentra una fotografía de una lápida enmarcada con un vidrio ensamblado con cuatro tornillos de bronce. Nemesia Vargas de C. Murió el 20 de febrero de 1908. Edad 31 años. SU ESPOSO E HIJOS LE CONSAGRAN ESTE RECUERDO. Conversando con la artista me refiere la historia sobre el antiguo cementerio y el desmonte del mismo para la construcción del que actualmente se encuentra a la entrada del pueblo por la avenida principal. En la mudanza se optó por trasladar algunos restos y lápidas para el actual cementerio. Nemesia es un testigo silencioso de esta migración. Esa lápida es un espacio de la memoria de un lugar que alberga a los primeros habitantes del municipio. Y ahora, en su trasegar mortuorio llega a nosotros con esta poderosa imagen delicadamente tratada con el vidrio y el bronce.

Si se continúa en el costado derecho, en la esquina opuesta, hay otro hombre. Con sus manos le ha dado vida, como un semidiós, a pequeños objetos que acompañan nuestra cotidianidad. En su acción se ven sus manos en estrecha relación con el barro. Es como si su propia figura emergiera del barro. Don Bernardo es obra y obrador a la vez. Silencioso escultor del barro. La proyección de su imagen está atravesada por un hilo de arena y caolín que cae en el suelo y genera una pequeña montaña de arena.

El último de los habitáculos de la memoria que exploré recreaba una canción basada en un poema de Orlando Rendón. “De la Quiteña saber quisiera, nido perdido, delirio o loquera.”

Archivo personal del autor

Tomás aparece en un retablo dorado con elementos barrocos, este tipo de retablos es propio de las imágenes religiosas latinoamericanas. En ese sentido podríamos llegar a pensar que es una suerte de intención profana en esta instalación. Pero si nos adentramos en su historia, comprendemos que quizá su locura, tiene mucho de santidad. En la tradición marroquí hay un santo al que se le denomina maydub (lit. “arrastrado”). Este término encierra perfectamente lo que le ocurrió a Tomás: su locura es detonada por un rapto divino irresistible y arbitrario. Tomas es un “santo arrebatado” que se desconecta de este mundo cuando por orden de las autoridades eclesiásticas la imagen de La Quiteña es removida del municipio que fue su refugio. La santa locura de don Tomás es ambientada con la voz, también divina, de María Helena Narváez. Ella a musicalizado el poema de Orlando para homenajear a la quiteña y a quien ha perdido la razón por ella.

He terminado mi recorrido por la exposición con esta estremecedora imagen de una voz que canta al mayor acto de dolor y despedida por una imagen. Al punto de perder la razón.

Cristina López ha construido una casa para la memoria espacializando lo intangible. Con la memoria como materia ha construido muros, habitaciones y patios para albergar toda la memoria de un pueblo, el cementerio, las fábricas de arcilla, la iglesia, y sus habitantes como espectadores en arcilla de un pueblo que deviene hogar.

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