Dos metros ocupa el universo

Reflexiones alrededor de la obra Un mar de gatos de Teatro Malayerba, entablando un diálogo entre la puesta en escena de los creadores y lo visto por el espectador.

Hablo y hablo y no me escucho. Del techo cuelgan pañuelos y en el suelo reposan más pañuelos descartados. Al lado izquierdo hay una sillita de madera; al derecho, un hombre boca abajo: el cuerpo del crimen. Un ruido de agua y maullidos invaden la sala: llovía un mar de gatos. El hombre despierta ondulando sus extremidades como una cucaracha patas arriba, se pone de pie, pero su cuerpo parece buscar una y otra vez la caída.

Carolina Vascones presenta una obra unipersonal, donde Gerson Guerra actúa de sí mismo, construyendo una doble exposición junto al público. Los elementos empleados hacen de la obra una escena intimista, estos objetos cobran un valor simbólico cuando se encuentran con el espectador. Ponen en comunión la familiaridad que tienen ellos como creadores con los objetos y la suposición de un espectador que busca un mensaje: el símbolo.

La idea de un tiempo que parece estancarse y repetirse permite llenarle la boca de dientes a un público que intenta masticar. A lo largo de la obra se repiten las mismas horas 11:42, 11:46, luego el cuerpo de la vejez, encorvado como una semilla sobre la sillita de madera pregunta por tiempos remotos. 11:42, 11:46, el trotamundos busca un diamante bajo los pañuelos descartados. 11:46, 11:48, el actor pone un zapato, un hombrecito, un cuchillo y un esqueleto, acomoda al mundo sobre un pañuelo.

La búsqueda de símbolos nos lleva a los paisajes proyectados y luego recorridos por el trotamundos, paisajes que las misma Carolina pintó y dibujó. Vemos una marea, dentro de ella el trotamundos parece ahogarse y luego moverse imitando al agua, integrándose al mar, a lo natural. En esa misma escena algún espectador recuerda el vientre materno y ve al personaje que envuelto en la placenta logra integrarse consigo mismo.

La obra, la radiografía de sus vidas busca motivar el diálogo interior entre los posibles “yo” que nos habitan. Y aunque la dramaturga dice preocuparse por la rapidez casi corpórea que nos invade, también reconoce que es dicha rapidez la que obliga a pensarse, a recordar el olor de las lágrimas. Es la luz en movimiento quien transforma la silueta del actor, sus facciones, convirtiéndolo al fin, en ese organismo líquido que se pregunta ¿en qué consiste la vida humana?

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